Se ha entendido siempre por humanidades,
el conjunto de disciplinas que contribuyen a la formación humana del estudiante o del
estudioso, por oposición a las disciplinas de carácter científico o técnico. El
conflicto surge tan pronto como se plantea si la formación ha de ser a beneficio del
individuo o a beneficio de la colectividad. La respuesta, a priori, y desde el
mismo diseño de la enseñanza, se decanta en favor de la colectividad a costa de la
negación del individuo.
Y es que parece que la fuerza de la propia palabra se imponga a los que discuten y por
fin deciden los contenidos y las formas de impartir las humanidades. Siempre que se
suscite el debate sobre este tema, estaremos asistiendo no a un problema de enseñanza,
sino a una confrontación de poderes. Porque las humanidades, y justo las humanidades, son
el mecanismo más poderoso de dominación. Son el sucedáneo del púlpito, pero ya no
sólo dominical, que no sería suficiente. Porque de lo que tratan los poderes que se
disputan el derecho a determinar los contenidos de la humanística, es a hacer comulgar a
toda la población con las mismas hostias (un término que analizaré el jueves) y para
eso, comunión diaria.
"Humánitas" es, en efecto, el compendio de los caracteres de conducta
que configuran al dominado, frente a la "virtus", su contrario, que es el
conjunto de conductas que caracterizan al dominador. Ahí tenemos, pues, a los distintos
poderes que se disputan la dominación sobre nosotros, discutiendo si las humanidades
(podrían ahorrarse de ponerlo en plural, puesto que el objetivo final es la humanidad
en su sentido primigenio, es decir la dominabilidad) que se nos imparten tienen que ser
las que nos convertirán en fieles súbditos de un poder o en fieles súbditos del otro
poder. Y está claro quién va a ganar el pulso: el más fuerte.
Estos debates se producen porque estamos en un proceso de cambio de dominación. Del
mismo modo que antiguamente los cambios de dominación se cocían en los púlpitos, hoy se
cuecen en las aulas. Desde el momento en que en las aulas cambia el sermón, es decir
cambian los contenidos de las humanidades, es ya irreversible el cambio de humanidad, o
sea el cambio de obediencia. Se enseña en las aulas a someterse al nuevo poder, al que se
acoge con júbilo, porque siempre va vestido de "redentor".
Si no fuese así, se intentaría que el humanismo (también en su definición
primigenia la más próxima a Erasmo) fuese el principal contenido de las humanidades.