ACTUALIDAD INTERNACIONAL Y LATINOAMERICANA                  Guillermo Tribín Piedrahita 


EEUU: UNA JUSTICIA AL MAS PURO ESTILO DICTATORIAL 

La Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos (CSJ) y el Tribunal Federal de Apelaciones para el Distrito de Columbia en Washington imitando el más puro estilo de las peores dictaduras del mundo, se están ensañando con los periodistas norteamericanos e impidiendo que ellos puedan garantizar y mantener la confidencialidad de sus fuentes informativas, con lo que i están atacando directamente a la mismísima libertad de prensa. 

El 27 de junio de 2005, los magistrados de la CSJ, en una polémica decisión, rechazaron considerar el caso relacionado con una investigación que afecta desde hace dos años al propio gobierno estadounidense, con lo cual dos periodistas –Judith Miller del “The New York Times” y Matthew Cooper del “Time Magazine”-, corren el riesgo de ser recluidos en la cárcel por mantener en el más alto concepto su profesionalidad, que les obliga a guardar el secreto de la identidad de su fuente informativa.

A otros cuatro periodistas –Pierre Thomas, actualmente en la cadena “ABC” y antes, cuando ocurrieron los hechos, en la “CNN”, Josef Hebert, de la Agencia The Associated Press, Robert Drogin, de “Los Angeles Times” y James Risen, de “The New York Times”, el Tribunal Federal de Apelaciones del Distrito de Columbia, les mantuvo el 28 de junio la sentencia “por desacato” al negarse a divulgar la fuente o fuentes que les suministraron una información relacionada con la posible implicación del científico nuclear Wen Ho Lee en un caso de espionaje. 

La Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), a través de su presidente del Comité de Libertad de Prensa e Información, Gonzalo Marroquín, acusó a la CSJ de aplicar, con su fallo contra Miller y Cooper, “una seria restricción a la actividad periodística “ por no respetar la reserva de las fuentes informativas”. 

Miller y Cooper habían presentado un recurso ante la CSJ tras la decisión de un tribunal federal de Apelaciones que en abril pasado confirmó que ambos periodistas podrían ser condenados hasta un total de 18 meses “si continuaban negándose a identificar sus fuentes” a un jurado investigador, cuando las mismas leyes estadounidenses defienden el secreto profesional. 

Hasta ahora no se sabe públicamente, y los periodistas Miller y Cooper están dispuestos a ir a la cárcel antes que violar la confidencialidad de sus fuentes, si fue un funcionario de la Casa Blanca –sede de la presidencia estadounidense- quien les “filtró” la pertenencia al Servicio Central de Información (CIA) de Valerie Plame, esposa del ex embajador Joseph Wilson. Según la CSJ, dar a conocer la identidad de un funcionario de ese organismo constituye un delito, que debe ser castigado por la ley. 

El ex embajador Wilson, que fue destituido de su cargo, afirmó cuando ocurrieron los hechos, que la filtración “tuvo por objeto castigarlo por haber puesto públicamente en duda en julio de 2003” en el diario “The New York Times” las “afirmaciones del presidente estadounidense, George Bush, sobre que el derrocado dictador de Irak Sadam Hussein había tratado de obtener uranio en Níger”. El uranio se utiliza para la fabricación de armas nucleares. 

La decisión del Tribunal de Columbia que Cooper y Miller apelaron ante la CSJ, había señalado que “no existía privilegio proveniente de la primera enmienda (constitucional que garantiza la libertad de prensa) que proteja los elementos implicados en la investigación”, lo que en buen romance significaba que los dos periodistas tendrían que ir a parar con sus huesos en la cárcel, salvo que violaran sus propias normas y su conciencia e identificaran su fuente informativa. 

En el ya lejano 1972, la Corte Suprema de Justicia decidió que la protección a la prensa que la misma Carta Magna garantizaba no podía aplicarse a “los periodistas cuyo testimonio podría ser esencial en casos criminales”, y esa fue la razón esgrimida por el tribunal de Apelaciones para su decisión. 

Mientras Cooper afirmó que ni él ni Judith Miller “reclamamos un privilegio extraordinario sino solamente el equivalente a la cláusula de confidencialidad acordada a los siquiatras y a los clérigos porque sin eso no se puede trabajar”, la CSJ no les otorgó el correspondiente apoyo jurídico, los dejó desamparados y a merced de violar un código deontológico que se aplica desde los primeros tiempos en el periodismo y que garantiza, por tanto, que se pueda hacer pública una información o una investigación periodística sin necesidad de decir, “fulano de tal” informó, mientras esté sustentada en la verdad. 

Si Cooper reclamó un derecho que debe prevalecer sobre todas las leyes para que la principal función del periodista de “informar verazmente” pueda cumplirse a “rajatabla”, Miller mostró su “total decepción” por la decisión del más alto Tribunal de Justicia en Estados Unidos, afirmando que “esa protección es crucial para la libertad de prensa en una democracia”. 

Ambos periodistas reiteraron que “seguiremos manteniendo la confidencialidad de nuestras fuentes”, lo que les valió un nuevo y mayoritario apoyo de la opinión pública estadounidense que está convencida que magistrados y jueces se han unido no para defender la ley sino para causar maltratos y perjuicios a los periodistas, y que les quiere aplicar, sin conocerse exactamente las verdaderas razones, un duro golpe por la restricción de su libertad informativa, que es extensivo a toda la prensa –escrita, radial y televisiva- del país. 

La propia SIP dijo por intermedio de Marroquín que “nos preocupa que la decisión del alto Tribunal deja sin protección a la prensa y afecta el flujo informativo al dificultar a los periodistas, mediante el sistema legal, el poder garantizar confidencialidad a sus fuentes, limitando así el acceso del público a información de interés general”. 

En el otro caso, relacionado con el presunto espionaje de Lee, su abogado defensor está pidiendo que los cuatro periodistas den a conocer “sus fuentes” para ayudar al científico nuclear en su demanda contra funcionarios del gobierno, sin especificar sus nombres, de momento, después de haber sido exonerado de la posible sustracción de secretos nucleares a favor de China. 

El “desacato” cometido por Risen, Hebert, Thomas y Drogin, determina también, de acuerdo con el fallo del Tribunal federal de Apelaciones, el pago de una multa para cada uno de ellos de 500 dólares diarios, aunque la sanción fue suspendida mientras se define la apelación que los cuatro periodistas presentaron. 

Lee, a través de su abogado, señaló en su demanda que “funcionarios del gobierno pasaron a la prensa informaciones acerca de él, y violaron con ello la ley de la Privacidad”. Los tres jueces de ese Tribunal consideraron que los periodistas deben divulgar la identidad de sus fuentes informativas porque ello “representa el centro” del denominado “caso Lee”. 

A jueces y magistrados norteamericanos, empecinados en perseguir a los periodistas a través de la cárcel o de multas, se les ha olvidado que el más claro y espectacular ejemplo en que la absoluta libertad de prensa sirvió para desenmascarar a los culpables fue el escándalo “Watergate” que, incluso, acabó con la presidencia del entonces todopoderoso presidente republicano Richard Nixon, porque el 9 de agosto de 1974 se vio obligado a dimitir de su cargo ante las evidencias de su delito. 

Los laureados periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein al servicio del diario “The Washington Post” con el apoyo decidido y permanente de la propietaria y del director del periódico Ben Bradlee, publicaron una amplia investigación periodística sobre el espionaje ordenado por Nixon y varios de sus colaboradores a la sede del Partido Demócrata que permitieron al presidente alcanzar su reelección en 1972 al conocer la estrategia política de sus rivales. 

El pasado 31 de mayo, se conoció que el autor de las informaciones que permitieron descubrir el caso “Watergate” fue Mark Felt, a quien esos dos periodistas denominaron “Garganta Profunda”, y por entonces segundo de la Oficina Federal de Investigación (FBI). Ambos periodistas guardaron durante 33 años el secreto de su fuente informativa y fue el propio autor de las confidencialidades, el encargado de dar a conocer su participación, porque Woodward y Bernstein respetaron religiosamente su compromiso. 

Los jueces y magistrados de esa época, a pesar de las presiones que Nixon y sus funcionarios realizaron para descubrir al autor de las informaciones, defendieron la libertad de prensa y en ningún caso, como sucede ahora, se dedicaron a perseguir a los autores de la información que quedó encuadrada como la más importante del siglo XX. 

Es una verdadera lástima e incluso, constituye una afrenta para el periodismo libre del mundo, que los magistrados y jueces de la Corte Suprema de Justicia y del Tribunal Federal de Apelaciones para el Distrito de Columbia tengan una mentalidad tan reducida y vean en la prensa y en los periodistas un peligro cuando son adalides de un mundo libre. 

Sin libertad de prensa y de opinión, el mundo siempre estará oprimido. Y Estados Unidos que se precia de defender a toda costa la libertad y los derechos humanos, está dando con estos miembros del poder judicial una imagen totalmente opuesta, un pésimo ejemplo y les está diciendo a los dictadores que tienen razón cuando persiguen, acosan y buscan derribar a los medios de comunicación. 

Portada - Indice