San Francisco Javier es un santo de una
talla inconmensurable, que él solo da fuerza y virtud al nombre de Javier, un
nombre que antes de él tan sólo tenía valor geográfico e indicaba el castillo de la
familia del Santo (con el municipio anexo), y que a partir de él se convierte en nombre
propio de varón tan sumamente apreciado, que llega a ser un uno de los más prodigados.
Francisco de Javier, último de los seis vástagos de Javier,
nació el año 1506 en el castillo solariego. Entre los años 1525 y 1535 estudia en
París humanidades, filosofía y teología. Mientras sus hermanos se habían dedicado con
poca fortuna a la carrera de las armas, él decidió dedicarse a la carrera eclesiástica,
en la que por su condición de noble tenía garantizado un confortable futuro.
Fue en París donde conoció a otro noble, Ignacio de Loyola, que
andaba ya en la fundación de la Compañía de Jesús. Era militar, por eso pensaba en
crear una "compañía", pero no de soldados, sino de sacerdotes, para ponerla a
disposición del Papa. Decidió reclutar al orgulloso Francisco de Javier, y el medio de
que se valió fue echarle una mano en su precaria economía, proporcionándole clases que
le permitieron salir de la penuria económica mientras estudiaba teología.
De 1536 a 1540 ejerce Javier su ministerio sacerdotal en Italia,
hasta que el Papa Paulo III, a instancias de los reyes de Portugal, le envía de misionero
a las colonias que este país tiene en la India. Sale, pues, Javier para Goa en 1541,
llegando a su destino al cabo de trece meses de viaje lleno de penalidades. Parecía que
hubiesen estado esperándole. Los bautizaba a miles. Les componía un sencillo catecismo
en su lengua y lo aprendían recitándolo. De ahí pasó a la Pesquería y a Travancor.
Continuaron las conversiones igual de numerosas. No hacía más que pedir refuerzos a Roma
y a Portugal. Estuvo un corto tiempo en Malaca y de ahí pasó a las islas Molucas, del
Moro y Filipinas. En 1549 tenía fundadas casas de la Compañía de Jesús en Goa,
Pesquería, Travancor, Molucas, Malaca, Santo Tomé de Meliapur, Coulam, Bazain, Ormuz.
Siguió pidiendo refuerzos a San Ignacio de Loyola y al rey de Portugal. Aquello parecía
la pesca milagrosa.
De ahí saltó al Japón donde hubo de adaptarse a nuevas
fórmulas (los príncipes japoneses si no iba ricamente vestido y llevándoles presentes
no le entendían) y a la nueva lengua. En cuanto supo un poco de japonés ya empezó a
predicar. Dejó allí cuatro cristiandades: Cangoxima, Firango, Yamaguchi y Bungo, con
1.500 conversos. Y como un conquistador, siguió adelante, hasta China. Las dificultades,
enormes, acabaron con sus fuerzas el 3 de diciembre de 1552. Luchó duramente, hasta el
último suspiro por la causa en que creía.
Llamarse Javier no es cualquier cosa. Es llevar un nombre lleno
de virtud y de fuerza, capaz de estimular y de dar alas para lanzarse a grandes empresas.