HOSTIA
Lo importante
es hacer comulgar a toda la población con las mismas HOSTIAS, con las mismas víctimas.
Y es necesario que haya víctimas, que haya HOSTIAS para alimentar nuestra fe. ¿Con qué comulgamos si no?
Hostia es una
palabra latina que significa "víctima" (generalmente expiatoria),
"víctima humana", que procede del verbo hostio / hostire,
que significa "usar de represalias", "reprimir",
"compensar", que a su vez procede de hostis, que
significa "extranjero", "enemigo" y que se origina probabilísimamente
en la palabra ostium (derivada a su vez de os / oris,
boca), que significa "puerta", "embocadura de un río",
"entrada de un puerto".
Es patente, pues, desde el puro análisis léxico, que para que una hostia
(es decir una víctima) reúna las condiciones que como tal la hacen perfecta, ha de ser
un "extranjero", y por tanto un "enemigo", y se ha de hacer esa
víctima con la doble intención de "represaliar" al enemigo y de ofrecer una
"víctima expiatoria" al dios al que se rinde culto.
(Dejo para un domingo explicar cuál ha sido el proceso que ha seguido ésta y otras
palabras para llegar a su actual valor de uso, y por qué en la hostia por
antonomasia hay una auténtica inversión de la mayoría de las características de una
hostia, es decir de una víctima sacrificada a la divinidad.)
Esta de las hostias es una cuestión de subsistencia, tan antigua como
la misma humanidad, de formato religioso por tanto. En todas las culturas, sin excepción,
los dioses de los pueblos (es decir, aquellas entelequias que han encarnado los valores,
las esencias y la perpetuación del pueblo) han sido sumamente voraces en la exigencia de
víctimas. Las víctimas, o sea las hostias, había que hacerlas
con los hostes, es decir con los enemigos, con los pueblos que
podían representar un peligro para la subsistencia del pueblo. Dos características
distinguían a estos dioses. Una, que eran insaciables. Querían ver siempre sus altares
humeando con la grasa de las víctimas, y sus cuernos acanalados derramando sin cesar
sangre enemiga en la tierra para vigorizarla. Y dos, que tenían unos celos enfermizos de
sus homólogos enemigos.
La humanidad no ha cambiado en el fondo ni un ápice. Sí han variado, y mucho, los
barnices y los colorines, pero no la sustancia. Por eso todo aquel que busca decididamente
para sí una dominación, ha de crear para sí un pueblo elegido, destinado a ser
dominador de pueblos y naciones; lo ha de dotar de valores superiores y de doctrinas y de
ritos y celebraciones que lo eleven por encima de todos los pueblos; ha de edificar
templos y erigir altares en los que nunca falten como víctimas propiciatorias los
despojos de los enemigos del pueblo; ha de contar con la complicidad de todo el pueblo en
el hostiamiento de esas víctimas, so pena de anatematización. Ésos son los pueblos que
triunfan. Los que no tienen ni enemigos (hostes) ni víctimas (hostias), se
baten en retirada.