INOCENTE

Siendo el martes el día destinado a temas bélicos y judiciales, continúo con el tema de ayer, pero desde la vertiente judicial. El próximo martes concluiré con el valor coloquial de "inocente"

Empecemos por el sacrosanto principio de la Presunción de Inocencia. Es decir que un juez o un tribunal nunca debe ni suponer siquiera la culpabilidad de alguien si ésta no ha sido probada. No sólo eso: todo juez y todo tribunal tiene que partir del prejuicio de inocencia del acusado. Por tanto, si la acusación o el fiscal no han podido demostrar su culpabilidad, el acusado sale tal como entró, es decir inocente.

El concepto judicial de la presunción de inocencia implica que no es el acusado quien tiene que demostrar su inocencia, sino el fiscal y la acusación quienes deben demostrar la culpabilidad. Eso explica que la inmensa mayoría de reclusos anden pregonando su inocencia. No porque no hayan cometido el delito de que se les acusa, que no viene al caso; sino porque cada uno está convencido de que el juicio que ha tenido ha sido una chapuza (al fin y al cabo hay que suponer que los índices de incompetencia, de desidia, de error en jueces, abogados y fiscales no difiere sustancialmente del de otros colectivos), y nunca se hubiese demostrado su culpabilidad si hubiera tenido mayores recursos para defenderse.

Por eso también, los que se mueven en las altas instancias del poder van bien tranquilos a la suya, alardeando de que nunca encontrarán las pruebas de los delitos de que se les acusa. Pinochet morirá antes de que le encuentren una sola prueba incontrovertible de sus "presuntos" delitos.

No nos engañemos respecto del valor judicial de la palabra inocente. Inocente no es el que no ha cometido el delito, sino aquel de quien no se ha podido demostrar "judicialmente" que lo haya cometido. Lo cual nada tiene que ver con que lo haya cometido o no. Por eso resplandece tanto la inocencia de los poderosos.

Y aquí volvemos a la divergencia entre el valor de las palabras en el ámbito judicial y en la vida real. Si mi perro muerde a alguien, y se demuestra que yo soy el dueño del perro, queda automáticamente demostrado que yo soy responsable. Para todo el mundo, menos para un juez. Y si un empleado mío, al que le pago el sueldo para que haga lo que yo le mando, se pasa años cometiendo actividades delictivas con el sueldo que le pago y con el dinero que pongo a su disposición, y además el beneficiado de esas actividades delictivas no es el empleado, sino yo, es evidente para todo el mundo que yo soy el principal culpable de esos delitos. Para todo el mundo, menos para un juez. Para el juez, el único delincuente seguro es el que empuñó la pistola. El que le dio las órdenes, si no se las dio por escrito, es inocente. Porque falta la prueba definitiva e incontrovertible de su culpabilidad.

Desde esta perspectiva las cárceles están llenas de inocentes; porque por desidia o por falta de recursos, su culpabilidad no ha sido demostrada exhaustivamente.