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Hoja sin fecha:
Tengo la más
profunda confianza en que, a pesar de mi debilidad, el Señor
me concederá toda la gracia necesaria para afrontar, según
Su voluntad, cualquier tarea, prueba y sufrimiento que quiera
requerir de Su siervo, en el curso de la vida. Tengo también
confianza en que no permitirá jamás que, mediante algún
comportamiento mío: palabras, obras u omisiones, pueda
traicionar mis obligaciones en esta Santa Sede de Pedro.
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24.II- I.III.1980
También, durante estos ejercicios espirituales he reflexionado sobre la verdad del Sacerdocio de Cristo, desde la perspectiva de aquel Tránsito que para cada uno de nosotros es el momento de nuestra muerte. La despedida de este mundo -para nacer en otro, en el mundo futuro, signo elocuente (decisivo)- es para nosotros la Resurrección de Cristo.
He leído la grabación de mi testamento del último año, hecha también durante los ejercicios espirituales -la he comparado con el testamento de mi gran Predecesor y Padre Pablo VI, con aquel sublime testimonio sobre la muerte de un cristiano y de un Papa- y he renovado en mí la conciencia de las preguntas, a las cuales se refiere la grabación del 6.III.1979 preparada por mí (más bien de forma provisional).
Hoy deseo agregar sólo esto, que cada uno debe tener presente la perspectiva de la muerte. Y debe estar listo para presentarse delante del Señor y del Juez -y contemporáneamente Redentor y Padre-. En este momento yo también tomo en consideración esto continuamente, confiando el momento decisivo a la Madre de Cristo y de la Iglesia, a la Madre de mi esperanza.
Los tiempos en los que vivimos son indeciblemente difíciles e inquietantes. Difícil y duro se ha hecho también el camino de la Iglesia, prueba característica de estos tiempos, tanto para los Fieles como para los Pastores. En algunos Países (como por ejemplo en aquel sobre el que he leído durante los ejercicios espirituales), la Iglesia se encuentra en un periodo de persecución tal, que no es inferior a aquella de los primeros siglos, es más, la supera por el grado de crueldad y odio. 'Sanguis martyrum- semen christianorum'. Y además de esto, tantas personas desaparecen inocentemente, también en este País en el que vivimos...
Una vez más deseo confiarme totalmente a la gracia del Señor. Él mismo decidirá cuándo y cómo debo terminar mi vida terrena y el ministerio pastoral. En la vida y en la muerte, 'Totus tuus' mediante la Inmaculada. Aceptando ya desde ahora esta muerte, espero que el Cristo me dé la gracia para el último pasaje, es decir (mi) Pascua. Espero también que la haga útil para esta causa tan importante a la que trato de servir: la salvación de los hombres, la salvaguardia de la familia humana y, en ella, la de todas las naciones y los pueblos (entre ellos me dirijo también en modo particular a mi Patria terrena), útil para las personas que particularmente me ha confiado, por la cuestión de la Iglesia, para la gloria del mismo Dios.
No deseo agregar nada a lo que he escrito hace un año, sólo expresar esta disposición y contemporáneamente esta confianza, para la cual los presentes ejercicios espirituales de nuevo me han dispuesto.
Juan
Pablo II
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'Totus Tuus ego sum'
5.III.1982
En el curso de los ejercicios espirituales de este año he leído (más veces) el texto del testamento del 6.III.1979. No obstante, aún lo considero provisional (no definitivo), lo dejo en su forma original. No cambio (por ahora) nada, y tampoco agrego, en lo que se refiere a las disposiciones contenidas en él.
El atentado contra mi vida el 13.V.1981 de algún modo ha confirmado la exactitud de las palabras escritas en el periodo de los ejercicios espirituales de 1980 (24.II- 1.III).
Aún más profundamente siento que me encuentro totalmente en las Manos de Dios, y permanezco continuamente a disposición de mi Señor, confiándome a Él en Su Inmaculada Madre ('Totus Tuus').
Juan
Pablo II
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5.III.82
En relación con
la última frase de mi testamento del 6.III.1979 (“sobre el
lugar/es decir, el lugar del funeral, decida el colegio
Cardenalicio y los Connacionales) -aclaro que tengo en mente:
el metropólita de Cracovia o el Consejo General del
Episcopado de Polonia- al Colegio Cardenalicio pido que
satisfaga, en la medida de lo posible, las eventuales
cuestiones arriba enumeradas.
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1.III.1985 (en el curso de los ejercicios espirituales)
Todavía -en lo que se refiere a la expresión 'Colegio Cardenalicio y los Connacionales': el 'Colegio Cardenalicio' no tiene ninguna obligación de interpelar sobre este argumento; los 'Connacionales', sin embargo, pueden hacerlo, si por algún motivo lo consideran justo.
JP
II
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Los ejercicios espirituales del año jubilar 2000
(12-18.III)
(para el testamento)
Cuando el día
16 de octubre de 1978 el cónclave de los cardenales
escogió a Juan Pablo II, el Primado de Polonia Card.
Stefan Wyszynski me dijo: “La tarea del nuevo Papa será
la de introducir a la Iglesia en el Tercer Milenio”. No
sé si repito exactamente la frase, pero al menos ese era
el sentido de lo que entonces escuché. Lo dijo el Hombre
que ha pasado a la Historia como Primado del Milenio. Un
gran Primado. He sido testigo de su misión, de Su total
confianza. De Sus luchas: de Su victoria. -“La victoria,
cuando suceda, será una victoria mediante María”-
estas palabras de su Predecesor, el card. August Hlond,
las solía repetir el Primado del Milenio.
De esta forma he estado de algún modo preparado para la
tarea que el día 16 de octubre de 1978 se me presentaba.
En el momento en que escribo estas palabras, el Año
Jubilar de 2000 es ya una realidad de facto. La noche del
24 de diciembre de 1999 fue abierta la simbólica Puerta
del Gran Jubileo en la Basílica de San Pedro,
seguidamente la de San Juan de Letrán, después la de
Santa María la Mayor -en año nuevo- y el día 19 de
enero la Puerta de la Basílica de San Pablo Extramuros.
Este último hecho, dado su carácter ecuménico, ha
quedado impreso en mi memoria de modo muy particular.
A medida que
el Año Jubilar 2000 avanza, de día en día se cierra
tras de nosotros el siglo veinte y se abre el siglo
veintuno. Según los designios de la Providencia, me ha
sido concedido vivir en el difícil siglo que se está
yendo, y ahora, en el año en el que la edad de mi vida
alcanza los ochenta años ('octogesima adveniens'), es
necesario preguntarse si no es tiempo de repetir con el bíblico
Simeón 'Nunc dimittis'.
El día 13 de mayo de 1981, el día del atentado al Papa
durante la audiencia general en la Plaza San Pedro, la
Divina Providencia me ha salvado en un modo milagroso de
la muerte. Aquel que es único Señor de la vida y de la
muerte, Él mismo me ha prolongado esta vida, en cierto
modo me la ha dado de nuevo. Desde este momento -mi vida-
le pertenece aún más a Él. Espero que Él me ayude a
reconocer hasta cuándo debo continuar este servicio, al
cual me llamó el día 16 de octubre de 1978. Le pido que
me llame cuando Él mismo lo quiera. 'En la vida y en la
muerte pertenecemos al Señor... somos del Señor' (cf. Rm
14, 8). Espero también que, hasta que me sea dado cumplir
el servicio de Pedro en la Iglesia, la Misericordia de
Dios quiera prestarme las fuerzas necesarias para este
servicio.
Como cada año
durante los ejercicios espirituales he leído mi
testamento del 6.III.1979. Continuo manteniendo las
disposiciones contenidas en él. Aquello que entonces, y
también durante los sucesivos ejercicios espirituales,
fue agregado constituye un reflejo de la difícil y dura
situación general, que ha marcado los años ochenta.
Desde el otoño del año 1989 esta situación ha cambiado.
El último decenio del siglo pasado ha estado libre de las
tensiones precedentes; esto no significa que no haya traído
consigo nuevos problemas y dificultades. De modo
particular sea alabada la Divina Providencia, porque el
periodo de la llamada 'guerra fría' ha terminado sin el
violento conflicto nuclear, cuyo peligro pesaba sobre el
mundo en el periodo precedente.
Estando en
el umbral del tercer milenio 'in medio Ecclesiae', deseo
una vez más expresar gratitud al Espíritu Santo por el
gran regalo del Concilio Vaticano II, al que junto con la
Iglesia entera -y sobre todo con el Episcopado- me siento
en deuda. Estoy convencido de que aún por largo tiempo
será dado a las nuevas generaciones descubrir las
riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha dejado.
Como obispo que ha participado en el evento conciliar
desde el primero hasta el último día, deseo confiar este
gran patrimonio a todos aquellos que son y serán los
futuros llamados a realizarlo. Por mi parte, agradezco al
eterno Pastor que me ha permitido servir a esta grandísima
causa en el curso de todos los años de mi pontificado.
'In medio Ecclesiae'... desde los primeros años del
servicio episcopal -resalto que gracias al Concilio me ha
sido dado experimentar la fraterna comunión del
Episcopado. Como sacerdote de la Archidiócesis de
Cracovia había experimentado lo que era la fraterna
comunión del presbiterio- el Concilio ha abierto una
nueva dimensión de esta experiencia.
¡Cuántas
personas debería nombrar! Probablemente el Señor Dios ha
llamado a Su presencia a la mayoría de ellas. En cuanto a
aquellos que aún se encuentran en esta parte, las
palabras de este testamento los recuerdan, todos y en
todas partes, donde sea que se encuentren.
En el curso de los más de veinte años en los que realizo
el servicio de Pedro 'in medio Ecclesiae' he experimentado
la benévola y como nunca fecunda colaboración de tantos
Cardenales, Arzobispos y Obispos, muchos sacerdotes,
muchas personas consagradas -Hermanos y Hermanas- en fin,
tantísimas personas laicas, en el ambiente curial, en el
Vicariato de la Diócesis de Roma, así como fuera de
estos ambientes.
¡Cómo no abrazar con grata memoria a todos los
Episcopados del mundo, con los cuales me he encontrado en
las sucesivas visitas 'ad limina Apostolorum'! ¡Cómo no
recordar también a tantos Hermanos cristianos, no católicos!
¡Y al rabino de Roma, así como a numerosos
representantes de las religiones no cristianas! ¡Y a
cuantos representan el mundo de la cultura, de la ciencia,
de la política, de los medios de comunicación social!
En la medida en que se acerca el límite de mi vida terrena regreso con la memoria al principio, a mis Padres, al Hermano y a la Hermana (que no he conocido, porque murió antes de mi nacimiento), a la parroquia de Wadowice, donde he sido bautizado, a aquella ciudad de mi amor, a los coetáneos, compañeros y compañeras de la escuela elemental, del gimnasio, de la Universidad, hasta los tiempos de la ocupación, cuando trabajé como obrero, y en seguida a la parroquia de Niegowie, a aquella Cracoviana de San Floriano, a la pastoral de los académicos, al ambiente... a todos los ambientes... a Cracovia y a Roma... a las personas que en modo especial me han sido confiadas en el Señor.
A todos quiero decir una sola cosa: “Dios os recompense”
'In
manus Tuas, Domine, commendo spiritum meum'
A.D.
17.III.2000
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