|
|
|
|
|
El hambre se está ensañando con la niñez en el mundo y
anualmente no menos de cinco millones menores de cinco años de edad
fallecen por su causa, sin que la gran mayoría de los gobiernos se
preocupe por alcanzar con la prontitud y urgencia requeridas, la
adecuada y necesaria solución.
La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la
Alimentación (FAO), con sede en Roma, dio a conocer el 8 de diciembre
de 2004 un desolador informe titulado “El estado de la inseguridad alimentaria
en el mundo” en donde se señala que en el periodo comprendido entre
los años 2002 y 2002 había un total de 852 millones de personas con
malnutrición, del cual el 54 por ciento está localizado en India y
África.
La FAO dice que de esta cifra, un total de 221 millones vive en
India; 204 en África subsahariana; 156 en
Asia y Pacífico; 142 en China; 53 en América Latina y el Caribe y 39
en Oriente Medio y el norte de África, mientras que en los llamados
países industrializados la cifra alcanza a nueve millones de personas y
a 28 en los denominados de “transición”, o sea los que están
próximos a la industrialización.
Para el subdirector general de la FAO, Hartwig
de Haen, la gravedad de la situación
requiere que “no podemos permanecer pasivos. El costo del hambre en
términos de sufrimiento humano y en pérdidas económicas que conlleva
el hambre es absolutamente escandaloso”, porque a su juicio, “la
comunidad internacional no ha valorado adecuadamente lo que supondría
invertir en eliminar el hambre en el mundo”.
Según la FAO, el costo que causa el hambre alcanza a 22.500
millones de euros (16.900 millones de dólares) anuales, a los que se
deben añadir los costos indirectos de la falta de productividad y los
ingresos perdidos durante la vida de esas personas, que lo calcula entre
376.000 y 752.000 millones de euros (282.700 y 565.400 millones de
dólares).
“Es una ironía que los recursos necesarios para afrontar el
problema del hambre sean pocos en comparación con los beneficios que
produciría invertirlos en esta causa”, dice el informe, en el cual se
destaca que los dineros que se emplean para combatir el hambre no
constituyen un gasto sino una inversión ya que son mayores los costos
que deben ser utilizados en atención médica y hospitalaria para todas
las personas que la sufren.
Para ese organismo de la ONU, cada dólar o euro que se invierte
en la lucha contra el hambre “puede multiplicarse por cinco y hasta
por más de 20 veces en beneficios”, pues según de Haen,
una primera estimación sugiere que ese costo asciende a un total de
39.900 euros (30.000 dólares) anuales, cinco veces más la cantidad que
se destina actualmente a financiar “el Fondo Mundial de la Lucha
contra el sida, la tuberculosis o la malaria”.
También se dice en el informe que de ese elevado número de
niños que mueren anualmente por hambre, 3,7 millones lo hacen por no
haber adquirido el peso adecuado a su edad y que la carencia de hierro
originó entre 750.000 y 850.000 fallecimientos más durante el año
2003.
La falta de la vitamina A causó la misma cantidad de muertes, y
otras enfermedades como la diarrea, el paludismo, la neumonía y el
sarampión, además de los originados por problemas en los partos,
aumentaron la cifra de fallecimientos de niños hasta 7,5 millones,
precisó el informe.
Es un hecho comprobado que la malnutrición origina otros
problemas que requieren atención médica y sanitaria con lo cual los
costos vuelven a subir como en los casos de quienes logran sobrevivir en
la infancia a pesar de no estar bien alimentados, que generalmente
suelen sufrir discapacidades físicas o cognitivas a lo largo de su vida
y que fallecen a tempranas edades.
Con el objeto de precisar con exactitud la manera como repercute
la malnutrición, la FAO une
el número de muertes prematuras y las capacidades que se originan en la
falta de alimentación, lo que sus expertos denominan “años de vida
ajustados a una discapacidad” (AVAD).
En los países en desarrollo “se estima que la subnutrición
infantil y la materna tienen
un costo de 220 millones de AVAD”, pero si se examinan “otros
factores de riesgo” que están “relacionados con la alimentación,
aumenta a casi 340 millones de ACAD”. En los países en vía de
desarrollo cerca de 20 millones de lactantes nacen anualmente con
problemas nutricionales, lo que significa un 30 por ciento del gran
total.
Una población mal nutrida, indicó de Haen,
acarrea gastos elevados para las economías en “términos de
productividad a causa de los fallecimientos prematuros, las minusvalías
y el absentismo laboral” y que están calculadas en 665.000 millones
de euros (500.000 millones de dólares).
Aunque todos los países miembros de la Organización de las
Naciones Unidas (ONU) se fijaron hace cuatro años el objetivo de
alcanzar, a más tardar en el año 2015, reducir el hambre como mínimo
a la mitad, las perspectivas no son plenamente favorables aunque existen
algunos países del denominado Tercer Mundo que, según la FAO, han
logrado detenerla positivamente.
Entre esos países, el organismo mencionó a Angola, Ghana,
Guinea, Guyana, Haití, Jamaica y Lesotho, que han reducido en un 25 por
ciento el porcentaje de ciudadanos que pasan hambre, y el de mal
nutridos muestra un descenso en África subsahariana,
que en el periodo 1990-1992 alcanzaba al 36 por ciento y actualmente es
del 33 por ciento.
Existe un ejemplo que hace temer que no se registre una rápida
solución, porque en la década de los años 90, siempre según la FAO,
el hambre bajó en un 27 por ciento, pero en los últimos años del
siglo pasado tuvo una recuperación –negativa, desde luego para el
conjunto del mundo- porque aumentó un 18 por ciento. Esto significa
que, finalmente, la reducción entre 1990 y 2002 únicamente fue
equivalente al 9 por ciento, porcentaje desde luego poco alentador, y
llama la atención que en India el aumento de los mal nutridos ha
alcanzado a otros 18 millones de personas en los últimos dos años.
Aunque el subdirector de la FAO explicó que “ya se sabe como
eliminar el hambre y es hora de aprovechar el impulso para lograrlo”,
él mismo reconoció que para alcanzar el éxito se “requiere voluntad
política”, y esa es la que, generalmente, no existe en el actual
mundo globalizado.
Ese organismo propuso, a través de Hartwig
de Haen, la utilización de lo que llamó
“doble vía”, una estrategia que debe estar destinada a “atacar al
mismo tiempo las causas y las consecuencias del hambre”.
¿En qué consiste?. La primera, con
resultados a largo plazo, “corresponde a las intervenciones destinadas
a mejorar la productividad y los ingresos de los más pobres, como
fortalecer actividades productivas con tecnologías eficientes y
baratas”, y la segunda, que debe ser inmediata, “para garantizar el
acceso directo a los alimentos de los más necesitados”.
El hecho que se produzcan anualmente más de cinco millones de
muertes de niños por hambre en el mundo debe servir para que la
cuestión se tome con seriedad porque las repercusiones son
verdaderamente graves y ponen de presente que se necesita otra clase de
gobernantes sensibles a este espantoso drama pero, especialmente, que
estén dispuestos a buscar las soluciones políticas y económicas
convenientes. No es posible que en pleno Siglo XXI los avances logrados
en todos los campos impidan el triunfo en la gran lucha contra el hambre
y la pobreza. |