|
CICLISMO: ARMSTRONG, EL MAS GRANDE
PESE A LA ENVIDIA
A sus 34 años, el norteamericano Lance Armstrong logró lo que nunca
ningún otro ciclista pudo hacer: ganar su séptimo tour y vencer, con
toda suficiencia, la maledicencia de varios de sus envidiosos colegas y,
por sobre todo, de indignos “periodistas” deportivos que por
incapacidad profesional, le inventaron extrañas historias a lo largo de
siete años para presentarlo como un “sospechoso” de triunfar
violando las reglas de la corrección y la deportividad.
El 24 de julio de 2005, el mejor ciclista de todos los tiempos, aquel
que con base a su esfuerzo y su espíritu guerrero derrotó también a
un cáncer testicular que le apareció sorpresivamente en octubre de
1996 y que ya se había extendido, por metástasis, a sus pulmones y
cerebro, puso punto final a la más brillante trayectoria deportiva en
el lugar más emblemático de París, los prodigiosos Campos Elíseos, y
todos, inclusos los envidiosos, tuvieron que inclinar su cabeza como una
señal de homenaje hacia el más grande de la historia.
Si la muerte no pudo derrotarlo hace 9 años por su tesón, empeño y
sacrificio y porque la supo combatir con la misma destreza con la que
subía montañas y coronaba triunfos en míticos puertos o con la misma
intensidad y entereza como “se comía el terreno” a toda velocidad
en las etapas contrarreloj, tampoco hubo ningún rival que pudiera
discutirle el bien ganado y merecido título de “Rey del Tour”
durante los últimos siete años.
Armstrong pudo así, por su propio esfuerzo, por su extraordinaria
disciplina, por su amor al ciclismo, por su coraje y su excelente espíritu
de sacrificio, alcanzar lo que otros “ases” de los “caballitos de
acero” como Eddy Merckx, Bernard Hinault, Jacques Anquetil y Miguel
Indurain intentaron, pero no pudieron, aunque todos ellos tienen el altísimo
y merecido honor de haber triunfado en cinco oportunidades cada uno en
la carrera anual más importante del ciclismo mundial.
Al despedirse de la competición que le otorgó más satisfacciones y éxitos
personales, que lo encumbró al más alto pedestal del ciclismo mundial,
que le permitió eliminar rivales con el máximo de la elegancia y en
justa lid deportiva, el ciclista que dejó su impronta por su carácter
peculiar, no olvidó que el Tour fue su mejor aliado a lo largo de estos
siete largos años, pero tampoco a quienes por su mezquindad no han
sabido valorar sus triunfos.
Al decir adiós al ciclismo, desde el mismo podio en donde recibió su
jersey amarillo número 83, Armstrong no se cortó la lengua y muy
claradamente les dio el pésame a los ruines que escribieron sobre sus
“dopajes”, pero nunca pudieron probarlo porque los análisis clínicos
a los que siempre se sometió, muchos de ellos por sorpresa, en ningún
momento dieron resultados positivos.
“Lo siento por los cínicos, por los escépticos, por los que no creen
en el ciclismo, que no creen en los milagros. El Tour y el ciclismo son
una carrera y un deporte extraordinarios, en el que no valen los
secretos. Soy un fanático del Tour y lo seré toda mi vida. No es un
secreto que es el deporte más difícil, el que exige más trabajo y
sacrificio”, expresó un entusiasmado campeón.
Una clara demostración de la amargura que produce a personas fanáticas,
por el estilo de las islamistas, se leyó ayer en el diario “El
Mundo”, uno de los más importantes de España, en donde un cínico
que firma como Javier García Sánchez, echaba sapos y culebras contra
el campeón, por el simple hecho que este sí sabe hacer las cosas bien,
al contrario de quien se cree escritor.
Está bien que si se tienen argumentos válidos y sólidas pruebas se
expongan, pero, a la vez, que se demuestren. No se puede afirmar que
siente gran felicidad porque Arsmtrong se retira y encima vuelve a
difamarle diciendo que se dopaba. Si posee la documentación pertinente,
debe denunciarle porque de lo contrario se convierte en cómplice. El
norteamericano termina su ciclo deportivo con todos los honores,
mientras el tal García Sánchez “escribe” con todos los rencores.
Sería muy bueno que este mostrara lo que escribió cuando Pedro Delgado
ganó el Tour de 1988 tras haberse dopado y que no fue descalificado,
como legalmente lo debió ser, gracias a la influencia de quien entonces
era Presidente de la Unión Ciclista Internacional (UCI), el español
Francisco Puig, quien alegó que la droga que consumía el ciclista
estaba prohibida incluso por el Comité Olímpico Internacional, pero
que el organismo que dirigía sólo la incluiría en la “lista
negra” a partir de agosto de ese año.
Para llegar a pertenecer a la elite deportiva no se puede recurrir al tópico
que “es por suerte”, porque ascender hasta lo más alto requiere de
numerosos factores y de condiciones especiales, que sólo los grandes
deportistas pueden alcanzar mediante grandes excelentes condiciones técnicas
y físicas, esfuerzos y sacrificios.
Por eso Armstrong ha entrado en ese Olimpo, porque además de sus siete
triunfos consecutivos en la prueba francesa, ha sido campeón mundial,
medalla de bronce en juegos olímpicos y triple campeón de Estados
Unidos, además de infinidad de títulos en pruebas cortas o de un solo
día. Su historial es tan extenso y brillante, que muchos de los críticos
envidiosos se han quedado sin uñas porque se las han tenido que tragar
enteras a lo largo de estos años.
Si en los dos primeros años de victorias en el Tour (1999 y 2000), el
gran campeón se dedicaba a ganar o a intentar ganar todas las etapas,
con la madurez que fue adquiriendo, empezó a regular sus victorias
parciales hasta llegar a la asombrosa cifra de una sola, la de la penúltima
etapa de la ronda de 2005, para ser el vencedor indiscutible.
Supo medir sus fuerzas y las de su equipo para no tener necesidad de ser
el protagonista exclusivo al cruzar la raya final de las metas. Además,
y eso lo amerita como ser humano excepcional, siempre reconoció los
esfuerzos y ayudas de sus propios compañeros de equipo porque aunque
era el “boss”, el que mandaba, nunca dejó de alabar la cooperación
que tuvo de ellos para alcanzar triunfos en los distintos equipos en que
militó.
Además, el ciclista estadounidense, se mostró generoso y en muchas
ocasiones, incluso en el Tour de 2005, dejó ganar a sus rivales y no
les disputó la victoria parcial. En este año de su despedida fue
generoso y en una escapada que realizó junto con el español Alejandro
Valverde, que siempre tuvo controlada, no disputó el “sprint” final
y permitió que este pedalista ganara la etapa.
En años anteriores también lo hizo con otros adversarios. Para ser un
auténtico campeón también se necesita generosidad. Aunque se quiera
decir que Valverde fue superior, no es más sino ver, sin ningún
apasionamiento las imágenes televisivas, para comprobar que esa fue la
exacta realidad.
El Tour y Armstrong han mantenido durante muchos años un apasionante
idilio, que ha enriquecido al ciclismo porque en cada edición se
presagiaba la salida de rivales de gran jerarquía para evitar su
triunfo. En efecto, muchos nombres han salido al gran escenario del
pedal, pero ninguno ha podido, por más que sí se ha atrevido, a poner
en duda su victoria final.
Desde aquel 1993 cuando debutó en el Tour con 21 años y se vio
obligado a abandonarlo tras doce etapas, hasta 2005 donde ganó el séptimo
consecutivo, el campeón estadounidense ha establecido también marcas
de velocidad con una media que nunca bajó de los 39,5 kilómetros por
hora del año 2000 a la de 41,6 de la 91 edición que culminó el pasado
24 de julio.
Las estadísticas de su actuación en la ronda francesa, suministradas
por la Organización, son muy elocuentes: ha ganado 20 etapas en estos
siete años y se ha vestido de amarillo, color símbolo del líder y
campeón, durante 15 veces en 1999; 12 en 2000; 8 en 2001; 11 en 2002;
13 en 2003; 7 en 2004 y 17 veces en 2005 para un total de 83. Otra cabal
demostración de su capacidad, para tristeza y fastidio de cínicos y
envidiosos.
Lance Armstrong se despidió del ciclismo como sólo lo hacen los
grandes deportistas, con una indiscutible victoria, el palmarés más
notable y siete rondas francesas consecutivas en su haber. Deja una
marca muy difícil de igualar o superar y, además, nunca nadie pudo
probar que lo hizo acudiendo a las trampas, porque como siempre lo afirmó,
nunca ha recurrido al dopaje.
Sus triunfos fueron limpios y muy enriquecedores para un deporte que se
mueve entre sospechas, pero que, sin embargo, tiene deportistas que lo
son en todo el sentido de la palabra como este brillante corredor, y a técnicos
como el belga Johan Bruyneel, que no solo conoce su oficio sino que
también es otra de las imágenes honestas. Armstrong, como lo hizo
durante todos estos años, se despide con la cabeza bien alta y el
orgullo de haber alcanzado tres grandes victorias, derrotando al cáncer,
a sus rivales y a sus difamadores.
|