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Por primera vez en la historia política de Irak un miembro de la
minoría kurda será presidente del país, tras la elección de Yalal
Talabani, efectuada en Bagdad el 6 de abril
de 2005 por la Asamblea Nacional, lo que despeja definitivamente el
camino para la formación de un gobierno que acabará con la transición
iniciada tras el derrocamiento del dictador Sadam
Hussein, producida el 8 de abril de 2003,
luego de la guerra promovida por la coalición anglo-estadounidense
contra el despótico y sanguinario ex mandatario.
Talabani, de 72 años y líder del
partido Unión Patriótica del Kurdistán (UPK),
fue un tradicional enemigo político de Sadam
Hussein, quien en varias ocasiones lo
condenó a muerte, pero siempre logró burlar a los secuaces de este
nefasto dictador que gobernó Irak por cerca de 40 años con mano dura y
la permanente utilización de armas y la cárcel contra sus opositores.
Tendrá, además, el honor adicional de ser el primer kurdo
que llega hasta la Jefatura del Estado, lo que equivale a un
reconocimiento unánime de sus méritos políticos y personales por
parte de la mayoría “chiíta” y de la también minoría “suní”.
A esta última pertenecía el depuesto dictador.
Su elección tendrá también un notable significado político
para Irak y para la región ya que los kurdos, perseguidos desde siempre
por Sadam Hussein,
han venido promoviendo durante varias décadas la creación de una
Comunidad independiente.
Ahora, teniendo en la Jefatura del Estado del país a
uno “de los suyos”, es muy difícil que continúan promoviendo, a
través del UPK, esa independencia, lo que permitirá una reagrupación
de todas las fuerzas políticas dentro de una “gran nación que
trabajará intensamente para recobrar su completa unidad”, como lo
dijo un dirigente “chiíta”.
El nuevo presidente, que obtuvo los 258 votos de diputados
presentes, aunque la Asamblea Nacional la integran 275, adquirió el
compromiso de trabajar intensamente para crear unas Fuerzas y Cuerpos de
Seguridad del Estado, “capaces de proteger la seguridad del país” y
de combatir al terrorismo con toda la capacidad y energía, porque uno
de los principales propósitos es el retiro definitivo y la salida del
país de las tropas pertenecientes a la coalición internacional, que
tanto han luchado para acabar con esa lacra de asesinos.
La Asamblea Nacional (Parlamento) fue elegida el pasado 30 de
abril en unos comicios que volvieron a mostrar el deseo de paz que anima
a los iraquíes, quienes no se amedrentaron ante las amenazas
terroristas y su participación alcanzó al 58 por ciento del censo,
sufragando un total de 8.456.266 de los 14 millones convocados a las
urnas.
En estos comicios vencieron los “chiítas” con el 48,1 por
ciento de los votos, equivalentes a 4,75 millones, seguidos de los
kurdos que con el 25,7 (2,5 millones) se constituyeron en la segunda
fuerza política, mientras los “suníes”
se abstuvieron, en su gran mayoría, alegando distintas razones que en
el fondo quisieron disfrazar el poco apoyo electoral que tenían.
Queriendo mostrar su deseo de conducir a Irak hacia una
auténtica democracia, todas las fuerzas políticas –religiosas y
laicas- se unieron en el Parlamento y el 3 de abril eligieron presidente
del mismo a Hachen Hasani,
un “sunita” que en las elecciones legislativas formó parte de la
lista “Los Iraquíes” logrando 5 diputados, y quien estará
acompañado en las vicepresidencias por el “chiíta” Husein
Chahristani y el “kurdo” Aref
Tayfur.
Ese mismo espíritu de “Frente Nacional” predominó en la
elección del Jefe del Estado y de los dos vicepresidentes, porque todos
ellos pertenecen a distintos grupos. Acompañarán a Talabani,
el presidente saliente, Ghazi al Yauar,
un “árabe suní”, que fue cabeza de
lista de “Los Iraquíes”, que únicamente alcanzaron el 1,7 por
ciento de los votos, y el “chiíta” Adel
Abdel Mahdi, ex
ministro saliente de Finanzas.
Para el nuevo Jefe del Estado, es importante, y por eso lo
solicitó con firmeza en su discurso ante la Asamblea Nacional a
“todos los países”, que “no interfieran en los asuntos internos
de Irak”, a la vez que les exigió que dejen de apoyar y otorgar
ayudas a “los grupos terroristas que actúan en Irak”.
Aunque no los mencionó, en el ambiente político y en la misma
Asamblea, quedaron patentes que la petición de no interferir y, sobre
todo, de no seguir apoyando al terrorismo, hacía referencia
concretamente a los gobiernos de Siria e Irán, que están dando
cobertura económica y de tránsito a los terroristas, especialmente los
que dirige el sanguinario criminal Osama Ben
Laden y a otros grupos islamistas.
El nuevo presidente fue muy concreto al señalar que “Irak
quiere que todos los países le traten con dignidad y eviten interferir
en nuestros asuntos y dejen de ayudar al terrorismo que lanza una guerra
de genocidio contra el pueblo iraquí”, a la vez que su gobierno
establecerá “relaciones de buena vecindad basadas en la fraternidad,
el respeto y la no injerencia en los asuntos de otros países”.
También expresó el propósito de prescindir en el menor tiempo
posible de las fuerzas de la coalición, que iniciaron la guerra contra
el régimen de Sadam Hussein
el 20 de marzo de 2003, fecha y año desde que
sus tropas permanecen en territorio iraquí. Para lograrlo, prometió
todos los “esfuerzos que hagan falta” para la construcción de un
Ejército y Fuerzas de Policía que sean capaces de “proteger la
seguridad del país”.
Para Talabani es necesario que este
nuevo país, este nuevo Irak, “trabajará a favor de la democracia y
las buenas relaciones con los países árabes e islámicos, luchará
contra la tiranía y ayudará a nuestros hermanos palestinos para que
recuperen sus derechos legítimos conforme a la legalidad internacional
y las resoluciones de las cumbres árabes”.
Dados ya los primeros pasos para iniciar la normalización de
Irak, ahora es necesario afrontar otra fase decisiva, como es el
nombramiento del Primer Ministro, para que así la democracia pueda
comenzar a andar “perfectamente engrasada y engranada” y para ello
la Alianza Unidad Iraquí (AUI), integrada por los “chiítas” que
cuentan con 140 escaños en la Asamblea Nacional y los grupos kurdos,
que tienen 75, están adelantando las respectivas negociaciones,
sabedores que es necesario trabajar con rapidez para el “buen despegue
de Irak”.
Un candidato casi seguro para ocupar ese cargo y ser el sucesor
de Iyad Alaui,
del partido chií laico, que en las
elecciones al Parlamento alcanzó el 13,8 por ciento (1,16 millones de
votos) y 38 escaños, es el también dirigente “chiíta” Ibrahim
al Yafari, del partido Ad Dawa,
que integra la AUI.
Una vez que se elija el Primer Ministro, este se encargará de
nombrar el ejecutivo que será el último engranaje para que se ponga en
marcha la “maquinaria” que requiere la naciente democracia iraquí y
que servirá, para justificar en buena parte, una guerra que se previó
corta y que se ha ensañado con Irak. Al menos, dos años después de su
inicio, se podrá anunciar al mundo que ya no estará gobernando el
país una tiranía y que ahora se respiran aires de amplia libertad.
Los enunciados del nuevo Jefe de Estado han sido claros y
precisos para que Irak pueda recobrar todo el tiempo perdido durante el
largísimo periodo presidencial del derrocado Hussein,
para iniciar una era de progreso y, sobre todo, para que este país deje
de ser, como lo fue en el más reciente pasado, un “santuario” de
terroristas.
Bienvenido sea, por tanto, el establecimiento de un
gobierno totalmente conducido y manejado por iraquíes, porque ello
permitirá también que
desaparezcan para siempre los conflictos y divergencias políticas, las
de carácter étnico y, especialmente, que la naciente democracia y la
paz, tan anheladas por sus habitantes, perduren siempre en él. |