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ACTUALIDAD FIRMAS Mariano Estrada |
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En
principio, la objetividad (entendida como modo de ver
las cosas con distanciamiento) debería relacionarse
solamente con el criterio o el parecer de cada uno,
pero tal como está el patio de revuelto se relaciona
también, y mucho, con la libertad de expresión,
siendo éste precisamente el aspecto que más nos
interesa. Se entiende por tanto que la objetividad es
algo distinto de lo que llamamos pensamiento propio,
libre e independiente, aunque ocasionalmente coincida
con él; lo que ocurre es que las relaciones entre
ambos son tan obvias que a veces pudieran llegarse a
confundir. De ahí que pueda hablarse de grados de
objetividad e incluso de pensamiento objetivo. Por
otra parte, en el presente rabioso y embarullado que
nos ha tocado vivir, cualquier tipo de reflexión
sobre la sociedad es harto compleja, sobre todo si se
tiene la pretensión de ser objetivo ¿Se puede ser
objetivo? Ésta es una pregunta sobre la que, sin
intención de agotarla, vamos a extendernos también
en estas líneas. Pues
bien, yo creo que se puede ser objetivo en la medida
en que no te deslumbren los flases de las opiniones
establecidas, que a menudo obedecen al interés, ni te
cieguen tus propios prejuicios o tus propias pasiones.
O sea, que la objetividad requiere voluntad,
clarividencia y desapego. Pero hay que saber de
entrada que,
por el sólo hecho de intentar ser objetivo, te
pueden dar de baja en la existencia (hablando metafóricamente,
claro está), salvo a los meros efectos personales y
familiares, y en el caso de estos últimos aún tengo
mis dudas.
Es decir, te apartan, te obvian, te arrinconan,
te ningunean. No cuentas nada para ellos ¿Para
ellos? ¿Quiénes son ellos? Pues ellos son el poder,
el dinero, los que tienen la sartén por el mango y
los que esperan tenerla, los políticos en sus muchas
categorías, los instalados en la bicoca y el
privilegio y, en general, las diversas combinaciones
que se pueden hacer con estos mimbres. Ya puedes
gritar, que serás un grito en el aire. Ya puedes
quejarte, que no tendrás a quién, ni dónde. Ya
puedes ser un genio, que nadie va a descubrirte para
que deslumbres al mundo. La objetividad no les
interesa lo más mínimo, lo único que quieren es la
adhesión monda y lironda ¿Sabes lo que ello
significa? “Sí, buana”. Pues eso. En
el ámbito del periodismo, lo que acabo de exponer
tiene un nombre: “la voz de su amo”. Pero ocurre
otro tanto en el sector empresarial y, sobre todo,
claro, en el político. Por ejemplo, hay razones de
estado que, con toda su importancia y pomposidad,
se atropellan por meros intereses partidistas o
electorales. Hay mentiras tan grandes como ruedas de
molino que se maquinan y se escupen contra alguien a
sabiendas no del daño que causan, que con eso ya se
cuenta, sino de que todo el mundo sabe que,
efectivamente,
son grandes mentiras. Las llamo grandes
mentiras por diferenciarlas de aquéllas que siempre
se han llamado mentiras piadosas. Mentiras como
catedrales que, de tanto repetirlas, llegan a pasar
por verdad en ciertos casos y en amplios segmentos de
la población. Hay perjurios como la copa de un pino.
Hay negaciones de la evidencia que sonrojan. La
consigna es clara: “al enemigo, ni agua”. Porque,
desgraciadamente, hemos pasado a ser enemigos donde
debiéramos ser meramente adversarios. Y aún enemigos
a muerte. En
estas condiciones ¿cómo reconocerle al otro no ya
las virtudes, sino los aciertos, lo cual sería un
alarde de objetividad? Más aún, ¿cómo reconocerle
la posibilidad de acertar? ¿Cómo establecer unos
cauces de entendimiento, o al menos unos parámetros
de colaboración? ¿Cómo, si el que naufraga prefiere
hundir el barco con todos los enseres antes que
cogerse a la tabla de salvación del enemigo, que
debiera ser tan sólo contrincante y hermano? Y esto
es así hasta el punto de que a menudo se afirma lo
que al mismo tiempo se niega. Basta con que haya por
medio unos cuantos kilómetros, a veces bien pocos (Véase
el comportamiento de un partido político en sus
diversas circunscripciones cuando hay intereses
regionales encontrados, por ejemplo). En
fin, volvamos al contenido de la pregunta ¿Se puede
ser objetivo? ¿Se puede, al menos,
tratar de ser objetivo? ¿Verdad que dan
tentaciones de decir rotundamente que no? Pues sí,
dan muchas tentaciones, pero yo creo que se puede
intentar ser objetivo, a pesar de todo. Se puede hacer
el bien sin mirar a quién, se puede decir “sí” o
“no”, o “depende”, sin mirar las consecuencias
a las que anteriormente nos referíamos. Se puede
decir, “sí, pero...” o “ no, aunque...” Es
decir, se puede matizar para que no sea todo blanco,
si no es todo blanco, ni sea todo negro si no es todo
negro. Se puede decir: “yo creo que tienes razón en
esto, pero desbarras en lo otro”. O también: “yo
creo que no tienes razón y que mientes como un
cosaco” (Por cierto, ¿alguien ha comprobado si los
cosacos mienten tanto como se dice?) Sí, yo creo que
se puede estar a las duras y a las maduras, e incluso
se puede estar sólo a las duras hasta que éstas sean
huesos o piedras y no se puedan tragar. Frente
a las opiniones establecidas, se puede tener una opinión
propia, desde luego, aunque sólo se la puedas
comunicar a tu familia y a tus allegados. (El que ésta
sea objetiva ya depende sólo de ti, como se ha dicho
anteriormente). Se puede, digo, porque la libertad está
a nuestro alcance para usarla. Por encima de los
intereses y las conveniencias. Por encima de los
contubernios. Por encima de tu misma comodidad. Por
encima de todos los que van a tratarte como si fueras
un apestado, que lo harán con toda la saña
del mundo. Para decirlo de una vez, se puede tener una
opinión propia y manifestarla públicamente por
encima de todos los “encimas” del mundo. Otra cosa
es disponer de los adecuados altavoces para su difusión. Naturalmente,
hablo de la libertad de pensamiento y del derecho que
tenemos a expresarla por medio de la palabra, bien
oral o escrita; de donde se colige que hablo de la
libertad de expresión en
la sociedad occidental y, por lo tanto, en el
juego de los “encimas” que acabo de exponer no está
contemplada la pena de muerte. Salvando la metáfora
del principio, nadie te mata ya (o todavía) por
expresar públicamente tus pensamientos, aunque éstos
sean tan objetivos que incomoden a tirios y a
troyanos, a montescos y a capuletos, a republicanos y
a monárquicos, a progresistas y a consevadores. Nadie
te mata actualmente por tratar de ser objetivo, pero
todo el mundo sabe los calvarios de Galileo por empeñarse
en afirmar algo tan objetivo como que la tierra no era
el centro del mundo. Son muchos los que han tenido que
sufrir antes de ahora no ya por decir lo que
buenamente creían o pensaban, sino por tratar de
expresarse con objetividad, cayera quien cayera, ya
que han tenido que enfrentarse no sólo a los extraños,
sino también a los propios. Son muchos los que se la
han jugado cuando realmente ha habido peligro en jugársela,
como para que ahora tengamos que callar nuestra opinión
porque así le interese al capital, a la política o a
la ideología, ya sea en nombre de la izquierda, de la
derecha o del obsceno eclecticismo del dinero. Yo
aspiro a seguir pensando por mi cuenta
(dentro de lo posible, claro, porque el
marketing y las trampas están a la orden del día) y
a tratar de ser objetivo en mis opiniones, así como a
defender que otros puedan hacer exactamente lo mismo.
Y, por supuesto, animo a todo el mundo a que no
permitan que otros piensen totalmente por ellos. Y a
que traten de ser objetivos. Hay momentos, además, en
que es necesario serlo, aunque haya que decir que no a
muchas gentes o cosas: a un hijo, a un amigo, a una
posición, a un halago, a una empresa, a un negocio y,
desde luego, al partido con el que se simpatiza o al
que se pertenece. A pesar de que ello signifique tener
que reducir las visitas al restaurante. Pongamos
como ejemplo el 11-M: en aquellos crudos momentos, lo
que yo percibí del poder y de los partidos políticos,
tal vez como muchos ciudadanos,
fue lo siguiente: el Gobierno y el PP querían
a toda costa que la autoría de los atentados recayera
sobre
ETA, mientras
el PSOE y resto de los partidos querían a toda
costa que recayera sobre Al Qaeda. Unos y otros (más
acobardado el PP, más envalentonados el PSOE y el
resto de los partidos) trataron de crear opinión (de
hecho la crearon, y muy ciega, por cierto), pero es
evidente que sus manifestaciones eran deseos que se
correspondían exactamente con sus intereses. La que
acabo de expresar, en cambio, creo que es una opinión
objetiva. Mariano
Estrada DNI:
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