ACTUALIDAD INTERNACIONAL Y LATINOAMERICANA                  Guillermo Tribín Piedrahita 



COLOMBIA: EXTRADICIONES AL CAPRICHO PRESIDENCIAL  

    El cumplimiento de la Constitución Nacional, restaurada mediante una reforma de la Carta Magna en 1997 para autorizar la extradición de colombianos solicitados desde el exterior para responder por sus delitos, está supeditado, inexplicablemente, al capricho del Jefe del Estado, Álvaro Uribe Vélez, que por razones políticas o de conveniencia personal, decide la entrega o no de delincuentes o terroristas.  

    De una forma extraña, Uribe se ha abstenido en los últimos días de dar cumplimiento a las extradiciones autorizadas por la Corte Suprema de Justicia (CSJ) de dos de los más sanguinarios narcoterroristas, solicitados por la justicia y el gobierno de Estados Unidos, supeditando razones de mero capricho personal al ineludible deber que tiene, como presidente colombiano, de no incumplir la Carta Magna ni la Ley.  

    Tras la escandalosa decisión tomada el pasado 17 de diciembre de  condicionar la extradición del narcoterrorista Salvatore Mancuso, jefe de la banda Autodefensas Unidas de Colombia (Auc), el mandatario dispuso un día después no autorizar tampoco la de Juvenal Ricardo Palmera Pineda (alias “Simón Trinidad”), uno de los más sanguinarios miembros de la criminal organización Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc), supeditándola a que esta banda deje en libertad a las 63 personas que mantiene secuestradas desde hace muchos meses.  

    A Uribe se le acusa de mantener “un trato privilegiado” hacia Mancuso, porque desde que fue gobernador de Antioquia apoyó las acciones de las Auc y como son amigos desde hace muchos años, ahora como presidente colombiano “no le apetece cumplir la ley y quiere favorecer a su amigo personal”, según la oposicionista agrupación política Polo Democrático, que lidera el ex terrorista Antonio Navarro Wolf, ex jefe del Movimiento 19 de Abril (M19), que pactó la paz durante el gobierno del presidente Belisario Betancur (1982-1986) y sus miembros se integraron a la vida civil.  

    El mandatario condicionó la extradición de Mancuso, a través de la resolución 303 expedida por el ministerio de Interior y Justicia, a que “abandone las actividades ilícitas, cumpla con los requerimientos del proceso de paz y contribuya a la desmovilización de los miembros de las autodefensas”, nombre con el que el gobierno define a la banda criminal, a pesar que está calificada internacionalmente como lo que auténticamente es, una banda de narcoterroristas.  

    El criminal que comanda las Auc y al que también se acusa de haber ordenado, el 16 de abril pasado, el asesinato de quien era el máximo líder de la banda, el narcoterrorista Carlos Castaño, tiene pendiente varios juicios por tráfico de drogas, y el 10 de diciembre encabezó una ceremonia de desarme de 1.425 miembros de la banda, en acto celebrado en la población de Tibú. Se dijo en Colombia que había entregado personalmente su arma para evitar ser extraditado, amparándose en un supuesto interés por “alcanzar la paz” con el presidente Uribe.  

    La Corte Distrital del Estados Unidos para el Distrito de Columbia, lo ha acusado de varios delitos de narcotráfico, pero el gobierno de Uribe, a través de la resolución 303, quiere “ampararlo” porque además de no cumplir con la  autorización de la máxima instancia judicial colombiana, señala que “en caso de ser procedente la extradición y la entrega de Salvatore Mancuso a Estados Unidos, no podrá ser juzgado ni condenado por hechos anteriores diversos del que motivó la solicitud de la justicia de ese país”.  

    La Carta Magna, desde luego, no señala en el artículo pertinente a la extradición que la entrega autorizada de una persona a la justicia de un país que le reclama legalmente se debe suspender “para pagar anteriores favores”  como en el caso de Mancuso a Uribe, según dijeron miembros de la oposición al mandatario, incluso del partido a que siempre perteneció, el Liberal.  

    Pero si el escándalo estalló con esa decisión para favorecer a Mancuso, la no extradición de “Simón Trinidad” lo elevó a su máxima potencia, porque según Uribe, el ultimátum que dio a las Farc para no enviarlo a Estados Unidos si antes del 30 de diciembre próximo libera a los 63 secuestrados –entre civiles y militares, de los cuales 59 son colombianos, 3 estadounidenses y un alemán-, se basa en la posibilidad de explorar “una liberación de los plagiados”.  

    Los tres estadounidenses –Marc Gonsalves, Thomas Howe y Keuth Stansell- fueron secuestrados el 13 de febrero de 2003  al accidentarse el avión en que viajaban por la zona suroeste colombiana del Departamento del Caquetá, cuando realizaban labores de espionaje, y en donde fue asesinado un colombiano que les acompañaba.  

    “El gobierno tenía dos opciones: ordenar la extradición o buscar la posibilidad de una liberación de los secuestrados”, afirmó Uribe para defender su polémica decisión personal, la que hizo patentar a través de la resolución 305, del pasado 17 de diciembre y también firmada por uno de sus más obsecuentes y fieles “escuderos”, el ministro de Justicia e Interior, Sabas Pretelt.  

    Según Uribe, el 21 de diciembre vencerá el plazo para la extradición, y “por el bien de Colombia, el gobierno una vez más dio un paso y escogió esta última opción para explorar la posibilidad que liberen a los secuestrados”, lo que “no ocurrirá”, según dijeron el abogado defensor de “Simón Trinidad”, Oscar Emilio Silva, y el gobernador del Departamento (Provincia) del Valle del Cauca, Angelino Garzón.  

    Silva, al anunciar la apelación de la resolución 305 dijo que “no es posible que el gobierno revuelva lo jurídico con lo político” y que se amenace a las Farc con extraditarlo si la organización no libera a los 63 secuestrados.  

    Un argumento similar hizo Angelino Garzón, gobernador del Departamento del Valle, quien se mostró en desacuerdo con  la decisión presidencial, al señalar que “Uribe está mezclando política con un asunto humanitario”, porque con ello “solo se generan tensiones y dolor entre los familiares de las personas plagiadas”.  

    “Extradición y acuerdo humanitario son dinámicas diferentes. El gobierno debería realizar esfuerzos mayores para encontrar espacios de concertación, lograr la liberación de los secuestrados y estimular escenarios de paz, tal como lo está haciendo con las Auc”, expresó Garzón, que también pertenece al Partido Liberal, en el que militó Uribe y del cual se ha retirado por su deseo de ser reelegido por otros cuatro años al concluir su periodo constitucional el 7 de agosto de 2006.  

    “Simón Trinidad”, uno de los más radicales y sanguinarios miembros del “Secretariado de las Farc” está acusado en Colombia de secuestro, extorsión, homicidio agravado y terrorismo, además de haber sido ya condenado por rebelión, tentativa de secuestro y lesiones personales. Su capacidad para asesinar y cometer delitos atroces quedó patentada, una vez más, cuando ordenó matar a su familiar la ex ministra Consuelo Araúnonoguera, casi al final del periodo presidencial de Andrés Pastrana Arango, en 2002.  

    Como ex comandante del denominado Bloque Caribe de las Farc, “Simón Trinidad” desarrolló una sangrienta labor durante la cual decenas de colombianos de bien murieron o fueron secuestrados y aún siguen en poder de la banda terrorista, entre ellos la ex candidata presidencial Ingrid Betancourt Pulecio. Desde que fue capturado en Quito, el pasado 2 de enero, permanece detenido en la prisión de máxima seguridad de Cómbita, en el departamento de Boyacá.  

    Debido a las presiones de las bandas narcoterroristas, que compraron a decenas de miembros del Congreso colombiano, la extradición fue abolida de la Constitución en 1991 y el tratado que Estados Unidos y Colombia firmaron en 1979 y denominado de “asistencia legal” dejó de tener plena validez, pero desde 1997 volvió a ser legal al reformarse nuevamente la Carta Magna.  

    El pasado 5 de junio el gobierno estadounidense, atendiendo una petición de la Corte del Distrito de Columbia para juzgarle por narcotráfico y por delitos de toma de rehenes –los tres norteamericanos secuestrados desde febrero de 2003- solicitó al colombiano su extradición.  

    El 2 de diciembre, el gobierno colombiano indultó a 23 terroristas de las Farc que no estaban condenados por delitos atroces, también con el objetivo, según afirmó Uribe, de facilitar la entrega de los secuestrados. La banda criminal no le hizo el menor caso al Presidente y dijo que no liberaría a los secuestrados. Tampoco lo hará para salvar a “Simón Trinidad” de la extradición, según el abogado de este narcoterrorista.  

    Ni en la propia Colombia ni mucho menos en Estados Unidos se entiende estas personales decisiones de Uribe, máxime cuando desde que asumió el poder -7 de agosto de 2002- han sido extraditados a ese país 240 colombianos y precisamente el pasado día 18 fueron entregados en Bogotá a agentes federales norteamericanos otros 8 delincuentes acusados de “concierto para poseer, importar y distribuir cocaína y heroína y de lavado de dinero, producto del tráfico de estupefacientes”.  

    La oposición política colombiana se viene preguntando, desde que se conocieron los detalles para no extraditar a Mancuso y “Simón Trinidad” si es que el actual gobierno tiene “algún pacto secreto” con ellos o teme por la amenaza del narcoterrorista de las Farc, quien ha dicho que si es enviado a Estados Unidos, durante su proceso judicial “cantaría” para hacerle una especie de “juicio político” al presidente Uribe, por lo que, inevitablemente, surge una pregunta: ¿Uribe se dejará ganar la partida por los dos narcoterroristas?.  

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