ACTUALIDAD INTERNACIONAL Y LATINOAMERICANA                  Guillermo Tribín Piedrahita 



VENEZUELA: MORTAL ATENTADO CONTRA FISCAL  

    Un brutal atentado con bomba cometido el 18 de noviembre de 2004 acabó con la vida del Fiscal venezolano Danilo Anderson,  cuando conducía su vehículo automotor por un barrio de Caracas, y la cual explotó, al parecer, activada desde un control remoto, posiblemente un teléfono móvil, según los primeros resultados de la investigación.  

    El crimen del abogado especializado en Derecho Ambiental, que contaba con 38 años y que investigaba el frustrado golpe contra el presidente venezolano, Hugo Chávez, iniciado el 11 de abril de 2002 y que fracasó 48 horas después, tras haber asumido ese cargo el dirigente empresarial Pedro Carmona, ahora asilado en Colombia, causó consternación no solo en su país sino en el mundo y, de manera especial, en América Latina.  

    “Hay indignación en todo el país”, afirmó el ministro de Justicia e Interior de Venezuela, Jesse Chacón, mientras Chávez cancelaba su participación en la XIV Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno, que finalizó el sábado 20 en San José de Costa Rica, pero confirmó la realización de una gira por cinco países europeos, empezando por España, tras declarar que “no nos van a imponer la agenda de la violencia” y de señalar que “el autor o autores del atentado van a recibir su merecido castigo”.  

    Chacón confirmo que el artefacto explosivo había sido colocado debajo del asiento del conductor y que estalló en el momento en que el vehículo se encontraba en marcha. “La bomba fue detonada mediante un dispositivo inalámbrico”, según el ministro  

    De acuerdo con las informaciones oficiales, el cuerpo de Anderson, como consecuencia de la explosión que originó el incendio de la camioneta que conducía, quedó totalmente carbonizado y para poder ser identificado las autoridades tuvieron que hacerlo a través de las huellas digitales y de la ficha dental.  

    El “superfiscal”, como era conocido en Venezuela, a quien se acusaba de ser un “chavista”, comenzó a actuar hace dos años tras el inicio del golpe contra Chávez, pese a que su cargo únicamente le comprometía en delitos contra el Medio Ambiente.  

    Según dicen en la propia Fiscalía General de la República, Anderson por “motu propio” empezó a investigar el hecho y por orden suya fueron desalojados no menos de 100 opositores que habían “tomado” las instalaciones de Venezolana de Televisión para justificar el golpe y evitar que los seguidores de Chávez pudiesen utilizar ese canal propiedad del Estado.  

    A partir del 12 de abril de 2002, Anderson se hizo totalmente cargo de investigar todo lo relacionado con el golpe, como el asedio a la embajada de Cuba en Caracas, la detención de Enrique Carriles Radonski, que estuvo cien días en la cárcel, la acusación contra el alcalde de la Capital, Alfredo Peña, perteneciente a la oposición, y contra los directores de la Policía Metropolitana y otros ocho agentes por haber ordenado los disparos contra manifestantes “chavistas”.  

    También el “superfiscal” tenía abierta una investigación contra “Súmate”, un organismo opositor; por la muerte de tres soldados que presuntamente ocurrió por culpa de los oficiales que el año pasado se rebelaron contra el Gobierno y se apoderaron de una plaza en Caracas para expresar su malestar por la continuación de Chávez en el poder, y la acusación por rebelión y otros delitos contra el general Carlos Alfonso Martínez, otro militar destacado en la oposición al ex coronel de paracaidistas.  

    El vicepresidente venezolano, José Vicente Rangel, a quien en su país se le considera igual o más radical que el propio Chávez, no se le ocurrió una “cosa mejor”, como dijeron miembros de la oposición, que salir a la palestra cuando el país estaba conmocionado por la infame acción terrorista para acusar al gobierno estadounidense, al que solicitó “una firme condena del hecho”.  

    Según la tesis de Rangel, el gobierno estadounidense es “culpable” por permitir la acción de “ciertos grupos de oposición que viven en Florida”. A esta misma tesis se unió, de inmediato, el ministro de Comunicación, Andrés Izarra y ambos funcionarios acusaron también al actor venezolano Orlando Urdaneta por las recientes declaraciones hechas en un programa de la televisión norteamericana en las que expresó que “el conflicto venezolano se resuelve con un magnicidio”.  

    Indudablemente fueron desafortunadas e ilógicas esas declaraciones de Urdaneta, pero en ningún caso se puede acusar al gobierno del para ellos y Chávez “odiado” presidente norteamericano, George Bush, por permitir que en una nación libre vivan y se expresen libremente personas de distintos países. La acusación parecía, según la oposición, partir del gobierno cubano de Fidel Castro, que cuando pasa algo en su país o en el mundo, únicamente culpa a Estados Unidos de estar detrás de la ocurrencia.  

    Las absurdas palabras del vicepresidente, que no incitaban a la calma, quedaron demostrada en la realidad cuando decenas de venezolanos “chavistas” que se acercaron a la sede de la Fiscalía para velar el cadáver del infortunado miembro de la justicia, lanzaban gritos acusando con ellos y a través de pancartas a los medios de comunicación del país de “ser los responsables del asesinato”.  

    Inmediatamente producido el atentado terrorista, el gobierno dictó una serie de disposiciones calificadas por Rangel de “alta seguridad”, aunque por el momento no serán suspendidas las garantías constitucionales”, pues se cree que con base a “medidas policiales” se podrá garantizar la tranquilidad, por un lado, y la adecuada investigación, por otro, para dar con el responsable o responsables del crimen.  

    En declaraciones a los periodistas, Rangel precisó que “este hecho tiene una gravedad extraordinaria, no se corresponde con la cultura política del país”, añadiendo que constituye “un golpe artero contra el proceso de diálogo y entendimiento” que, según él, quiere adelantar el gobierno tras haber ganado Chávez, el pasado 15 de agosto, el referendo para continuar en el poder hasta el fin de su mandato constitucional.  

    Nadie, desde luego, se atreve a hacer ninguna clase de hipótesis en relación con este brutal atentado, aunque en alguna ocasión en un centro comercial Anderson fue increpado por su presunta inclinación “chavista” y en muchas otras oportunidades se le acusó de seguir las investigaciones “de acuerdo con las instrucciones recibidas directamente de Chávez y su dictatorial gobierno” y de no ser un “fiscal imparcial”. Por ello se le pidió en numerosas ocasiones su renuncia “para demostrar que esas acusaciones en su contra no eran ciertas”.  

    Chávez, durante el acto de velación del cadáver de Anderson, en la sede de la Fiscalía, lo calificó como “un soldado valeroso, un digno representante del pueblo”, añadiendo que “nadie pudo comprarlo ni chantajearlo” y que en Venezuela “habrá paz, pero paz con justicia”.  

    La dolorosa y execrable desaparición del Fiscal Anderson debe servir al gobierno venezolano para estar alerta ante el posible nacimiento del terrorismo en ese país y para señalarle a Chávez que no se puede seguir dando apoyo hospitalario, moral y económico a dos de los tres sanguinarios grupos violentos colombianos, porque esa actitud puede volverse en su contra.  

    Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) y el Ejército de Liberación Nacional (Eln), que en el ejecutivo venezolano se les ha considerado siempre como dos  “grupos de patriotas” no son nada más que bandas terroristas, unas alimañas de la peor clase que no deben seguir siendo respaldadas porque a los mejor para pagarles todos sus favores, deciden trasladar su terrorismo a Venezuela ante la fuerte presión que el gobierno colombiano está ejerciendo sobre ellos.  

    Ninguna diferencia política o judicial puede dirimirse sobre la base de la violencia y todo el mundo debe condenar enérgicamente, en Venezuela  y en el resto de países, este atentado en donde perdió la vida, sanguinaria y dolorosamente,   un miembro destacado de la justicia. Anderson fue, infortunadamente, el primero, pero debe ser también el último venezolano en ser víctima del terrorismo.

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