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Juan Pablo II, el infatigable peregrino, que fue elegido Papa el
16 de octubre de 1978 y que se convirtió en uno de los principales
artífices de la finalización de la “guerra fría” y el
debilitamiento del sistema político comunista, granjeándose la
admiración y el respeto del mundo entero, falleció en la Ciudad del
Vaticano el 3 de abril de 2005 cuando el reloj marcaba las 19.37 horas
(20.37 gmt), tras una corta agonía.
Nacido el 18 de mayo de 1920 en la ciudad polaca de Wadowice
y ordenado sacerdote a los 26 años, Karol Wojtyla
falleció en su apartamento privado del Vaticano a los 84 años,
mientras en la Plaza de San Pedro y en todos los demás lugares del
planeta la gente se encontraba reunida en lugares públicos e iglesias
para orar por su vida y millones de personas recibieron consternadas la
noticia de su muerte.
Su Pontificado, el tercero más largo de la historia, fue de 26
años, 5 meses y 17 días, siendo superado únicamente por San Pedro,
que dirigió el Colegio Apostólico entre 34 y 37 años y por Pío IX
que lo hizo durante 31 años y 7 meses.
A lo largo de más de medio siglo, Juan Pablo II, que
ejerció el Papado bajo el lema “Todo tuyo”, mostró su
extraordinaria faceta peregrina para llevar el evangelio por los cinco
continentes, aunque por razones estrictamente políticas no pudo visitar
nunca China, ese enorme país en donde se siguen vulnerando los más
elementales derechos humanos de sus gentes y el comunismo impera en él
con sus peores consecuencias.
Un total de 250 viajes pastorales (146 en Italia y 104 fuera de
Italia), permitieron conocer a un Papa especialmente activo, que llevó
el mensaje de Dios y explicó la historia del Jesucristo hecho hombre y
su evangelio de amor y dignidad, en actos que no solo fueron
multitudinarios sino que le convirtieron en el personaje más admirado y
en el único que pudo llenar por completo los más enormes escenarios.
Fue, además, un auténtico mensajero de la paz.
Su desbordante personalidad, la atracción personal que imponían
su inteligencia, su cultura y su fe, sirvieron también para convertirlo
en un Papa admirado aún por los no creyentes y junto con el “Papa
Bueno”, como se conoció a Juan XIII (1958-1963), fue el Pontífice
más destacado del Siglo XX.
A lo largo del ejercicio en el más alto cargo de la Iglesia y
como sucesor de Pedro, Su Santidad tuvo verdaderamente una frenética
acción, porque durante su Papado se celebraron 15 asambleas del Sínodo
de Obispos, nombró a 238 Cardenales, publicó
14 encíclicas sobre los más diversos temas que permitieron conocer la
profundidad de sus raíces cristianas, el conocimiento
de la vida y de sus acontecimientos, la necesidad de defender la
doctrina, la dignidad humana y la adecuación de la Iglesia a los
tiempos modernos.
También publicó dos libros, realizó 15 Exhortaciones
apostólicas, 11 Constituciones apostólicas, 44 Cartas apostólicas,
hizo beatos a 1.339 personas, presidió 147 beatificaciones, 51
canonizaciones y elevó como Santos a los altares a 482 personas, a la
vez que con sus viajes dio 29 veces la vuelta al mundo y cubrió tres
veces la distancia entre la Tierra y la Luna, habiendo recorrido un
total de 1.242.573 kilómetros, de acuerdo con las cifras divulgadas por
el Vaticano.
Sus viajes, además, sirvieron para demostrar que no era un Papa
enclaustrado en el Vaticano y que se sentía satisfecho y a gusto
llevando y transmitiendo el Evangelio por la tierra, a la vez que se
pronunciaba y muchas veces fustigaba a los gobiernos, sobre los
principales problemas que acuciaban al mundo y a sus habitantes,
clamando por soluciones humanas y justas en los ámbitos
socio-económicos y del respeto a los derechos humanos y mostrándose
contrario a las acciones bélicas porque siempre promulgó que la paz
era necesaria y que se podía alcanzar a través del diálogo y no de
las armas.
Así como fustigó a Mijail Gorbachov
para que el comunismo fuese sepultado en la antigua Unión Soviética,
lo que pudo lograr de forma amplia, el Papa también criticó con dureza
al presidente estadounidense, George Bush,
por haber iniciado la guerra contra Irak y también enfrentó con
firmeza a líderes comunistas como el presidente cubano, Fidel Castro, y
el por entonces mandatario de Nicaragua Daniel Ortega, con los cuales se
entrevistó durante sus viajes a esos países.
Víctima de uno de los más execrables atentados, del que por
fortuna pudo salir con vida, aunque le dejó diversas secuelas que
contribuyeron al deterioro de su salud, el mundo se estremeció el 13 de
mayo de 1981 cuando un terrorista turco identificado como Alí Agca,
que tras 19 años de detención en Italia por este hecho, se encuentra
purgando actualmente otro crimen en una prisión de su país, le
disparó cuatro tiros casi a bocajarro, cuando el Pontífice era
vitoreado en la Plaza de San Pedro. No obstante, como buen cristiano,
supo perdonar a su incalificable agresor.
“La Virgen me ha salvado la vida”, afirmó el Papa convencido
del milagro personalmente vivido, pero la operación a que fue sometido
para extraerle las dos balas que se incrustaron en su cuerpo, una de las
cuales le perforó el abdomen mientras la otra quedó en un brazo,
gravitaron enormemente para el resto de su fecunda existencia. Sin
embargo, nunca nadie le escuchó quejarse como tampoco su Pontificado
peregrino se detuvo. Esa era otra de sus grandes virtudes: su fortaleza
mental y física para resistir con fe cristiana los contratiempos y problemas
que pudiera tener.
El que fuese el primer Pontífice no italiano en cuatro siglos y
el segundo en la historia de la Iglesia Católica en 2.000 años
después del holandés Adriano I, quien estuvo al frente de ella durante
23 años y 11 meses, supo conectar directamente con la juventud mundial,
de la que era un auténtico estandarte, al que jóvenes –hombres y
mujeres- admiraban y a cuya figura rodeaban con especial cariño durante
sus viajes de peregrinación. Ha sido, además, el Papa que más
serenatas recibió porque en todos los países se le despertaba al son
de la música, la que admiraba y gustaba.
Este “Papa viajero”, que influyó decisivamente en la
historia del anterior Siglo y durante el cual trazó las principales
líneas para variar el papel de la Iglesia y hacerla más moderna y
dinámica, nunca dio muestras de vacilaciones ni especuló con su
prestigio para ganarse el aprecio y el cariño del mundo, hasta el punto
que los más connotados líderes mundiales siempre sintieron por él una
especial atracción y respetaron sus decisiones, aunque algunos no las
compartieran. Eso fue producto de su carisma y del amplio conocimiento
que tenía de todo lo que ocurría a nivel mundial.
Un paladín de la ética, de la defensa de la moral y del derecho
a la vida, a lo largo de esos 26 años de Papado tuvo que enfrentarse a
sectores reaccionarios, muchos de ellos inicuamente cobardes, a
organizaciones civiles y gobiernos que sólo buscan la relajación de
las buenas costumbres, pero siempre lo hizo desde la autoridad que le
confería ya no solo su cargo sino la limpieza de su propia existencia.
Fue una lucha permanente del ser que siempre sabe a donde va y de
quienes, en cambio, no tienen ningún horizonte e, incluso, ofenden por
su ignorancia e incapacidad.
Juan Pablo II siempre fue coherente con el mundo y consigo mismo,
con la doctrina que defendía y hacía conocer y
por eso se le recordará gratamente. Fue desde sus orígenes un
excelente cristiano y cuando pasó a ser el guía espiritual de una de
las religiones de más fuerza y con uno de los mayores porcentajes de
fieles en el mundo, tendió también su mano a
quienes estaban en otras orillas. Por eso propugnó por el diálogo
ecuménico, participó en diversos actos con los jerarcas de otras
confesiones y estableció una especie de “diálogo constructivo”
para que hubiese entre todas más cercanías que diferencias.
No cabe ninguna duda que su Pontificado y su personalidad han
sido los principales pilares para dejar una huella muy profunda en la
Iglesia Católica y en el mundo y que Juan Pablo II será siempre
recordado con afecto porque, de verdad, fue un “Papa bueno” que a
pesar que muchos de sus detractores han querido encasillarlo dentro de
un rígido conservadurismo, supo entender con acierto las necesidades de
cambio y modernización. Contribuyó a hacerlos con aciertos tan
notorios que nadie puede decir que fue un “Pontífice retrógrado”.
Tras su muerte, respetuosamente celebrada en todos los escenarios
de la tierra, ahora corresponderá a la congregación de Prelados
preparar el Cónclave que elegirá a su sucesor y cuya primera reunión
comenzó en la sala Bolonia del Palacio Apostólico. De esta manera, los
117 Cardenales con derecho a voto empezarán un arduo trabajo en donde
inspirados por el Espíritu Santo tratarán de acertar, como lo hicieron
cuando eligieron a Juan Pablo II. Muy pronto el mundo sabrá, cuando se
pronuncie el “Papa Habemus” y se aprecie
la fumata blanca, que la Iglesia Católica, Apostólica y Romana tiene
un nuevo Jefe espiritual en el Vaticano.
Ya, como dijo el Cardenal Camilo Ruini,
el Papa está “viendo y tocando a Dios”. Descanse en paz. |