ARTICULOS SOBRE EL PAPADO

 

Habemus Papam

Joseph Ratzinger, Benedicto XVI

Joseph Ratzinger, Benedicto XVI

"Me eligieron para trabajar en la viña del Señor"

BENEDICTUS (XVI) QUI VENIT IN NÓMINE DÓMINI 

Benedicto (XVI) que viene en nombre del Señor. Parece que el Espíritu Santo lo tenía sumamente claro, puesto que con un par de días tuvo bastante para mostrar su fuerza arrolladora. El cardenal Joseph Ratzinger, cuya especialidad es la doctrina cristiana, ha sido elegido sucesor de Juan Pablo II por la mayoría amplísima de los máximos líderes de la Iglesia. En el mismo inicio del conclave, en su homilía de la Misa pro eligendo Papa, salió en tromba con su manifiesto doctrinal. Se perfiló como primer candidato que daba un gigantesco paso al frente. 

Probablemente todos los electores conocían en profundidad la obra doctrinal de Ratzinger, no sólo porque él fue el adjunto de Juan Pablo II para la doctrina, sino porque ahí está su extensa obra (casi un metro de estantería, comentaba gozoso monseñor Blázquez) y ahí estuvo ya desde el Concilio Vaticano II. Es, desde hace casi medio siglo, el mejor referente doctrinal de la Iglesia católica, el máximo teólogo del siglo XX. Y por supuesto, la gran plataforma teológica sobre la que se movieron seguros los pontificados de Pablo VI y Juan Pablo II. 

En fin, el colegio cardenalicio en pleno, profundamente impresionado, igual que la gran mayoría de los fieles, por la vida y muerte de Juan Pablo II, deseosos de prolongar la presencia de este gran Papa en la Iglesia, ha optado por elegir un Papa de continuidad. La iglesia está exultante de alegría, y sus detractores están que trinan. Los que dan lecciones de moral a la iglesia, ya han visto que ésta se cierra al progreso, marcado en la ultramodernidad ética por el aborto y la eutanasia; por la producción de embriones humanos para obtener de ellos materiales y órganos de restauración; por el matrimonio homosexual y por la refundación de la familia a partir de él. Con este nuevo Papa, la iglesia se cierra herméticamente a esa impresionante línea de progreso que tiene boquiabiertas a las religiones, a las culturas y a las civilizaciones. Y al igual que Juan Pablo II le recordará a Europa que no sería lo que es sin su milenaria inmersión en las aguas vivificantes del cristianismo. Que no se puede forjar un proyecto de Europa empeñándose en negar más de mil años de su historia. 

Pues he ahí que el Espíritu Santo, tan arcaizante, ha vuelto una vez más las espaldas al progreso y ha hecho que el ala más derecha del Espíritu Santo, el cardenal de hierro, el teólogo inflexible, sea el que lleve, a saber por cuánto tiempo, el timón de la barca de Pedro. 

Y si no directamente el Espíritu Santo, sí su elegido, se ha empeñado en hacer un largo recorrido por la historia cristiana y ciertamente tormentosa de Europa, a través de los 17 Benedictos que le precedieron (el XIII y el XIV, repetidos). El último, por cierto, Benedicto XV (papa de 1914 a 1922), tuvo que mantener a la Iglesia cerca del pueblo y prudentemente distanciada de sus gobiernos durante la segunda guerra mundial. Ese es el predecesor inmediato en el nombre de nuestro Benedicto XVI. Y como cimiento de esta larga saga de Benedictos, el gran San Benito, fundador de los Benedictinos, uno de los grandes forjadores de la Europa cristiana que se construyó sobre las ruinas del imperio romano. Y en medio nuestro gran Papa Luna, Benedicto XIII, del que procede la castiza expresión española de “mantenerse en sus trece”. Y ahora, Benedicto XVI.

 

EL  MUNDO LLORA MUERTE DEL INFATIGABLE PEREGRINO  

    Juan Pablo II, el infatigable peregrino, que fue elegido Papa el 16 de octubre de 1978 y que se convirtió en uno de los principales artífices de la finalización de la “guerra fría” y el debilitamiento del sistema político comunista, granjeándose la admiración y el respeto del mundo entero, falleció en la Ciudad del Vaticano el 3 de abril de 2005 cuando el reloj marcaba las 19.37 horas (20.37 gmt), tras una corta agonía.  

    Nacido el 18 de mayo de 1920 en la ciudad polaca de Wadowice y ordenado sacerdote a los 26 años, Karol Wojtyla falleció en su apartamento privado del Vaticano a los 84 años, mientras en la Plaza de San Pedro y en todos los demás lugares del planeta la gente se encontraba reunida en lugares públicos e iglesias para orar por su vida y millones de personas recibieron consternadas la noticia de su muerte.  

    Su Pontificado, el tercero más largo de la historia, fue de 26 años, 5 meses y 17 días, siendo superado únicamente por San Pedro, que dirigió el Colegio Apostólico entre 34 y 37 años y por Pío IX que lo hizo durante 31 años y 7 meses.  

    A lo largo de más de medio siglo, Juan Pablo II, que ejerció el Papado bajo el lema “Todo tuyo”, mostró su extraordinaria faceta peregrina para llevar el evangelio por los cinco continentes, aunque por razones estrictamente políticas no pudo visitar nunca China, ese enorme país en donde se siguen vulnerando los más elementales derechos humanos de sus gentes y el comunismo impera en él con sus peores consecuencias.  

    Un total de 250 viajes pastorales (146 en Italia y 104 fuera de Italia), permitieron conocer a un Papa especialmente activo, que llevó el mensaje de Dios y explicó la historia del Jesucristo hecho hombre y su evangelio de amor y dignidad, en actos que no solo fueron multitudinarios sino que le convirtieron en el personaje más admirado y en el único que pudo llenar por completo los más enormes escenarios. Fue, además, un auténtico mensajero de la paz.  

    Su desbordante personalidad, la atracción personal que imponían su inteligencia, su cultura y su fe, sirvieron también para convertirlo en un Papa admirado aún por los no creyentes y junto con el “Papa Bueno”, como se conoció a Juan XIII (1958-1963), fue el Pontífice más destacado del Siglo XX.  

    A lo largo del ejercicio en el más alto cargo de la Iglesia y como sucesor de Pedro, Su Santidad tuvo verdaderamente una frenética acción, porque durante su Papado se celebraron 15 asambleas del Sínodo de Obispos, nombró a 238 Cardenales,  publicó 14 encíclicas sobre los más diversos temas que permitieron conocer la profundidad de sus raíces cristianas, el  conocimiento de la vida y de sus acontecimientos, la necesidad de defender la doctrina, la dignidad humana y la adecuación de la Iglesia a los tiempos modernos.  

    También publicó dos libros, realizó 15 Exhortaciones apostólicas, 11 Constituciones apostólicas, 44 Cartas apostólicas, hizo beatos a 1.339 personas, presidió 147 beatificaciones, 51 canonizaciones y elevó como Santos a los altares a 482 personas, a la vez que con sus viajes dio 29 veces la vuelta al mundo y cubrió tres veces la distancia entre la Tierra y la Luna, habiendo recorrido un total de 1.242.573 kilómetros, de acuerdo con las cifras divulgadas por el Vaticano.  

    Sus viajes, además, sirvieron para demostrar que no era un Papa enclaustrado en el Vaticano y que se sentía satisfecho y a gusto llevando y transmitiendo el Evangelio por la tierra, a la vez que se pronunciaba y muchas veces fustigaba a los gobiernos, sobre los principales problemas que acuciaban al mundo y a sus habitantes, clamando por soluciones humanas y justas en los ámbitos socio-económicos y del respeto a los derechos humanos y mostrándose contrario a las acciones bélicas porque siempre promulgó que la paz era necesaria y que se podía alcanzar a través del diálogo y no de las armas.  

    Así como fustigó a Mijail Gorbachov para que el comunismo fuese sepultado en la antigua Unión Soviética, lo que pudo lograr de forma amplia, el Papa también criticó con dureza al presidente estadounidense, George Bush, por haber iniciado la guerra contra Irak y también enfrentó con firmeza a líderes comunistas como el presidente cubano, Fidel Castro, y el por entonces mandatario de Nicaragua Daniel Ortega, con los cuales se entrevistó durante sus viajes a esos países.  

    Víctima de uno de los más execrables atentados, del que por fortuna pudo salir con vida, aunque le dejó diversas secuelas que contribuyeron al deterioro de su salud, el mundo se estremeció el 13 de mayo de 1981 cuando un terrorista turco identificado como Alí Agca, que tras 19 años de detención en Italia por este hecho, se encuentra purgando actualmente otro crimen en una prisión de su país, le disparó cuatro tiros casi a bocajarro, cuando el Pontífice era vitoreado en la Plaza de San Pedro. No obstante, como buen cristiano, supo perdonar a su incalificable agresor.  

    “La Virgen me ha salvado la vida”, afirmó el Papa convencido del milagro personalmente vivido, pero la operación a que fue sometido para extraerle las dos balas que se incrustaron en su cuerpo, una de las cuales le perforó el abdomen mientras la otra quedó en un brazo, gravitaron enormemente para el resto de su fecunda existencia. Sin embargo, nunca nadie le escuchó quejarse como tampoco su Pontificado peregrino se detuvo. Esa era otra de sus grandes virtudes: su fortaleza mental y física para resistir con fe cristiana los contratiempos y  problemas que pudiera tener.  

    El que fuese el primer Pontífice no italiano en cuatro siglos y el segundo en la historia de la Iglesia Católica en 2.000 años después del holandés Adriano I, quien estuvo al frente de ella durante 23 años y 11 meses, supo conectar directamente con la juventud mundial, de la que era un auténtico estandarte, al que jóvenes –hombres y mujeres- admiraban y a cuya figura rodeaban con especial cariño durante sus viajes de peregrinación. Ha sido, además, el Papa que más serenatas recibió porque en todos los países se le despertaba al son de la música, la que admiraba y gustaba.  

    Este “Papa viajero”, que influyó decisivamente en la historia del anterior Siglo y durante el cual trazó las principales líneas para variar el papel de la Iglesia y hacerla más moderna y dinámica, nunca dio muestras de vacilaciones ni especuló con su prestigio para ganarse el aprecio y el cariño del mundo, hasta el punto que los más connotados líderes mundiales siempre sintieron por él una especial atracción y respetaron sus decisiones, aunque algunos no las compartieran. Eso fue producto de su carisma y del amplio conocimiento que tenía de todo lo que ocurría a nivel mundial.  

    Un paladín de la ética, de la defensa de la moral y del derecho a la vida, a lo largo de esos 26 años de Papado tuvo que enfrentarse a sectores reaccionarios, muchos de ellos inicuamente cobardes, a organizaciones civiles y gobiernos que sólo buscan la relajación de las buenas costumbres, pero siempre lo hizo desde la autoridad que le confería ya no solo su cargo sino la limpieza de su propia existencia. Fue una lucha permanente del ser que siempre sabe a donde va y de quienes, en cambio, no tienen ningún horizonte e, incluso, ofenden por su ignorancia e incapacidad.  

    Juan Pablo II siempre fue coherente con el mundo y consigo mismo, con la doctrina que defendía y hacía conocer  y por eso se le recordará gratamente. Fue desde sus orígenes un excelente cristiano y cuando pasó a ser el guía espiritual de una de las religiones de más fuerza y con uno de los mayores porcentajes de fieles en el mundo, tendió también su mano  a quienes estaban en otras orillas. Por eso propugnó por el diálogo ecuménico, participó en diversos actos con los jerarcas de otras confesiones y estableció una especie de “diálogo constructivo” para que hubiese entre todas más cercanías que diferencias.  

    No cabe ninguna duda que su Pontificado y su personalidad han sido los principales pilares para dejar una huella muy profunda en la Iglesia Católica y en el mundo y que Juan Pablo II será siempre recordado con afecto porque, de verdad, fue un “Papa bueno” que a pesar que muchos de sus detractores han querido encasillarlo dentro de un rígido conservadurismo, supo entender con acierto las necesidades de cambio y modernización. Contribuyó a hacerlos con aciertos tan notorios que nadie puede decir que fue un “Pontífice retrógrado”.  

    Tras su muerte, respetuosamente celebrada en todos los escenarios de la tierra, ahora corresponderá a la congregación de Prelados preparar el Cónclave que elegirá a su sucesor y cuya primera reunión comenzó en la sala Bolonia del Palacio Apostólico. De esta manera, los 117 Cardenales con derecho a voto empezarán un arduo trabajo en donde inspirados por el Espíritu Santo tratarán de acertar, como lo hicieron cuando eligieron a Juan Pablo II. Muy pronto el mundo sabrá, cuando se pronuncie el “Papa Habemus” y se aprecie la fumata blanca, que la Iglesia Católica, Apostólica y Romana tiene un nuevo Jefe espiritual en el Vaticano.  

    Ya, como dijo el Cardenal Camilo Ruini, el Papa está “viendo y tocando a Dios”. Descanse en paz.

Guillermo Tribín Piedrahita  


MUERE EL PAPA DANDO UNA LECCIÓN MAGISTRAL DE BUENA MUERTE 

Duc in altum  Rema MAR ADENTRO  Lucas 5, 4 

Está claro que hay dos maneras contrapuestas, directamente antagónicas, de entender el valor ante la muerte, la última batalla, la agonía por la que es inexorable abandonar la vida. Hoy se está promocionando desde los medios una forma de sumergirse mar adentro, más respetable que recomendable, por la que se autoriza a alguien a poner fin a una vida que han dado por inútil e insoportable, a medias entre el actor y el receptor de la piadosamente llamada “buena muerte”. 

Pero ahí tenemos al PAPA, que incluso con el espectáculo de su muerte en vivo y en directo, se ha propuesto darles a los cristianos una LECCIÓN MAGISTRAL DE BUENA MUERTE que contrarreste el imponente espectáculo mediático que intenta vendernos el concepto de “buena muerte administrada” a la que llaman eutanasia. El trasfondo de piedad que le asigna este elogioso nombre a la práctica de hacer morir, intenta ocultarnos la autoría de la muerte. 

Este Papa batallador no da puntada sin hilo: ha irrumpido en medio del agrio debate sobre el derecho a dar muerte al paciente que sufre con la humanitaria intención de acortarle el sufrimiento. Su argumento no puede ser más explícito y aleccionador: llevamos días VIÉNDOLE MORIR, desde la Semana Santa por lo menos. Algunas fotografías del Papa intentando seguir en pie, sin ocultar el espectáculo de su extrema debilidad, son realmente patéticas. Sí, aunque esta sociedad hedonista haya convertido lo patético en sarcástica acusación; aunque estemos empeñados en ocultar la muerte tras eufemismos y mentiras; aunque hayamos pasado a considerar una obscenidad la agonía y la muerte; a pesar de todo ello, ahí tenemos al Papa Wojtyla ofreciéndonos el espectáculo de su agonía y de su muerte. Transmite sufrimiento, paqoV (pázos). Por eso es patético. 

Pero no hace más que ser coherente con su doctrina y su conducta cristiana; no hace otra cosa que culminar la obra de la iglesia cristiana, que ha ganado para los proscritos por sus deformidades, el derecho a la luz del sol y a vivir como miembros dignísimos de la sociedad. Ahí tenemos el triunfo cristianísimo de los JUEGOS PARALÍMPICOS como réplica de los Juegos Olímpicos (agones los llamaban los griegos). He ahí el sufrimiento ajeno y la superación del pazos que transmite, convertidos en nuestra gran catarsis. 

Con lo que nos ha costado sacarlos a todos ellos del armario, ¿habíamos de detenernos ante el espectáculo de la agonía y la muerte? El Papa Wojtyla cree firmemente que no, que no es nada cristiano ocultar al que sufre y muere; que le sienta muy bien al cristiano la humillación del sufrimiento y la muerte como preparación inmediata para el rendimiento de cuentas ante Dios. Bien para el que muere, y bien para quienes le asisten y acompañan. 

He ahí al gran Papa que tuvo el valor de enfrentarse al comunismo, ofreciendo Urbi et orbi el espectáculo de su humillación ante el sufrimiento y la muerte.

Mariano Arnal  


MORTUS EST, REQUIESCAT IN PACE

Todos los periódicos del mundo, todas las radios y las televisiones. Todos los países, razas, organizaciones religiosas. Todo se ha movido en torno a él en estos últimos días. Naturalmente, hablamos de Juan Pablo II, el Papa de Roma, nada menos que el representante de Jesucristo en la tierra. Nunca nadie había suscitado hasta ahora tanta admiración y respeto como lo ha hecho este hombre con su recia fe, su firme tenacidad, su machacona constancia, su sonrisa entre amable e irónica, su intransigencia en determinados asuntos relacionados con nuestro tiempo y, finalmente, su inagotable capacidad de sacrificio.

Algunos de los que por razón de su profesión se dedican a hablar a los demás, llegaron a decir que había que obligarle a dimitir, que su larga y dolorosa enfermedad estaba haciendo daño a todo su anterior apostolado y poco menos que dejando en ridículo a la Iglesia, institución de la que ha sido el principal mandatario durante el último cuarto de siglo. Precisamente, yo creo que una de las cosas que ha logrado con su postura de resistir hasta el final es hacer visible la dignidad que puede conllevar la vejez en el último recorrido hacia la muerte.

Juan Pablo II, el hombre que acabó con los falsos regímenes comunistas con un solo disparo, el que otros dirigieron contra él. El hombre que perdonó inmediatamente a quien había intentado matarle. El hombre que visitó en la cárcel al que en la intención fue realmente su asesino. El hombre que abrazó a los enfermos del mundo y que sin embargo mantuvo sus más firmes posturas contra algunas de las cosas que, con toda seguridad, pudieran evitar sus enfermedades y muertes. El hombre que abrazó a los pobres y, sin embargo, favoreció el desarrollo del capitalismo, del que finalmente tuvo que criticar algunos de sus extremos, no sé si con toda la contundencia deseable. El hombre que, en contra de muchos de sus antecesores, no sólo no alentó ninguna guerra, sino que se pronunció categóricamente contra todas.

Ése es el hombre que ha muerto, el que quiso llevar la paz personalmente a todos los rincones, el que acaso fue un viajero excesivo, el que no se conformó con predicar desde su poltrona vaticana, sino que quiso dar trigo desde su actividad infatigable y permanente, el que de una u otra forma participó de todo lo que, durante su largo pontificado, se ha cocido en el mundo.

Personalmente, creo que la profilaxis es buena en todos sus campos de aplicación y que la ciencia debe de seguir su camino. Por supuesto que sus descubrimientos deben ser usados exclusivamente para el bien de la humanidad, para la curación de las dolencias y las enfermedades. Es cierto que hay riesgos de confundir el bien con el beneficio y que en el beneficio mal entendido puede estar incluida la perversión del poder, o sea la monstruosidad. Ahí es donde hay que poner los cortafuegos. Y en este punto concreto, el Papa que acaba de morir no se fió de los hombres. Por lo menos de los que mandan. Sólo el tiempo dirá si la razón estaba o no de su parte. De lo que no hay duda ninguna es de que el descanso y la paz los tiene bien merecidos. Así, pues, requiescat in pace.

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios


NUNC DIMITTIS 

La mayoría de nuestros medios de comunicación han hecho alarde de una ignorancia enciclopédica anunciando que al cumplir los 80 años, Juan Pablo II se planteó dimitir. Craso error. Eso les ha pasado por no saber latín, cuando se supone que todos lo estudiaron. Pero lo grave no está ahí, sino en que no aprendieron la metodología de trabajo. Lo patético es que no han sido capaces de documentarse: un síntoma de la calidad media del periodismo. 

Ofrezco a continuación las bases documentales que nos permiten apreciar el disparate. En primer lugar, el texto del Testamento del Papa: “...y ahora, en el año en el que la edad de mi vida alcanza los ochenta años (‘octogéssima adveniens’), es necesario preguntarse si no es tiempo de repetir con el bíblico Simeón ‘Nunc dimittis’”. 

El párrafo siguiente del Testamento desarrolla la idea del “nunc dimittis” y deja bien claro que no se refiere a su dimisión, sino a SU MUERTE. La referencia a la muerte es evidentísima también en el bíblico Simeón, del capítulo 2, vers. 29 del Evangelio de Lucas, que en el texto latino de la Vulgata que cita el Papa, dice así: 

“Nunc DIMITTIS servum tuum Dómine, secundum verbum tuum in pace”.

En la Biblia de Jerusalén, dice: El Nunc dimittis.

Ahora, oh Señor, tú puedes, según tu palabra, dejar a tu siervo irse en paz”. 

El verbo dimittis está traducido por “dejar irse”. La agregación “en paz” es la referencia a que ese “dejar irse” es “dejar morir”. El original griego, que dice nun apolueiV (nyn apolýeis) es aún más claro. Este verbo, que al igual que su traducción latina nunca significa dimitir, es empleado por Sófocles en el sentido de abandonar la vida o morir. En cualquier caso, basta ver esa frase en su contexto (Lucas 2, 21-32) para que no quepa la menor duda de que se refiere a la muerte

“Cuando se hubieron cumplido los ocho días para circuncidar al Niño, le dieron el nombre de Jesús, impuesto por el ángel antes de ser concebido en el seno. Así que se cumplieron los días de la purificación conforme a la Ley de Moisés, le llevaron a Jerusalén para presentarle al Señor, según está escrito en la Ley del Señor que “todo varón primogénito sea consagrado al Señor”, y para ofrecer en sacrificio, según lo prescrito en la Ley del Señor, un par de tórtolas o dos pichones.

Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, justo y piadoso, que esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba en él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Cristo del Señor. Movido del Espíritu, vino al templo, y al entrar los padres con el niño Jesús para cumplir lo que prescribe la Ley sobre Él, Simeón le tomó en sus brazos y, bendiciendo a Dios, dijo:

Ahora, Señor, puedes ya dejar ir a tu siervo en paz, según tu palabra; porque han visto mis ojos tu salud, la que has preparado ante la faz de todos los pueblos; luz para iluminación de las gentes y gloria de tu pueblo Israel.” 

El “ya dejar ir en paz” es el “nunc dimittis del Testamento de Juan Pablo II. No hay ni en el texto ni en el contexto nada que permita hablar de la absurda interpretación de dimisión de los medios. De cualquier modo, para que no se pierda la perspectiva del contexto del propio Testamento del Papa, transcribo el nunc dimittis con el párrafo que le sigue, absolutamente clarificador: 

  “...y ahora, en el año en el que la edad de mi vida alcanza los ochenta años (‘octogéssima adveniens’), es necesario preguntarse si no es tiempo de repetir con el bíblico Simeón ‘Nunc dimittis’”. 

El día 13 de mayo de 1981, el día del atentado al Papa durante la audiencia general en la Plaza San Pedro, la Divina Providencia me ha salvado en un modo milagroso de la muerte. Aquel que es único Señor de la vida y de la muerte, Él mismo me ha prolongado esta vida, en cierto modo me la ha donado nuevamente. Desde este momento –mi vida- le pertenece aún más a Él. Espero que Él me ayude a reconocer hasta cuándo debo continuar este servicio, al cual me ha llamado el día 16 de octubre de 1978. Le pido que me llame cuando Él mismo lo quiera. ‘En la vida y en la muerte pertenecemos al Señor... somos del Señor’ (cf. Rm 14,8). Espero también que, hasta que me sea dado cumplir el servicio de Pedro en la Iglesia, la Misericordia de Dios quiera prestarme las fuerzas necesarias para este servicio.” 

La transparencia de este texto es absoluta. Está claro que ni se dignaron leérselo los periodistas arúspices que se empeñaron en ver aquí una alusión a la dimisión del Papa. Pero ya que estamos puestos, ¿qué tal si emulando a Nostradamus añadimos dos versículos más al contexto, el 33, 34 y 35? Vean lo que resulta: 

“Su padre y su madre estaban maravillados de las cosas que se decían de Él. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: ‘Mira, éste ha sido puesto para ruina (“ruinam” en latín ptwsin (ptósin = caída) en griego) y resurrección de muchos en Israel, y en símbolo al que se contradirá (eiV shmeion antilegomenon (eis seméion antilegómenon), en signo de contestación) –y una espada atravesará tu propia alma- para que salgan a la luz los pensamientos ocultos de muchos corazones.” 

TESTAMENTO DE JUAN PABLO II

'Totus tuus ego sum'

En el nombre de la Santísima Trinidad. Amén.


'Velad, porque no sabéis el día en que vendrá nuestro Señor' (cf. Mt 24, 42)- estas palabras me recuerdan la última llamada, que tendrá lugar en el momento en que el Señor así lo quiera. Deseo seguirlo y deseo que todo aquello que forma parte de mi vida terrena me prepare para este momento. No sé cuando sucederá, pero como todo, también este momento lo dejo en manos de la Madre de mi Maestro: 'Totus Tuus'. En las mismas manos maternas dejo todo y a Todos aquellos con los que me ha relacionado mi vida y mi vocación. En estas Manos dejo sobre todo a la Iglesia, y también a mi Nación y a toda la Humanidad. Doy gracias a todos. A todos pido perdón. Pido también la oración, para que la Misericordia de Dios se muestre más grande que mi debilidad e indignidad.  [+]

El testamento: Texto íntegro

DIMITIR

Dimitto, dimittere es un compuesto del verbo mitto, mittere, que significa enviar. El prefijo dis-, que hemos conservado en español, indica división o separación; a veces indica negación. A partir del verbo mitto, míttere se han formado admittere (admitir), amittere (perder), permittere (permitir), committere (cometer), remittere (remitir), transmittere (transmitir), omittere (omitir), submittere (someter) intermittere (intermitir, meter en medio), promittere (prometer), emittere (emitir). El verbo sin prefijo ha evolucionado a la forma "meter", con el significado que hubiese correspondido a la forma inmittere (mandar a dentro). El verbo dimitir lo inventaron los romanos, pero nunca le dieron el valor y el uso que se le da ahora, porque es extravagante. Mandar cartas a todos los municipios era para ellos litteras circum municipia dimittere. Despachar al senado, esto es, levantar la sesión era senatum dimittere. Apaciguarse, dimittere iracundiam, es decir mandar afuera a la ira. Aliquem a se dimittere, mandar a alguien a paseo. Pero en ningún caso podía usarse este verbo en forma intransitiva.

El español, al igual que las demás lenguas románicas, tiene la particularidad de que cuanto más cultos son los términos que se usan, más se puede engañar: dar la impresión de que se dice una cosa, y decir otra. Los reyes de Francia, muy finos ellos, nunca hablaban del servicio ni de los criados, que eso quedaba muy vulgar. Preferían decir las cosas en latín, que quedaban de lo más elegante (son los tiempos de "La culta latiniparla"). Así a los criados los llamaban "ministros", que es como los llamaban los romanos en su tiempo (palabra formada a partir de minus, que significa "menos") y al servicio lo llamaban "ministerio". Y puesto que formaban parte del servicio, el rey les encargaba desde guardar las llaves de los secretos (canciller viene de cancella) y cuidarle las habitaciones (ese era el gran camarero o chambelán) hasta administrarle el reino. Y como es normal, a gente tan fina ni la iba a echar a patadas ni a expulsarla como se hace con los criados. A los ministros los "dimitía". Todo el vocabulario tenía que ir en consonancia.

Pero he aquí que con el tiempo el cargo de ministro (criado del rey) llegó a ser muy apetecido e incluso se llegaron a pagar grandes cantidades de dinero por serlo. Algo parecido ocurrió con el papa, que se honra con el título de "servus servorum Dei", siervo de los siervos de Dios; o traducido más fielmente, esclavo de los esclavos de Dios. Una esclavitud ambicionada por muchísimos a lo largo de los casi dos mil años que lleva la institución. Cuando esclavo y criado se convierten en dignidades, ya no se les puede tratar igual. Hay que llevar más miramientos. Y así, ahora ya no hay manera de "dimitir" de verdad a un ministro. Tiene que ser él mismo el que "se dimita" (hubiese sido más divertida y más fiel la forma reflexiva). Hoy, aparte de ser una grave desconsideración echar a un ministro, podría ser un problema descomunal, porque las tramas de poder están tan entrelazadas que ya no se puede ir a empujones. Cuando juran su cargo los ministros, se les exige sobre todo que guarden secreto. Por algo será.

 

CONCLAVE: EXTRA OMNES 

Empieza ya el proceso de elección del nuevo Papa, BAJO LLAVE (“con clave”; por cierto, los autóctonos vaticanos no dicen cónclave, sino conclave, como se dijo siempre en español). Aunque en sus orígenes el encierro de los cardenales electores tuvo un sentido coactivo y de encierro para que no se prolongase el período de sede vacante, su principal elemento fue dejar fuera los empeños de influencia básicamente política en la elección del Papa. 

Se han suavizado, en efecto, los factores de encierro: los cardenales no están ya recluidos en un espacio reducido e incómodo, ni están sometidos a la fuerza de unas rejas, sino que han sido alojados en una sobria residencia dentro del recinto del Vaticano, desde el que se desplazarán (unos andando y otros en autobús) dos veces al día. Están sometidos a la disciplina del aislamiento, pero bajo su conciencia y bajo la disciplina colegiada, no bajo la presión física de la llave. 

La clave del conclave está en el EXTRA OMNES que pronuncia el cardenal camarlengo en la Capilla Sixtina cuando están ya dentro todos los cardenales. Hace salir al personal de servicio y al de la curia vaticana que lo han preparado todo para la elección. A partir de ese momento, en el recinto en que se producirán las deliberaciones y las votaciones para la elección del nuevo Papa, quedan sólo los cardenales. Los demás, todos los demás, a la voz de EXTRA OMNES, “fuera todos”, quedan fuera bajo llave. 

En efecto, no se trata tanto de encerrar a los cardenales dentro, como de dejar encerrados FUERA a los que no lo son, para que no haya en las deliberaciones y en la elección ninguna interferencia externa. Los cardenales se han de poner de acuerdo entre ellos y con el Espíritu Santo. A partir de ese momento queda cortada toda comunicación con el exterior: ni prensa, ni televisión, ni teléfono, ni radio, ni internet. Nada que ocurra fuera del conclave ha de poder ni modular ni torcer la voluntad de los electores. 

De puertas adentro todo está estrictamente ritualizado y sacralizado. Se trata, en efecto, de una liturgia muy especial y de suma trascendencia para la iglesia. En cada elección papal se decide el porvenir del mensaje evangélico. Fue la amarga experiencia de elecciones nefastas de la época más tormentosa de la iglesia, la que marcó el camino del máximo rigor y por tanto ritualización de la elección papal. Un conclave queda muy lejos de cualquier asamblea civil. La oración y el discurso teológico mantienen un singular protagonismo cuya fuerza no desdeñan ni los cardenales más pragmáticos. 

Y como complemento indispensable del cerrojazo a todo lo que pueda venir de fuera para evitar cualquier tentación de influencia, el cierre de dentro a fuera, el secreto sobre el proceso electoral. Ni los políticos ni los fieles sabrán nada de lo que se debate ni de qué cardenales son propuestos y votados. Lo único que sale del conclave, la única información es EL HUMO que da cuenta de cada votación: negro si no ha salido elegido el Papa, y blanco cuando por fin hay Papa. Y para que no se sientan solos los cardenales, allí tienen planeando al Espíritu Santo, al que invocan cada día con el Veni, Creator Spíritus. 

Thy Will be Done
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LA HORA DEL ESPÍRITU SANTO 

Sobre cada colectividad planea el espíritu que la inspira; más cuando se trata de colectividades cuya razón de ser es precisamente el cultivo del espíritu. Al que planea sobre la Iglesia Católica y que la impregna en alto grado, se le llama ESPÍRITU SANTO. La única diferencia entre el innegable fenómeno de la comunión espiritual de las colectividades y el dogma cristiano del Espíritu Santo, es que el cristianismo le da carácter de divinidad y lo considera una de las tres manifestaciones del Dios único, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. 

Y ciertamente, nada hay más próximo al concepto racionalista de divinidad, que el ESPÍRITU SANTO. Probablemente al intentar captar este concepto desde el agnosticismo y sobre todo desde otras religiones, se le entiende como la fuerza espiritual que forman entre todos los creyentes, la fuerza que mueve la fe, una fe que a su vez mueve auténticas montañas. La madre Teresa de Calcuta es un ejemplo de esa fe, una manifestación de ese Espíritu Santo. Sabemos muy bien lo que mueve en positivo y en negativo, por poner un ejemplo distinto, el espíritu islámico: un auténtico vendaval. 

Si nos acercamos al conclave de los cardenales reunidos para elegir nuevo líder de la iglesia católica, tanto si lo hacemos con mentalidad agnóstica como con fe cristiana, forzoso será reconocer que ahí es donde el Espíritu Santo, el espíritu del catolicismo alienta con más fuerza, porque de lo que decidan los electores dependerá el devenir de ese Espíritu durante un tiempo (¡un Concilio con Juan XXIII y un cuarto de siglo con el último Papa!) 

En las sesiones electivas de la Capilla Sixtina es sin duda donde alientan con mayor vigor la doctrina, la moral y el espíritu cristianos, donde los cardenales, máximos líderes de la Iglesia, propugnan las nuevas líneas de actuación de la Iglesia, sus prioridades, sus énfasis y sordinas, sus reformas, su estilo... Y los que a lo largo del conclave se muestran o emergen como nuevos líderes, se esfuerzan por ir aglutinando en torno a sus posiciones al mayor número posible de purpurados, acercando posiciones, acumulando votos que van definiendo el futuro gobierno de la Iglesia y la composición de su alta curia.  

La labor del conclave no es la mera elección de un determinado cardenal como Papa. No es una elección puramente nominativa. Lo que se elige son modos y prioridades doctrinales. Como se dice en política, dentro de la unidad del Evangelio hay una considerable gama de sensibilidades. Y eso no se ventila fácilmente en un par de sesiones. En la elección del Papa Wojtyla pesó sin duda en el ánimo de los cardenales la sensibilidad del cristianismo fraguado en la persecución. Nadie pudo imaginar a dónde les llevaba el Espíritu Santo al empujarles a hacer aquella elección. 

La Iglesia, una institución sabia por su edad milenaria, es tan consciente del papel decisivo del Espíritu Santo en estas decisiones, que le da el máximo protagonismo. Las sesiones empiezan invocándole en el Veni Creator Spíritus, el himno que se canta en todas las celebraciones en que el buen entendimiento y la mejor voluntad son decisivos.

VENI CREATOR SPÍRITUS 

Con más de mil años de antigüedad, éste es sin duda el himno más famoso de la Iglesia, más que el Magníficat, más que el Tedeum, porque la sociedad civil lo ha cantado y lo sigue cantando en circunstancias en que el espíritu y el entendimiento son decisivos. Así en los inicios de cursos académicos y judiciales, en la dedicación de edificios destinados al cultivo del saber y en las grandes actividades en que el espíritu marca su impronta. La raíz cristiana de nuestra sociedad laica resplandece en infinidad de manifestaciones. Ésta es un a de ellas.

VENI, Creator Spiritus,
mentes tuorum visita,
imple superna gratia
quae tu creasti pectora. 

Qui diceris Paraclitus,
altissimi donum Dei,
fons vivus, ignis, caritas,
et spiritalis unctio. 

Tu, septiformis munere,
digitus paternae dexterae,
Tu rite promissum Patris,
sermone ditans guttura. 

Accende lumen sensibus:
infunde amorem cordibus:
infirma nostri corporis
virtute firmans perpeti. 

Hostem repellas longius,
pacemque dones protinus:
ductore sic te praevio
vitemus omne noxium. 

Per te sciamus da Patrem,
noscamus atque Filium;
Teque utriusque Spiritum
credamus omni tempore. 

Deo Patri sit gloria,
et Filio, qui a mortuis
surrexit, ac Paraclito,

in saeculorum saecula.
Amen.
 

Ven, Espíritu Creador,
visita las mentes de los tuyos,
llena de la celeste gracia

los corazones que Tú creaste.
 

Tú eres nuestro Abogado,
don de Dios Altísimo,
fuente viva, fuego, caridad
y espiritual unción.

Tú, septiforme por tu don,
Tú, el dedo de la mano de Dios;
Tú, que pones en nuestros labios
la promesa del Padre,

Enciende con tu luz los sentidos;
infunde tu amor en los corazones;
y, con tu perpetuo auxilio,
fortalece nuestra débil carne.

Aleja de nosotros al enemigo,
danos pronto la paz,
y siendo Tú nuestro guía,
haz que evitemos todo mal.

Por Ti conozcamos al Padre,
y también al Hijo;
y que en Ti, Espíritu de entrambos,
creamos en todo tiempo.

Gloria sea dada al Padre,
y al Hijo que de los muertos

resucitó, y al Paráclito,
por los siglos de los siglos.

Amén.

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