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ALMA-ESPÍRITU - APÓSTOL - BULA - CAMARLENGO - CARDENAL - CÓNCLAVE - CONCLAVE: EXTRA OMNES - CURA - DIFUNTOS - DIMITIR - ESPIRITU - ESPIRITU SANTO EUCARISTÍA - IGLESIA - MUERTE - PAPA - PASTOR - PASTORAL - SACERDOTE SACRAMENTO - SARCÓFAGO - RESURRECCIÓN - TESTAMENTO UN
PAPA REALMENTE CATÓLICO Y ECUMÉNICO
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Es inevitable pasar del derivado (animal) al primitivo (ánima), que significa alma. Recordemos que todavía conservamos la primitiva forma latina en el nombre de las "Ánimas del purgatorio", o simplemente las ánimas y en palabras cultas como animadversión, ecuánime, magnánimo, desánimo, reanimar, unánime, pusilánime...aunque en éstas la palabra latina y el concepto que está detrás es la forma masculina ánimus, que nos lleva a su homónimo griego anemoV (ánemos).Si queremos saber cuál es el fundamento histórico del actual concepto de alma, nos hemos de ir al significado original de estas palabras, porque en lo que éstas decían, en eso consistió originalmente el alma. Y recordemos que tienen parte en la configuración definitiva de lo que llamamos alma, la palabra espíritu (del latín spíritus, cuya forma griega es pneuma - pnéuma; (espiritual en griego se dice pneumatikoV -pneumaticós). Y finalmente para cerrar todo el grupo léxico, hay que examinar la palabra griega yuch (psyjé), de la que sale la forma superculta "psique" con la que se denomina modernamente el alma en cuanto objeto de la filosofía y de la medicina (de esta última, más bien el "ánimus"). Es, pues, tarea larga seguirle el rastro al alma. Hoy me ocuparé sólo de lo que dan de sí ánima - ánimus -anemoV (ánemos), dejando para el próximo domingo (ver web 31-1) el análisis de espíritu -spíritus - pneuma (pnéuma).Ánima significa, igual que su homónimo griego anemoV (ánemos), soplo, soplo del aire, agitación del viento, aire, corriente de aire, respiración. Y es precisamente el aire que se respira, el que entra en el cuerpo y sale de él, lo que primero recibe el nombre de ánima (en griego no será anemoV sino pneuma (pnéuma), de pnew (pnéo), que significa soplar). De ahí la expresión latina ánimam comprímere, que significa literalmente "comprimir el aire" y que suele traducirse por "contener la respiración". Igualmente las expresiones ánimam efflare o ánimam exhalare hacen ya clara referencia al aire que se respira, pero que ya es considerado como "alma". "Soplar para afuera el alma" (o el aire que se respira), sería el significado.A partir de aquí ánima adquiere el significado de alma propiamente dicha, y por extensión, de persona. Pero se prefiere la palabra ánimus (ya definitivamente alejada del significado original relacionado con el aire y con la respiración) como opuesta a corpus (cuerpo). En el término ánimus se vuelcan los significados de lo que genéricamente llamamos facultades anímicas: pensamiento, razón, mente, inteligencia, ánimo, audacia (de aquí los adjetivos "animoso" y desanimado"), etc. Conviene recordar que en latín existe la palabra alma con otro significado (suele llamarse alma mater a la universidad). Es un adjetivo derivado de alo / alere, que significa alimentar, hacer crecer. Para actuar en nombre y representación de alguien (individuo o colectividad), se necesita algún género de acreditación: algo por lo que haya que dar crédito (eso es acreditar) a lo que dice o hace. Los difusores del Evangelio, de la gran novedad, de la Buena Nueva, del escándalo de la cruz, no podían andar por ahí diciendo a título personal las cosas tan fuertes que decían (hoy son el aire que respiramos, tanto creyentes como no creyentes; pero entonces eran locura para los gentiles, que decía san Pablo, y escándalo para los judíos); tenían que acreditar que habían sido nombrados para esa misión por quien tenía potestad para hacerlo; incluso san Pablo, que no fue de los discípulos de Jesús, tuvo que acreditarse. El verbo apostellw (apostél.lo) lo usaron profusamente los griegos para indicar el envío de embajadas, mensajeros, expediciones. De ahí que el adjetivo, luego sustantivado, apostoloV (apóstolos) significase embajador, mensajero, enviado. Lo usaron especialmente los clásicos en relación con las cuestiones navales: apostolon ajienai (apóstolon afiénai) o simplemente apostellein(apostél.lein) era enviar una flota o una expedición de colonos a fundar una colonia. No conviene olvidar el sentido de expedición de fundadores, porque subyace también a la idea del apostolado. No es sólo ir de embajador o de mensajero. Hay riesgo y aventura, hay una fundación. Apostolh (apostolé) era el envío de lo que fuera, era la despedida e incluso el regalo de despedida; pero se usó en especial para el envío de una flota o de una expedición guerrera, y luego se especializó en el sentido de misión, apostolado. ApostoleuV (apostoléus) era en Atenas el que tenía a su cargo la intendencia marítima y se encargaba de aparejar los barcos de guerra para las expediciones (las apostolai / apostolái). Incluyo este término para insistir en la idea de que necesariamente tuvieron que influir estos valores de uso en la asignación de valor al nuevo concepto de apóstol depositado en la vieja palabra, que no debió perder del todo su originaria carga semántica. Esto podría explicar que durante la mayor parte de su historia la Iglesia haya vivido con la mayor naturalidad la fusión de la cruz y la espada para extender su apostolado. Un par de observaciones léxicas para acabar de centrar la palabra: la versión latina de apostellw (apostél.lo) es mitto, míttere, missi, missum, que significa enviar; la sustantivación missio, missionis, que traducimos como misión, se corresponde con el griego apostolh (apostolé). Tenemos, por tanto, que misión y apostolado son sinónimos, y también apóstol y misionero. Hay que observar también que los Apóstoles no lo son hasta que, después de la resurrección, se les aparece Jesús y los envía a predicar por todo el mundo. Es ese mandato el que los convierte en apóstoles, de discípulos que eran (Judas no llegó a ser apóstol; fue sólo discípulo de Jesús). Discípulo procede de disco, discere (de ahí disciplina), y es el que aprende. Los que después serían los apóstoles, durante la vida activa de Jesús fueron discípulos. Claro que hubo otros setenta y dos, a los que se prefiere seguir llamando discípulos para distinguirlos de los doce. No se sabe cuál es el origen de "bulo", pero sospecho que muy bien podría ser la bula. En efecto, se entiende por bula el documento en virtud del cual se goza de alguna exención. Alegar la existencia de tal documento para zafarse de las obligaciones, es una forma de bulo, quizá la madre de todos los bulos. Cuando sorprenden a un andaluz mintiendo, dice que en él no es pecado, porque los andaluces tienen "la bula de María Santísima"; que tienen el privilegio de poder mentir sin pecar, como los cristianos que pagaban la bula podían comer carne en cuaresma sin pecar. De todos modos, los primeros propaladores de bulos fueron los buleros, que los hubo de todas las calañas, entre ellos los que con tal de recaudar, ponían en la bula lo que fuese. Una bula es en origen una bola. En latín, bulla (se pronuncia bul.la). Del verbo bullo, bullare, que significa bullir, hervir, burbujear. Los romanos adornaban y distinguían a las personas (e incluso a los animales preferidos) mediante unas cápsulas a modo de dijes que se llevaban colgando del cuello, en el interior de las cuales se guardaban los elementos causantes de esa distinción. También se usaban como amuletos, conteniendo en este caso en su interior las hierbas o sustancias que tenían la virtud de proteger a su portador. Se supone que fueron los etruscos los introductores de este adorno-amuleto, cuyo uso estaba extendido también entre los griegos. La bulla tuvo siempre carácter de distintivo o de privilegio. La usaban los generales durante la celebración del triunfo como condecoración, pero también como amuleto para librarse de la maldad de los envidiosos de su triunfo. Después de la segunda guerra púnica todos los niños de condición ingenua (los nacidos libres) llevaban la bulla. Era su distintivo de libres. Siempre de oro. Con el tiempo, también la llevaron los esclavos, libertos y libertinos, pero de materiales inferiores, llegando incluso al cuero y a la simple cuerda anudada; pero no ya como distintivo, sino como amuleto. La llevaban los nobles hasta los 17 o 18 años junto con la pretexta (túnica con adornos, considerados apropiados para los menores de edad, pero impropios de los adultos); en la ceremonia en que celebraban el paso a la mayoría de edad, al cambiar la túnica pretexta por la toga viril, se despojaban también de la bulla, que ofrendaban a Juno. Las
bulas que servían de distintivo de dignidad, tenían en
el anverso y en el reverso las imágenes alusivas a esta
dignidad, y se usaban para marcar el sellado (con cera y
posteriormente con lacre) de los documentos que debían
llegar al destinatario con la garantía de que el acceso
al texto estaba reservado únicamente al destinatario.
Desde la Edad Media las bulas pontificias iban cerradas
con un hilo de seda roja o amarilla o de cáñamo,
asegurada con un precinto de plomo, en cuyo anverso iba
impreso, a veces en oro, el nombre del papa y en el
reverso los bustos de san Pedro y san Pablo separados
por una cruz. Ese precinto era la bula propiamente
dicha. Lo llevaban sólo los documentos de primer orden:
entre ellos los que concedían privilegios. De ahí
tomaron el nombre las bulas por las que los cristianos
quedaban exentos de cumplir el ayuno y abstinencia
cuaresmales a cambio de un canon (limosna).
CAMARLENGO
Es el
nombre de un cargo palaciego propio de las cortes
medievales. Procede del alemán kämmerling,
derivado de cammer, cámara. En otras lenguas dio
las formas de chambelán y canciller. La traducción
latina, la oficial en la iglesia, es la de camerarius
papal. Es el alto administrador de la casa del Papa (Cámara
Apostólica), como el jefe de la casa de un príncipe o
un monarca. En la Casa de Aragón llevaba el título de camarlengo
el oficial más próximo al rey. El
principal papel del camarlengo, que normalmente
es un cardenal, aunque puede serlo cualquier clérigo,
es asumir la administración de la iglesia católica
durante el período llamado de sede vacante.
Desde que muere el Papa hasta el nombramiento del
sucesor, el cardenal camarlengo es la máxima
autoridad de la iglesia. A él le corresponde hacerse
cargo del cadáver del papa difunto, organizar los
funerales y el entierro, y dirigir la formación y
desarrollo de la elección de nuevo papa en el cónclave. El
cargo de cardenal camarlengo o administrador de
la Iglesia mientras está vacante la Santa Sede (= +-
“el Santo Trono”) es consecuencia directa de que la
Iglesia esté organizada como un principado no
hereditario, sino electivo, tal como fueron en su origen
los reinos y principados godos de donde nos viene el término.
Siendo, pues, un principado electivo (“príncipes de
la Iglesia” se llama a los cardenales), la figura del
cardenal regente responsable de llevar a buen término
la elección de nuevo príncipe de la iglesia, es una
pieza tan vital, que sin ella dejaría de funcionar la
pirámide jerárquica de la Iglesia. Tan serio es el
tema, que para abreviar el período de sede vacante
hubo que inventar el sistema de cónclave: todos
los cardenales encerrados con llave, sin poder salir del
recinto. Como
consecuencia de su condición de príncipe regente de la
Iglesia, durante su corto interregno tenía derecho a
llevar capa con cola (antiguo privilegio de soberanos) y
a ir acompañado de la guardia suiza, la guardia papal
creada por Sixto IV en 1478, consolidada y fijada en 200
hombres por Julio II en 1505. La
función del cardenal camarlengo está hoy bien
definida. Pero este cargo eclesiástico tiene una larga
historia. En el siglo XII se perfilan las funciones del camarlengo
o camerarius papal como jefe de la curia u
oficina papal. En un principio tuvo a su cargo la
administración de los tributos de los Estados
Pontificios además de las abadías y parroquias que
dependían directamente del papado; luego, en tiempos de
las cruzadas, se le asignó la administración de los
ingresos generados por la Bula. De ahí pasó a ejercer
de jefe de la casa del Papa, con autoridad sobre todos
los miembros de la curia. En el siglo XVI vino a ser una
especie de primer ministro de los Estados pontificios. Al perder el papado sus Estados y al dejar de funcionar por ello la Iglesia como un principado, desaparecieron los cargos y órganos seculares, quedando sólo los signos externos del boato propio de las cortes. El antiguo cargo de cardenal camarlengo persistió, pero reducido a sus funciones de regente de la Iglesia (con sólo facultades protocolarias) durante el período de sede vacante.
Viene
esta palabra de la latina cardo, cárdinis, que
significa en primer lugar quicio o gozne, y como
desarrollo de este concepto se empleó también con el
significado de eje, punto de referencia, espacio
delimitado por los ejes (de ahí los puntos
cardinales). De este valor geométrico o geográfico
nace el concepto de incardinación, que es el que
nos lleva finalmente al cardenal. En
efecto, durante casi mil años se llamó cardenal
al clérigo asignado a una iglesia con carácter
definitivo, para distinguirlo del interino. Era por
tanto el que gozaba de incardinación o intitulación.
A estas iglesias y a los cargos eclesiásticos que
generaban, se les daba también el nombre de títulos.
Eran pues clérigos intitulados, incardinados
o cardenales, los clérigos que tenían su plaza
fija en alguno de estas iglesias o “títulos”. Estos
funcionarios eclesiásticos llamados cardenales
se crearon para auxiliar al obispo en la administración
de la diócesis. Por eso los primeros cardenales
fueron del orden de los diáconos, por debajo de
los presbíteros, que tienen un papel y una categoría
de auxiliar. DiakonoV
(diákonos)
significa en efecto criado, servidor. La categoría
estaba en perfecta consonancia con las funciones. Pero
fue creciendo la corporación de servidores de la
iglesia, y no le bastaron al obispo los diáconos. Había
funciones propias del orden presbiterial, por lo que
tuvo que incorporar presbíteros al servicio de
la mitra. De ahí que el colegio de clérigos fijos de
la sede catedralicia (que luego se llamarían canónigos)
quedó formado por cardenales diáconos y cardenales
presbíteros. Esta
denominación evolucionó y presentó diversas
variedades a lo largo de los siglos. Al ser la institución
del cuerpo de cardenales propia de las grandes
iglesias urbanas, se acabó distinguiendo entre los presbyteri
agrorum o plebani (curas de pueblo) y los cardinales
(clérigos de ciudad), una denominación cuyo prestigio
fue creciendo hasta el punto que León IX (1049-1055)
decidió reservar este título al alto clero romano. Parece
de todos modos que esta denominación tuvo su origen en
Roma y fue imitada por las demás diócesis. Quiere la
tradición que fuese el mismo Papa San Clemente
(inmediato sucesor de San Pedro según unos, y tercero
según otros) ordenase los 25 primeros presbíteros
cardenales de Roma para que le auxiliasen en sus
funciones. Pero es ya hecho cierto que en el año 99, el
Papa San Evaristo dividió la diócesis de Roma en siete
demarcaciones con las respectivas iglesias denominadas títuli
cardinales o cardinalia, al frente
de las cuales colocó a presbíteros. Al final del siglo
V estas demarcaciones o cardinalia eran ya 49; a
los presbíteros que estaban al frente de éstas los
llamaban cardinales, y al presbítero
principal, cardinalis principalis. Al
adquirir el papado los Estados pontificios, el Papa se
convirtió en un príncipe más, que al igual que sus
iguales, tenía que lucir corte. Fue así como lo que
había sido un colegio de clérigos, se convirtió en la
nobleza eclesiástica más alta, incorporándose al
cardenalato el orden episcopal, difícil de encajar en
él, y transmutando a los cardenales en príncipes
de la Iglesia y electores del Papa. CARDENAL
2 Estamos
acostumbrados a asociar al obispo de cualquier diócesis
el colegio de canónigos, una especie de curia
catedralicia que atiende al culto de la sede episcopal
(la de Roma se llama Santa Sede) y a la administración
diocesana. Su sede para el culto es la catedral, y para
la gestión administrativa, el palacio episcopal. Históricamente
el colegio cardenalicio de la diócesis de Roma nació
como curia catedralicia de la Sede Primada de la
cristiandad, es decir de la principal, por ser la Sede
de San Pedro. Este carácter de Sede Primada hizo que el
obispo de Roma y su curia, además de a la administración
de la diócesis de Roma, tuvieran que atender también a
la administración de toda la cristiandad. Fueron estas
funciones tan relevantes las que dieron un carácter
especial al cabildo catedralicio de la Santa Catedral
Basílica de San Pedro del Vaticano, la Sede Primada de
la Iglesia, llamada por ello con el nombre singular de Santa
Sede. He ahí pues que los “canónigos” de la Catedral (Sede episcopal) de Roma eran al mismo tiempo las canónigos de toda la Iglesia, que tienen una denominación singular, la de cardenales. Y desde el momento en que tuvieron conciencia de que no estaban al servicio exclusivo de la diócesis de Roma, sino al servicio de toda la cristiandad, cambiaron profundamente su composición y sus funciones. Fue
preciso que los cardenales representaran a toda la
iglesia, que trabajaran a favor de toda la cristiandad y
que estuviera en sus manos la elección del máximo
representante de la iglesia ante ella misma y ante el
mundo. La
primera proyección del cardenalato más allá de Roma
se inició incorporando a éste el orden episcopal con
la creación de los cardenales obispos, en el
siglo XII, ligados a las sedes llamadas suburbicarias
de Roma, que fueron las de Ostia, Porto, Santa Rufina
(Silvia Cándida), Albano, Sabina, Túsculum (Frascati)
y Preneste (Palestrina). Sixto V (1587) fijó en 70
el número de cardenales, número que se mantuvo
hasta mediados del siglo XX. En
esta misma época se pensó ya en la universalidad del
colegio cardenalicio. Los concilios de Basilea y de
Trento establecieron que en éste tenía que haber
representantes de todas las naciones. España, Francia,
Portugal y Austria mantuvieron durante mucho tiempo ante
la Santa Sede la exigencia de los llamados cardenales
de la corona. De hecho, desde el siglo XV los reinos
católicos tuvieron su cardenal protector, figura
que decayó al instaurarse la diplomacia vaticana y la
representación formal de los Estados ante la Iglesia,
en su modalidad (muy oportuna a muchos efectos) de
Estado Vaticano. A
partir de Juan XXIII y hasta Juan Pablo II (¡polaco!),
la universalización del colegio cardenalicio se
convirtió en un principio organizativo fundamental de
la iglesia católica (católica significa universal),
quedando los cardenales italianos y los estrictamente
curiales en franca minoría respecto al resto de
cardenales representantes de la universalidad de la
Iglesia. Para ello hubo de
incrementarse el número de cardenales hasta casi
tripicarlo. Consecuencia inevitable de una nueva filosofía
del cardenalato, totalmente acorde con su larga evolución
histórica. CARDENAL
3 El Colegio
Cardenalicio tiene en la ELECCIÓN DEL PAPA su más
alta función y su máxima responsabilidad. Si tenemos
en cuenta que los cardenales se llaman todavía príncipes
de la Iglesia porque un día lo fueron realmente, y que
el Papa es el que reina sobre todos ellos, podemos
entender que ésta de la elección del Sumo Pontífice
es una herencia política de los godos, que en la antigüedad
no tenían un sistema de sucesión hereditario, sino que
el acceso al trono era por elección entre los príncipes
aspirantes. Es la vieja institución de los Príncipes
Electores. De hecho, en las leyes de protocolo y
diplomacia el tratamiento de los cardenales es asimilado
al de los príncipes. Solemos
olvidar que el celibato eclesiástico (que
sustancialmente consiste en la renuncia al matrimonio; y
al sexo en tanto en cuanto el del matrimonio es el único
permitido) se instituyó precisamente para evitar que
fuesen hereditarios los cargos y los bienes de la
Iglesia; por el mismo motivo que el matrimonio se
instituyó para garantizar la herencia. La gran
diferencia entre la iglesia Islámica y la iglesia católica
en cuanto al acceso a su máxima autoridad, es que en el
Islam la sucesión del Profeta es hereditaria; mientras
que en el cristianismo la sucesión en la Cátedra de
Pedro es electiva. Otro
elemento electoral del Sumo Pontífice es la larga
tradición por la que los obispos (incluido el de Roma
en sus orígenes) eran elegidos por sus fieles, por
aclamación las más de las veces. Pero las curias y
cabildos que posteriormente se crearon, se quedaron con
el derecho de elección del obispo, que finalmente pasó
al papado para evitar los bandos y tensiones entre los
miembros del cabildo. De ahí el verbo “cabildear”,
que significa desplegar mañas y tretas para ganar
voluntades en un cuerpo colegiado. Pero
el cabildo del Obispo de Roma llamado Colegio
Cardenalicio, que asiste a la autoridad máxima de la
Iglesia, no podía perder la prerrogativa de elección
de su obispo fiándola en una instancia superior, porque
no existe. Ahí sí que se produjeron a lo largo de su
dilatada historia toda clase de cabildeos, simonías e
intervenciones exteriores de todo género. Hasta llegar
al famoso cisma que dio lugar a la existencia de 3 Papas
a la vez. Todos
los problemas a que da lugar el sistema electivo, los
sufrió la Iglesia. La acumulación de experiencias
fallidas la obligó a consolidar y blindar con toda
clase de garantías la elección del Papa, hasta llegar
a la singular institución del CÓNCLAVE (ver esta
palabra), un encierro de todos los electores del Papa
bajo llave para evitar las intervenciones externas y la
prolongación del estado de sede vacante, que en
los peores momentos de la Iglesia llegó hasta los tres
años. Es que el Colegio Cardenalicio es el órgano de gobierno de la Iglesia durante la situación de sede vacante. Pretendió serlo también durante el pontificado, actuando como cámara parlamentaria del Papa, que necesitaba consentimiento de la curia para actuar. El experimento fue nefasto y duró solamente durante unos pocos pontificados, los más débiles de la Iglesia. De ahí que el proceso electoral del Papa sea un momento especialmente protegido y regulado.
El cónclave
como reunión de los cardenales para elegir papa ya va
para los mil años, y se inventó para evitar los
abusos, con los conciliábulos y la simonía en el
fondo, que llegaron a extender el período de sede
vacante hasta casi tres años. Esto ocurrió tras la
muerte de Clemente IV en 1268. Su sucesor Gregorio X fue
elegido en 1271, para durar sólo 5 años (murió en
1976). En su corta vida pontifical tomó la sabia decisión
de regular de forma más estricta la elección de Papa.
Fue en el concilio de Lyón (1974) cuando se creó la
institución del cónclave. No
estaban los tiempos para rigores, así que no se
cumplieron de inmediato tan sabias disposiciones. En
1292, a la muerte de Nicolás IV, se produjo otro largo
período de sede vacante hasta la elección, en
1294, de Celestino V. Su pontificado duró aún menos:
dimitió el mismo año, a los 5 meses, porque lo suyo
era la vida monástica, y tanto los príncipes de la
iglesia como los civiles se lo comían vivo. En la
elección del siguiente Papa, Bonifacio VIII, empezó a
funcionar con regularidad la fórmula del cónclave. Esta
forma externa tan espectacular de la elección papal,
que la denomina a toda ella, consiste ni más ni menos
que en tener encerrados bajo llave (con clave)
a los electores (de hecho, secuestrados) y en
condiciones monacales, muy rígidas para lo que era la
vida fastuosa de los príncipes de la iglesia. Uno de
los motivos de este encierro era sustraerlos a las
influencias externas, que llegaban a menudo al nivel de
la coacción y del soborno. El otro motivo era tenerlos
viviendo en situación bastante incómoda para que
acelerasen todo lo posible la elección del nuevo Papa,
si más no, para poner fin a su incomodidad. A lo largo de los siglos, los papas fueron perfilando el procedimiento y el ritual del cónclave, hasta llegar al mismo Juan Pablo II, que modernizó la institución relajando el rigor del encierro, que tal como están hoy las comunicaciones ya no tiene sentido, pero imponiendo a los cardenales el secreto de lo que ocurre y se habla en el cónclave, ¡bajo pena de excomunión!, es decir de expulsión fulminante no sólo del cargo y dignidad, sino incluso de la iglesia. Hay que tener en cuenta que durante la sede vacante el poder de la Iglesia reside en todo el colegio cardenalicio, un poder que no tiene como objeto gobernar la iglesia, sino única y exclusivamente elegir a quien la gobierne. El cardenal camarlengo es por decirlo así, el presidente de esta asamblea de electores, y a él le corresponde velar por el buen funcionamiento de la misma, cumpliendo y haciendo cumplir los rituales que aseguran su buen fin. Con la proclamación del “Habemus Papam” tras la fumata blanca, queda concluida su función y disuelto el cónclave. Se termina así el encierro de los cardenales. Lo que sigue es ya la ceremonia de investidura del nuevo Papa.
Empieza
ya el proceso de elección del nuevo Papa, BAJO LLAVE
(“con clave”; por cierto, los autóctonos vaticanos
no dicen cónclave, sino conclave, como se
dijo siempre en español). Aunque en sus orígenes el
encierro de los cardenales electores tuvo un sentido
coactivo y de encierro para que no se prolongase el período
de sede vacante, su principal elemento fue dejar
fuera los empeños de influencia básicamente política
en la elección del Papa. Se
han suavizado, en efecto, los factores de encierro: los
cardenales no están ya recluidos en un espacio reducido
e incómodo, ni están sometidos a la fuerza de unas
rejas, sino que han sido alojados en una sobria
residencia dentro del recinto del Vaticano, desde el que
se desplazarán (unos andando y otros en autobús) dos
veces al día. Están sometidos a la disciplina del
aislamiento, pero bajo su conciencia y bajo la
disciplina colegiada, no bajo la presión física de la
llave. La
clave del conclave está en el EXTRA OMNES que
pronuncia el cardenal camarlengo en la Capilla Sixtina
cuando están ya dentro todos los cardenales. Hace salir
al personal de servicio y al de la curia vaticana que lo
han preparado todo para la elección. A partir de ese
momento, en el recinto en que se producirán las
deliberaciones y las votaciones para la elección del
nuevo Papa, quedan sólo los cardenales. Los demás,
todos los demás, a la voz de EXTRA OMNES,
“fuera todos”, quedan fuera bajo llave. En
efecto, no se trata tanto de encerrar a los cardenales
dentro, como de dejar encerrados FUERA a los que no lo
son, para que no haya en las deliberaciones y en la
elección ninguna interferencia externa. Los cardenales
se han de poner de acuerdo entre ellos y con el Espíritu
Santo. A partir de ese momento queda cortada toda
comunicación con el exterior: ni prensa, ni televisión,
ni teléfono, ni radio, ni internet. Nada que ocurra
fuera del conclave ha de poder ni modular ni torcer la
voluntad de los electores. De
puertas adentro todo está estrictamente ritualizado y
sacralizado. Se trata, en efecto, de una liturgia muy
especial y de suma trascendencia para la iglesia. En
cada elección papal se decide el porvenir del mensaje
evangélico. Fue la amarga experiencia de elecciones
nefastas de la época más tormentosa de la iglesia, la
que marcó el camino del máximo rigor y por tanto
ritualización de la elección papal. Un conclave queda
muy lejos de cualquier asamblea civil. La oración y el
discurso teológico mantienen un singular protagonismo
cuya fuerza no desdeñan ni los cardenales más pragmáticos. Y como complemento indispensable del cerrojazo a todo lo que pueda venir de fuera para evitar cualquier tentación de influencia, el cierre de dentro a fuera, el secreto sobre el proceso electoral. Ni los políticos ni los fieles sabrán nada de lo que se debate ni de qué cardenales son propuestos y votados. Lo único que sale del conclave, la única información es EL HUMO que da cuenta de cada votación: negro si no ha salido elegido el Papa, y blanco cuando por fin hay Papa. Y para que no se sientan solos los cardenales, allí tienen planeando al Espíritu Santo, al que invocan cada día con el Veni, Creator Spíritus.
Hay nombres a los que cuesta encontrarles la explicación. Éste es uno de ellos. Le pasa como al ferrocarril metropolitano, que se quedó en metro, y el hablante se pregunta con toda la razón, qué tendrá que ver el metro, que los diccionarios nos dicen que es la unidad de medida de longitud, con el transporte público así llamado. Y para descubrirlo, hay que hacer un largo recorrido. Al nombre de cura le pasa algo parecido. Por todos los indicios, es una de las piezas de un nombre más largo, que sería el de párroco con cura de almas, que se redujo al de cura párroco, todavía común en nuestra lengua. Si existe, en efecto, la denominación de "párroco con cura de almas", es porque existen también las sinecuras, es decir el oficio de párroco sin obligación de cuidarse de las almas de los feligreses. Hemos de empezar, pues, por definir la palabra párroco, de la que cura no es más que un complemento circunstancial de materia. No está nada claro cuál es el origen de la palabra, que procede sin duda de la administración civil romana. Tres etimologías suelen darse: la primera lo hace proceder del griego paroikoV (pároikos), que tanto puede significar vecino como extranjero; formado por para (pará) = al lado, más oikoV (óikos), de la raíz que significa casa, habitar, etc. Es, pues, el que vive al lado. La segunda lo hace proceder del latín parochos, del griego parecw (paréjo), que significa proveer, y era un cargo administrativo romano, cuya función era proveer a los magistrados en viaje, ser su anfitrión. La tercera etimología, muy próxima a la primera, le da a la palabra el valor original de colono o cultivador. Teniendo en cuenta que la administración civil del imperio se encomendó a la Iglesia a partir del Edicto de Milán (313), con lo que la superposición de nombres y funciones civiles y eclesiásticas fue algo frecuente; y teniendo en cuenta que un párroco es según el espíritu del derecho canónico un auténtico funcionario de la Iglesia (la provisión de plazas se hacía por oposiciones no menos reglamentadas que las de funcionarios civiles del estado), no es descabellado pensar que una parroquia era una jurisdicción administrativa (un beneficio, que se decía en el lenguaje feudal) de carácter territorial, es decir un pequeño feudo con sus rentas, al que con el tiempo se ligó indisolublemente la cura de almas (a estos se les llamaba beneficios curados). Son lo que empezó en el siglo III como beneficia (la concesión de tierras a los veteranos en pago por sus servicios) y acabaría evolucionando hacia el feudo. Y del mismo modo que las diócesis y abadías, que eran auténticos señoríos feudales llevaban aparejadas funciones espirituales, así también las parroquias, feudos menores sometidos al obispo, tuvieron que asumir la cura de almas. Recordemos que el besar la mano era un acto de homenaje debido al señor; a los párrocos se les debía este homenaje. Respecto
a cura hay que decir que en latín es tanto el
sustantivo (cura, curae) como el imperativo del
verbo curare (sing. cura; pl. curate).
Todo el grupo léxico ha mantenido los significados de
cuidar y cuidado, derivando en especial hacia la
medicina (cura, curación, curandero) y hacia la
conservación de alimentos, perdiéndose en cambio casi
del todo el valor de cuidado genérico. Es de notar el
concepto de curador (en el mismo ámbito de la tutela)
relacionado con el de cura, que implica la minoría
de edad de los feligreses y un cierto paternalismo. DIFUNTOS Defunctus es una palabra latina compuesta del prefijo de, que indica separación, más functus, participio perfecto pasivo del verbo fungi, (deponente) que significa ocuparse en alguna cosa, desempeñar algún cargo. Según la etimología, pues, difunto significaría el que está retirado de sus funciones. Lo que hoy llamamos jubilado. En efecto, antes de utilizar los romanos el adjetivo defunctus para denominar al que había muerto, lo utilizaron para referirse al que se había retirado de un negocio, de una actividad, y por extensión al que había acabado esa actividad. En rigor, pues, difunto no es el que se ha acabado, sino el que ha acabado aquello que se esperaba de él. El que ha dejado cumplida su misión en este mundo. En realidad es la denominación más positiva y elogiosa que se puede dar al muerto. El sinónimo más próximo, finado (derivado de fin), le rebaja ya bastante. La variedad de nombres dados al difunto se debe al esfuerzo por disfrazar y adornar una realidad que tanto cuesta aceptar. Los más comunes son: muerto, finado, fallecido, extint; occiso e interfecto (si lo ha sido violentamente). De la misma familia léxica de difunto, tenemos función, funcionar, funcionario, disfunción, fungible.
Dimitto, dimittere es un compuesto del verbo mitto, mittere, que significa enviar. El prefijo dis-, que hemos conservado en español, indica división o separación; a veces indica negación. A partir del verbo mitto, míttere se han formado admittere (admitir), amittere (perder), permittere (permitir), committere (cometer), remittere (remitir), transmittere (transmitir), omittere (omitir), submittere (someter) intermittere (intermitir, meter en medio), promittere (prometer), emittere (emitir). El verbo sin prefijo ha evolucionado a la forma "meter", con el significado que hubiese correspondido a la forma inmittere (mandar a dentro). El verbo dimitir lo inventaron los romanos, pero nunca le dieron el valor y el uso que se le da ahora, porque es extravagante. Mandar cartas a todos los municipios era para ellos litteras circum municipia dimittere. Despachar al senado, esto es, levantar la sesión era senatum dimittere. Apaciguarse, dimittere iracundiam, es decir mandar afuera a la ira. Aliquem a se dimittere, mandar a alguien a paseo. Pero en ningún caso podía usarse este verbo en forma intransitiva. El español, al igual que las demás lenguas románicas, tiene la particularidad de que cuanto más cultos son los términos que se usan, más se puede engañar: dar la impresión de que se dice una cosa, y decir otra. Los reyes de Francia, muy finos ellos, nunca hablaban del servicio ni de los criados, que eso quedaba muy vulgar. Preferían decir las cosas en latín, que quedaban de lo más elegante (son los tiempos de "La culta latiniparla"). Así a los criados los llamaban "ministros", que es como los llamaban los romanos en su tiempo (palabra formada a partir de minus, que significa "menos") y al servicio lo llamaban "ministerio". Y puesto que formaban parte del servicio, el rey les encargaba desde guardar las llaves de los secretos (canciller viene de cancella) y cuidarle las habitaciones (ese era el gran camarero o chambelán) hasta administrarle el reino. Y como es normal, a gente tan fina ni la iba a echar a patadas ni a expulsarla como se hace con los criados. A los ministros los "dimitía". Todo el vocabulario tenía que ir en consonancia. Pero he aquí que con el tiempo el cargo de ministro (criado del rey) llegó a ser muy apetecido e incluso se llegaron a pagar grandes cantidades de dinero por serlo. Algo parecido ocurrió con el papa, que se honra con el título de "servus servorum Dei", siervo de los siervos de Dios; o traducido más fielmente, esclavo de los esclavos de Dios. Una esclavitud ambicionada por muchísimos a lo largo de los casi dos mil años que lleva la institución. Cuando esclavo y criado se convierten en dignidades, ya no se les puede tratar igual. Hay que llevar más miramientos. Y así, ahora ya no hay manera de "dimitir" de verdad a un ministro. Tiene que ser él mismo el que "se dimita" (hubiese sido más divertida y más fiel la forma reflexiva). Hoy, aparte de ser una grave desconsideración echar a un ministro, podría ser un problema descomunal, porque las tramas de poder están tan entrelazadas que ya no se puede ir a empujones. Cuando juran su cargo los ministros, se les exige sobre todo que guarden secreto. Por algo será.
Complementaria de alma , la palabra espíritu procede de spíritus (soplo, aire respirado, aliento), del participio perfecto pasivo de spirare (spiratus), verbo de aspecto onomatopeico que significa "soplar el viento", y por extensión metafórica, respirar, alentar, suspirar, exhalar... Habiendo nacido nuestras palabras y nuestro concepto de alma y espíritu del latín y el griego, es inevitable hacer un recorrido por ambas lenguas para aproximarnos al origen tanto de las palabras como de las realidades o de los conceptos que con ellas se pretende denominar. Lo que en latín llaman spíritus, en griego lo llaman pneuma (pnéuma); los griegos para decir que el espíritu sopla, dicen "o pneuma pnei" (o pnéuma pnéi); espiritual se dice en griego pneumatikoV (pneumaticós) (de aquí hemos sacado la palabra "neumático") y al Espíritu Santo le llaman los griegos Agion Pneuma (Hagíon Pnéuma). La distinción que hacemos en nuestras lenguas entre alma y espíritu, nos viene de la diferenciación en latín entre ánima y ánimus, y la del griego entre yuch (psyjé) y pneuma (pnéuma). Lo que nosotros llamamos expirar (emíttere spíritum), los griegos lo describen como apopnein yucaV (apopnéin psyjás) o ekpnein yuchn (ekpnéin psyjén): exhalar, soplar para afuera el alma. Nos movemos, por tanto, en dos planos muy afines, pero distintos: el yucikoV (psyjikós), que se correspondería más fielmente con nuestro "anímico" (derivado común de ánima y ánimus) y el pneumatikoV (pneumatikós), que traducimos como "espiritual", teniendo un valor más genérico el término "espíritu", y más específico la palabra "alma". Es decir, en el concepto espíritu cabe íntegramente el concepto alma, pero no a la inversa (todas las almas son espíritus, pero no todos los espíritus son almas). Dicho de otra manera: el alma es el espíritu en cuanto animador y principio de vida de un cuerpo concreto (no puede haber alma sin cuerpo, aunque luego la religión y la filosofía le concedan vida independiente). El espíritu, en cambio, no necesita de ningún cuerpo para subsistir (de aquí el concepto de los espíritus puros). Y de ahí se deduce también como una obviedad, que las almas individuales puedan concebirse como el aliento de un único y universal Espíritu en cada cuerpo, que al salir de él vuelve a integrarse en la unidad de espíritu sin el aprisionamiento individualizador del cuerpo. Bien está que el manejo de conceptos tan sutiles se haya convertido en coto privado de la metafísica, la teología y la psicología; pero no está nada mal volver la vista y las entendederas hacia su origen físico a través de los nombres que esos conceptos y esas realidades tienen. Este ejercicio ayuda a entender el origen y la razón de ser de las doctrinas de unas cuantas religiones y filosofías sobre las almas y los espíritus. El próximo domingo me adentraré en las brumas del animismo. ESPÍRITU
SANTO
El
mayor déficit de la especie humana, comparada con las
demás especies, es de instinto;
de esa especie de determinismo genético-ambiental, que
hace que en lo que se refiere a la conducta propia de la
especie, ningún individuo tenga necesidad de plantearse
nada. La conducta básica la tiene resuelta. Podríamos
decir que existe un Espíritu
de los Buitres, del cual participan todos los
individuos de la especie, como si los envolviese y los
penetrase a todos ellos. Y un “Espíritu de las Águilas”,
y un “Espíritu de las Cebras”, y un “Espíritu de
los Delfines”, y un “Espíritu de las Hormigas”, y
así todas las especies. Y como los prejuicios no nos
han permitido investigar qué puede ser eso y cómo
funciona, porque nos dejaría con nuestras vergüenzas
al aire, hemos despachado el tema poniéndole la
etiqueta de “instinto”,
semejante a la de “misterio, mejor
no meneallo”. Estamos
pues ante el hecho cierto de que no existe un
Espíritu del Hombre, del mismo modo que
existe el “Espíritu del Orangután”. Quizás porque
no hay un Sperorangután, o una Supermosca capaz de
imponerles a sus congéneres un Espíritu nuevo,
distinto del que iba asociado a sus genes y a su
circunstacia; y sin embargo sí que hay un Superhombre,
alguien que está lo suficientemente por encima de él
como para arrancarle de cuajo el Espíritu que lleva
dentro e imponerle otro Espíritu, a la medida de su
dominación. Por eso asistimos a la lucha de los
distintos Espíritus del Hombre, que pugnan por hacerse
con su dominación. Espíritus pequeños, muy pequeños
en su mayoría, a la medida de los pequeños
Superhombres que se los insuflan a sus seguidores. Ese
es el gran debate de la especie, ese es su drama. Los
grandes enfrentamientos de la humanidad nunca son por un
palmo más de tierra, ni por la bella Helena, sino por
el choque violentísimo de distintos Espíritus Humanos
que aspiran a convertirse en “El Espíritu Humano”
por eliminación de los contrarios. En la más reciente
historia, esta lucha ha adquirido proporciones
dantescas. También
el cristianismo ha participado en esta lucha por definir
el Espíritu Humano, y a fuer de objetivos hay que decir
que con un éxito clamoroso. No total, pero sí
probablemente el intento más exitoso en toda la
historia de la humanidad. La forma
cristiana del Espíritu Humano ha impregnado
de tal modo toda la filosofía, la política y el
derecho universales, que precisamente por su innegable
influencia, más de medio mundo piensa “en
cristiano”. Si no fuese así, si hubiesen vencido
otras formulaciones del Espíritu Humano, ya se hubiese
acabado con el sida hace años, por el mismo
procedimiento con que se ha acabado con la enfermedad de
las vacas locas o con la peste porcina. Y del mismo modo
se acabaría con los problemas de desempleo, y con los
oponentes políticos (algunos que añoran ese otro Espíritu
Humano, ya lo han practicado y lo siguen practicando). Por eso, no importa si lo llamamos el Espíritu Santo, o si lo llamamos el Espíritu más Santo del Hombre, ahí está creciendo y fortaleciéndose desde hace dos mil años; y bien está que lo celebremos como la tercera mayor fiesta del año cristiano, no importa si en clave religiosa y cristiana, o en clave tan sólo humana.
Eucaristia (eujaristía) es la palabra griega de la que proviene uno de los dos grandes nombres que dan todas las confesiones cristianas, al sacramento, rito y misterio central de la religión sobre la que está asentada la cultura occidental. Es una palabra preexistente al rito que denomina, y por consiguiente carga con su significado original. Para los griegos eucaristía significaba "reconocimiento", "agradecimiento"; de ahí fraguó Diodoro de Sicilia el significado de "Acción de gracias", que forma parte de la terminología religiosa y se entiende por sí mismo. Son numerosos los derivados griegos de esta palabra, y se reafirman en el mismo significado. Su origen es evidente: está compuesta del prefijo eu (eu), que encontramos en euro, eutanasia, Eugenio, eugenesia... que significa "bien", más la palabra cariV (járis) que significa "brillo", resplandor", "encanto de la belleza", "gracia" y un largo etcétera. Fue personificada en la mitología griega en Las Tres Gracias. La extensión del término es, por tanto, inabarcable: es una especie de compendio de todo lo que de positivo pueda expresar un ser humano a otro, o a la divinidad. El término Eucaristía, junto con su "traducción oficial" Acción de Gracias fue adoptado por el cristianismo para denominar no tanto el propio rito de la misa, como la actitud de los cristianos ante el mismo. En efecto, tratándose como se trata de un rito en el que se escenifica y se celebra un giro de 180 grados, un cambio radical en las relaciones del hombre con Dios, y por tanto de los hombres entre sí (Dios en su forma humana, como síntesis de toda la humanidad, haciendo de víctima; y en su forma divina aceptándola, y aceptando al mismo tiempo como igualmente valioso el canje de la propia víctima por el pan y el vino, fruto de su trabajo), ante tamaño cambio de la condición humana gracias a la aceptación por Dios de ese sacrificio, la única respuesta posible es la acción de gracias. Dejando para otro momento el análisis del contenido del paréntesis, paso al factor "agradecimiento": toda civilización (estoy convencido de que la grafía cibilización estaría más acorde con el origen y significado de la palabra) se sostiene sobre unos determinados sistemas de creencias y de valores que dirigen su actividad para obtener lo esencial en la subsistencia, que es la comida. Y todas las civilizaciones, en sus orígenes, han considerado que la divinidad (no olvidemos que el animismo está en el origen de toda religión) tenía muchísimo que ver en el aprovisionamiento de esas subsistencias, por lo que instituyeron los sacrificios que, en última instancia eran los sistemas rigidísimos de administración de los recursos alimentarios de acuerdo con principios prácticos en forma ritualizada. Siendo el sacrificio de la misa una innovación extraordinaria en la que Dios acepta el sacrificio de su propio hijo, como garantía absoluta de que ya ningún sacrificio humano podrá superarlo en calidad, y por tanto será vano; y aceptando Dios el ofrecimiento del trabajo del hombre como redención de su propia vida, sólo cabe el agradecimiento. Dos son los orígenes posibles de ekklhsia (ekklesía), la palabra griega de la que procede iglesia: ek-kleiw (ek-kléio), que significa dejar cerrado fuera, prohibir la entrada, echar fuera, excluir. Ek (ek)es el prefijo preposicional que significa fuera, fuera de; y kleiw (kléio) significa cerrar con cualquier medio (kleiV / kléis será la llave). Suena duro que pueda ser exactamente eso una iglesia, pero está dentro de lo posible y no se aleja en exceso de la otra posible etimología: el prefijo sigue siendo el mismo, ek (ek), con el mismo significado de exclusión, más el verbo kalew / kaléo (perfecto, keklhka / kékleka)= llamar, atraer hacia sí, convocar, convocar a una asamblea. Es digno de notarse que al añadirle el prefijo ek (ek), no queda modificado el significado original de kalew / kaléo, de donde no sería temerario deducir que el prefijo está añadido con toda la idea de selección, y por tanto de exclusión. Suena mal ahora que somos tan plurales, tan universales, tan kaqolikoi (kazolikói= por todas partes, de todo el mundo), tan oikoumenikoi (oikumenikói = tan ecuménicos, tan de toda la tierra habitada, es decir de todos los pueblos y naciones). Suena mal la exclusión o la exclusividad, pero ahí está bien marcada mediante el prefijo ek. Pero no son sólo los elementos, también es la totalidad de la palabra la que nos lleva a esta conclusión: ekklhsia (ekklesía) es para los griegos la asamblea, en especial la de los ciudadanos en la paz, y la de los guerreros en campaña; un númerus clausus, número cerrado, del que están excluidos explícitamente todos los que no tienen la capacidad deliberativa que da el formar parte del dhmoV (démos), es decir de la propiedad de la tierra. Curiosamente se utiliza ekklhsia (ekklesía) en oposición a sullogoV (sýl-logos) y sunagwgh (synagogué), ambas con el prefijo sun (syn) de compañía, en oposición al prefijo ek / ex (ek / ex), de exclusión. Precisamente gira en torno a este conflicto cualquier planteamiento eclesiástico de cualquier iglesia. Fue el conflicto planteado por el mismo Cristo frente a fariseos y saduceos, que estaban empeñados en que sólo debía haber redención para el pueblo de Israel. Y el aperturismo de Cristo, la universalidad de su mensaje de salvación, tuvo que abrirse paso con enormes dificultades en la Iglesia primitiva, judaizante, exclusivista (ex clusivo es el que cierra /cludit, claudit a los demás fuera). Fue precisamente Saulo, un fanático judío que veía en la manía pluralista y universalista de la secta judía de los cristianos, un gran peligro para la salvación del pueblo judío; fue precisamente éste, caído del caballo en el camino de Damasco, el gran apóstol de la universalidad y de la pluralidad del cristianismo. Pero si es humano pelearse y hasta matarse entre los propios hermanos para ser menos y tocar a más en el reparto de la herencia, ¿qué no ha de ser con los considerados extranjeros, usurpadores y advenedizos? ¿Repartir con ellos la tierra? Ni la tierra ni el cielo, ni siquiera el camposanto. En tratándose de herencias, no hay adopciones que valgan, ni reconocimiento de hijos nacidos fuera de la casa paterna o fuera del tronco familiar. No hay más legitimidad que la que proporcionan los genes. Son los ancestrales dioses lares los que exigen que les rindan culto y les ofrezcan las víctimas solemnes los legítimos sacerdotes de la nación. Del latín mors, mortis, cuyo verbo es morior, mortuus, es una palabra antiquísima, emparentada con el sánscrito mrtáh y el griego homérico brotoV (brotós), cuya forma más arcaica pudo ser mbrotoV (mbrotós) (cf. ambrotoV /ámbrotos), puede denominar la misma realidad en su origen: la pérdida de la vida por derramamiento de sangre (ver web inmortalidad). En español tenemos diptongada la sílaba mor por la tendencia de nuestra lengua a diptongar las sílabas tónicas (suerte, fuerte, puerta, duermo, sueño, tierra, piedra..) La humanidad ha combatido la muerte y se ha hermanado con ella especialmente en sus rituales, el más significativo de los cuales es el enterramiento, que no es un tributo a la muerte, sino a la vida. Lo que caracteriza a la especie humana frente a las demás especies, es que por no querer aceptar su muerte, ésta acaba teniendo en su vida una presencia a veces aplastante, mientras que se puede afirmar que en las demás especies la vivencia de la muerte o no existe o es totalmente fugaz. Mientras nosotros tenemos una aplastante experiencia colectiva de la muerte, pero individualmente no podemos tener esa experiencia (de peiraw/peiráo, que significa probar, experimentar), parece claro que las demás especies respecto a la muerte no tienen ni siquiera la percepción colectiva, de manera que si fuesen capaces de describir esa vivencia, sostendrían que son inmortales, porque no experimentan (no viven) la muerte ni individual ni colectivamente. La humanidad vive la experiencia de la muerte, pero no la asume, de ahí que la vista con ropajes que contribuyen a presentarla como situación transitoria en que el principio de vida se ha separado del cuerpo. Los sacrificios sangrientos en favor de los muertos tienen como objetivo ofrecerles la sangre necesaria para evitar que se extinga del todo la vida que se les supone. Cuando el principio de vida pasa a ser el alma, la muerte se interpreta como un estado transitorio en que el alma aún viva, vaga separada del cuerpo en un mundo de espíritus sobrepuesto al mundo de los vivos. Los enterramientos constituyen un acomodo del cuerpo, que ha de estar disponible para cuando pueda de nuevo ser rescatado por el alma. En este sentido lo más ignominioso y terrible es dejar que el cuerpo sea devorado por buitres, hienas o chacales, porque de esa forma se le cierra definitivamente al muerto el camino a la inmortalidad. Eso explica que los lugares de enterramiento sean considerados sagrados en todas las culturas (en la nuestra, las altas dignidades son enterradas en las iglesias). Camposanto llamaban antiguamente al cementerio, que significa literalmente "lugar de reposo", "dormitorio". Es transcripción de una palabra griega, koimhthrion (koimetérion), derivada del verbo koimaw (koimáo), que significa, acostarse, dormir, descansar. Es innegable la belleza del nombre, y más aún la del rótulo que algunos cementerios llevan: "RESURRECTURI" . "Los que resucitarán".
Procede
del griego pappaV
(páppas),
que se usó desde la antigüedad como forma cariñosa de
padre, frente a la formal de pater (patér).
Tuvo también un sentido de padre venerable, con lo que
extendió su significado hasta el de abuelo y de ahí se
abrió paso al de patriarca, sentido que se afianzó en
el ámbito religioso (recordemos los patriarcas de la
iglesia oriental). Del griego pasó al latín papa,
con el mismo valor y uso, frente al pater más
formal. Exactamente igual que en las lenguas románicas
tenemos papa o papá frente a padre. Resulta
especialmente sorprendente esta denominación si tenemos
en cuenta que el papado pasó por una larga época de
gran poder político, que en aquella época era tanto
como decir militar; y que el papa es el primado
de los obispos en su calidad de obispo de Roma:
el jefe supremo de todos los obispos de la cristiandad. Es
que el cristianismo pudo prosperar porque se incardinó
de tal manera en el imperio romano, que acabó digiriéndolo
y transformándolo. Así fue como Roma
se convirtió en la capital de la cristiandad
¡por ser la sede del sepulcro de San Pedro!,
cuando si era por sepulcro, tenía la competencia de
Jerusalén, sede del Gólgota y del Santo Sepulcro. Pero
esa incardinación tuvo otro factor determinante: los inspectores
de la Iglesia se convirtieron en administradores de
justicia del imperio a partir del Edicto de Milán
(312). Y esos inspectores son ni más ni menos
que los obispos, palabra que hemos tomado del latín
epíscopus, transcripción literal del griego episkopoV
(epíscopos),
que significa exactamente inspector. Esa
es la razón por la que los obispos, conscientes de la
severidad de su título, prefirieron hacerse llamar papa.
Y en efecto, ese fue durante siglos el nombre de los
obispos, hasta que Gregorio VII, Papa del 1073 al 1085,
el que luchó contra la simonía, las investiduras y la
relajación de las costumbres del clero, este Papa, hace
1000 años, prohibió que se usase el tratamiento de papa
para los obispos, reservando definitivamente este nombre
exclusivamente para el obispo de Roma. Esta denominación del Papa convive con las de mayor tratamiento: Sumo Pontífice, Romano Pontífice, Soberano Pontífice, copiando de la antigua Roma el concepto de pontificado; y la soberanía, del poder temporal que tuvo el papado. En terminología más cristiana recibe el nombre de Vicario de Cristo, Sucesor de San Pedro y Obispo de Roma. En cuanto a tratamiento, están en vigor el de Santo Padre (en consonancia con el nombre de Papa) y el de Su Santidad, o simplemente Santidad. Pastor-rebaño es quizá el primer desdoblamiento de la especie humana. En los inicios de nuestra cultura es demasiado persistente la imagen de un hombre apacentando hombres, como para despacharla sin más como una metáfora. Algo más hay. PoimeneV lawn (poiménes laón), pastores de pueblos, llama Homero a los reyes. Es posible que poimhn (poimén) = pastor, proceda de poimnh (póimne)= rebaño; es decir que primero fue el rebaño que el pastor. Si no hubiese habido rebaño, no habría habido pastor. Es posible incluso que el sustantivo poimhn haya derivado del verbo poimainw (poimáino) = apacentar, ser pastor (en pasiva, ser apacentado). Es el rebaño el que hace al pastor, no el pastor al rebaño. ¿A dónde nos lleva esto? A la conclusión de que el hombre estaba organizado ya en rebaños antes de que le sobreviniese un pastor, es decir un dueño-sacrificador-devorador. Admitamos incluso que el pastor es en origen un producto natural del rebaño, es decir que todo rebaño cría un pastor. No es necesario que el macho-guía-pastor del rebaño decida sin más alimentarse de su propio rebaño. El inicio puede darse en la lucha de dos grupos humanos por los mismos recursos de subsistencia cuando éstos escasean. Dos pastores de carnívoros luchan entre sí con sus respectivos pueblos por un territorio de caza. Es coherente que la lucha se plantee incluso como una operación de caza. Escaseando ésta, es normal que se convierta en pieza apetecible el congénere competidor-enemigo. La coherencia nos lleva, incluso, a dar por sentado que se constituyeron los primeros rebaños humanos con los prisioneros enemigos. Esta práctica está perfectamente documentada en varios pueblos primitivos. Todo es empezar. Una vez que el hombre ha empezado a alimentarse de hombres, ha de continuar haciéndolo, aunque se le agoten los recursos alimentarios de que le provee el enemigo. El pastor-guía se convierte primero en pastor-devorador del rebaño enemigo, y cuando lo ha consumido del todo, traslada su nueva forma de pastoreo a su propio rebaño. La naturaleza ha creado al macho dominante en todas las especies de herbívoros y en la mayoría de carnívoros. Pero en ninguna especie, fuera de la especie humana, se ha convertido el guía de la manada o del rebaño, en su explotador y dueño. El salto, por tanto, de guía a pastor no se ha producido directamente desde la función de guía; de lo contrario se hubiese repetido el mismo fenómeno en otras especies. Es posible, incluso, que esta transformación sea imposible. ¿Cuál ha podido ser el mecanismo que ha hecho posible que finalmente el que fue diseñado por la naturaleza para mantener el grupo a salvo de depredadores, se convierta en el único y absoluto depredador? Esta transformación no pudo tener nada de natural y pacífico. Tuvo que ser un auténtico cataclismo. Una mutación conductual de la misma envergadura de las grandes mutaciones genéticas. Quizá para entender algo haya que volver a la sospecha que asalta constantemente a los antropólogos: el cazador y el cazado pertenecen a subespecies humanas muy distantes. Es posible que lo mismo ocurriese con el pastor y su rebaño.
La Iglesia tiene una especial predilección por el término y oficio de pastor. Entre los protestantes éste es el nombre genérico de todos los clérigos. En la Iglesia católica el de pastores no es en ningún caso nombre, sino sobrenombre que se atribuye más bien al episcopado. Visita pastoral es la que hace el obispo a las parroquias de su diócesis. Carta pastoral es la que escribe el obispo con contenido pastoral, dirigida a todos los cristianos de su jurisdicción. Y se denomina pastoral como sustantivo al conjunto de actuaciones de la Iglesia sobre los fieles, que abarcan todas sus áreas de actuación, con especial incidencia en la doctrinal. Contemplado desde la perspectiva de la estética del lenguaje, y asumiendo que el nombre procede de la Parábola del Buen Pastor, está claro que mejora mucho el de obispo, que al fin y al cabo no significa nada más y nada menos que "inspector": epi-skopoV (epí - scopos) es el que mira desde arriba, el que inspecciona. Pero si pasamos del valor simbólico al valor real, es decir si analizamos por qué ha caído tan bien este reparto de papeles pastor / rebaño, llegaremos a ocultos recovecos del alma humana. Una vez más, como si las palabras tuvieran vida propia y dijeran por su cuenta y riesgo lo que los hablantes no nos atrevemos a decir claramente, la parábola se hace palabra, ofreciéndonos el nombre oculto que encierra en sí el corazón de la realidad. El cristianismo no vino a cambiar la condición humana, sino a sublimarla. Asumió totalmente la esclavitud, pero la sublimó poniendo a Dios como amo y Señor del amo y del esclavo, de manera que gracias a la penetración de estas doctrinas, sin haber abjurado los dominadores de su empeño por seguir siendo nuestros dueños, y sin haber conseguido los dominados sacudirnos el yugo de la esclavitud, un yugo que hoy tiene la forma deslumbrante del trabajo por el trabajo, del dinero por el dinero, y del consumo por el consumo, somos una nueva casta de esclavos que tiene ocupada la vida en producir y consumir estúpidamente en provecho del sistema de dominación. Dorada y brillante esclavitud, amada hoy por sí misma cuando Cristo tuvo que predicarnos que la amásemos por amor a él. Los esclavos nos hemos salvado en la esclavitud: por eso la amamos y la veneramos. Cristo nos enseñó a amar la Cruz a cambio del cielo. Hemos trocado la cruz por el trabajo, y lo amamos, olvidados del amor a la libertad, a cambio de sus brillantes oropeles. Y tras la parábola del Buen Pastor hemos asumido nuestra condición ancestral de rebaño humano. Puesto que no nos podemos librar de nuestra condición de reses destinadas al consumo de los dueños del rebaño y de los demás miembros del mismo, aceptamos encantados nuestro papel: un papel tan sumamente mejorado, que ya ni nos damos cuenta de que estamos siendo sacrificados día a día (no ya como antiguamente de un tajo). Redimimos cada día nuestra carne y nuestra sangre, redimimos nuestra vida con el trabajo del que viven nuestros amos y nos dan de vivir a nosotros y a las otras reses de su rebaño. Y para que se nos hiciese amable esta condición, nuestros pastores nos ofrecen su cara más amable.
AnastasiV (anástasis) la llamaban los griegos. Resurrectio los romanos. Del verbo súrgere, que significa levantarse. De aquí proceden los términos cultos surgir y resurgir. Palabras de honda resonancia. Pero sólo es posible entender el levantarse, desde la situación de postrado o caído. Y la de re-surgir, si antes de estar caído se ha estado en pie. Todos estos conceptos están ocultos tras la palabra resurrección. En la Pascua de Resurrección se juntan dos conceptos antagónicos que se corresponden con dos tradiciones religiosas distintas: por una parte la Pascua judía, en la que se celebra la comida del cordero pascual y de los panes ácimos con que se inicia el proceso de liberación del pueblo de Israel; y por otra parte se celebra la Resurrección de Cristo, que ha sido posible precisamente porque antes ha sido el cordero inmolado y el alimento de los cristianos para emprender el nuevo camino, más que de "liberación", de resurrección de la humanidad. La Pascua de Resurrección es la síntesis del judaísmo y del cristianismo, de la inmolación y de la vida. En la resurrección cobra sentido la Pasión y la muerte, la propuesta de tomar cada uno su cruz, de aceptar cada uno su condición, de resignarse al sufrimiento e incluso a la muerte. Gracias a la Resurrección queda justificada la inmolación de Cristo por nosotros y la de cada uno de nosotros por sus semejantes. Si la víctima inmolada resucita, ya no tiene nada de malo ofrecerse como víctima; la muerte no es más que un estado transitorio de separación del alma y el cuerpo. Desde la perspectiva de la historia del pensamiento humano, la resurrección de Cristo es un episodio más del duelo de la humanidad contra la muerte. Del mismo modo que el cristianismo comparte con otras religiones la idea de la muerte de Dios y de cuanto ésta conlleva, así también comparte la idea de la resurrección. Todas las culturas tienen fórmulas doctrinales y mitos para sustentar en ellos las ansias de inmortalidad. El hombre no se resigna a morir, y por tanto no admite la muerte como definitiva. Las más de las culturas tienen soluciones animistas: el hombre está dotado de alma, capaz de proseguir una vida propia f |