Recientemente los nombres de origen bíblico
tienen gran predicamento entre nosotros. El de Moisés, grande entre los más
grandes, es uno de ellos. Su raíz es Moseh, que significa, "salvado de las
aguas", en clara referencia a la matanza de judíos de que se libró, al haber sido
echado al Nilo protegido en una canastilla de papiro bien embreada, y hallado por la hija
del Faraón, que lo adoptó y lo crió.
San Moisés fue el primer obispo de los sarracenos en
Arabia, en el siglo V. Cuenta la leyenda que la reina Maubia lo hizo venir del desierto de
Raithe, donde estaba retirado, para gobernar la primera diócesis en tierra sarracena y
que fue tal su acierto pastoral y su humildad en el trato con los musulmanes entre los que
convivía, que se ganó el respeto de todos y un alto grado de armonía entre las dos
comunidades. Otro San Moisés abad en Egipto, nos recuerda el santoral. La fiesta de ambos
se celebra el 7 de febrero. Y un tercer San Moisés cuya conmemoración celebra la Iglesia
el 28 de agosto, floreció en tierras africanas. Era de raza negra, había sido capitán
de bandoleros y se había retirado al desierto de Libia. Llegó a ser abad y dejó 70
discípulos. Es considerado como uno de los grandes del yermo.
El gran Moisés, fundador del pueblo de Israel, capitaneó
el único levantamiento de esclavos que tuvo éxito en toda la historia de la humanidad,
convirtiendo a éstos en sus propios dueños y dotándoles de una legislación, una
religión y una filosofía que les inmuniza contra la recaída en la esclavitud. Para
romper la fatal alternancia señor/ esclavo de la historia de todos los pueblos, les
impone como condición sine qua non para garantizar su propia libertad, la renuncia
a dominar a otros pueblos. Aquellos cuyas tierras debía ocupar Israel tenían que ser
exterminados (exterminio sagrado, impuesto por su Dios; es el fuero). Ésa era la
garantía de que no sería señor de esos pueblos. Y ésa también, paradójicamente, la
de que tampoco sería su esclavo. El segundo pilar fundacional del pueblo de Israel y
corolario del primero es que asume su condición de esclavo, pero sin señor. Para ello,
Moisés establece a Yahvé, llamado El Señor, como dueño y señor del pueblo de Israel.
Éste es su Dios, y con él y sólo con él han de ser sus relaciones de esclavitud. Una
esclavitud dorada. Y en la medida en que Israel sea fiel a su Señor, en esa medida
alejará el peligro de caer en la cruel esclavitud de otros señores. La primera y más
novedosa medida que les impone el nuevo Señor a sus "siervos", es el descanso
sabático. Para ellos mismos y para los esclavos que tuvieren, para sus asnos y para sus
bueyes ("recuerda, Israel, que fuiste esclavo en Egipto"), y a partir de
ahí una serie de medidas encaminadas a impedir que un israelita pudiera perder su
libertad, su su casa o sus tierras para siempre. En los años jubilares, todo israelita
esclavo recuperaba su libertad; y todas las tierras y casas enajenadas por deudas,
volvían a sus antiguos dueños. Moisés, viendo que dejar de ser esclavo era convertirse
en señor, optó por ponerle barreras a la esclavitud y hacerla tolerable. Fue la suya una
epopeya gloriosa que cambió como ninguna otra el rumbo de la historia. El cristianismo
humanizó aún más esos principios y los extendió a todo el mundo.