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La actuación de España en los juegos
olímpicos, que culminaron el pasado 28 de agosto de 2004 en Atenas, no
fue ni mucho menos convincente ni tampoco para repicar campanas, porque
hubo más sombras que luces, a
pesar de las 19 medallas obtenidas, de las que únicamente tres fueron
de oro, el principal y más anhelado metal para un deportista y el que
hace predominar la clasificación de cada país participante.
España, ciertamente, fracasó rotundamente en todos los deportes
colectivos y en disciplinas como las de atletismo, ciclismo, en
carretera, judo, gimnasia, tiro y tenis, entre otras, no se cubrieron
las expectativas y la gran mayoría de quienes defendieron los colores
deportivos de un país que se había preparado adecuadamente –según
entrenadores y dirigentes- defraudó visiblemente, y así también lo
comprueba su vigésima posición en la clasificación general final de
los juegos.
Aunque muchos dirigentes, periodistas y hasta la propia Ministra
de Educación y Deportes, María
Jesús San Segundo, y el Secretario de Estado para el Deporte, Jaime Lissavetzky,
han lanzado las campanas al vuelo y están complacidos por la “segunda
mejor cosecha de medallas en la historia deportiva española”, las
estadísticas señalan que tras los juegos de Atenas, España es la
número 13 dentro del deporte europeo, lo que significa que doce países
del “viejo continente”, entre ellos varios mucho más pequeños y de
menores recursos económicos, la aventajaron en la clasificación.
Por encima de España están –de abajo hacia arriba-, Suecia,
Holanda, Noruega, Grecia, Rumania, Hungría, Ucrania, Gran Bretaña,
Italia, Francia, Alemania y Rusia, lo que hace deducir que el deporte
español no requiere de remedios con “paños de agua tibia” ni de
declaraciones complacientes sino de una reestructuración a fondo, que
debe empezar, sin ninguna duda, por la clase dirigente, mucha de la cual
lleva muchísimos años en sus cargos y está con sus respectivas
disciplinas totalmente anquilosados.
La ministra San Segundo y el Secretario de Estado, que con sus
declaraciones han demostrado su escaso conocimiento sobre el deporte,
están “felices y satisfechos” porque 71 de los deportistas
españoles obtuvieron diplomas por haber llegado a la fase final, en
donde generalmente quedaron octavos y últimos.
Si de lo que se trata, según el criterio de San Segundo y Lissavetzky,
es de obtener diplomas, lo mejor que se puede hacer es matricular a los
deportistas en cursos rápidos en donde al final de 48 o 72 horas de
asistencia se les entrega uno para que los puedan colocar, debidamente
enmarcados, en las paredes de sus pisos. El deporte no puede vivir de
eternos finalistas, que terminan ocupando el octavo lugar, porque los
que valen y otorgan la clasificación son las medallas. Ser cuarto es lo
mismo que quedar último, porque se ha hecho un esfuerzo baldío.
Las declaraciones de los dos máximos responsables del deporte
español recuerda al atleta que llegó a su casa tras una prueba y su
madre, visiblemente expectante, le preguntó: “Hijo, como te fue en la
prueba?; “bien, mamá”, le respondió.
¿Y que puesto ocupaste?; “el cuarto”; ¿Es una buena posición, y
cuántos corrieron?. “Cuatro, mamá!!!
Los periodistas deportivos españoles, muy propensos a “vender
humo” para engañar a los aficionados, ya contaban medallas de oro por
docenas y en sus crónicas e informaciones daban como seguros campeones
al baloncesto, balonmano, hockey, waterpolo,
en los deportes de conjunto, y a varios
yudocas, ciclistas en carretera, tiro, natación, atletismo, taekwondo,
etc.
Hubo incluso un informador que escribió que para la prueba de
carretera masculina, todos los demás países “tenían mucho miedo”
a los corredores españoles
que, a juicio del periodista, podrían “barrer” en la prueba
haciendo el 1-2-3 del podio. Y el fracaso fue absoluto, porque el
último que terminó la prueba no llegó siquiera entre los 20 primeros.
Igual sucedió en la rama femenina. En cambio, el ciclismo de pista, que
cuenta con poca información y simpatía en los medios de comunicación,
fue el que sacó la cara por esta disciplina.
Mario Pesquera, el entrenador de baloncesto, que “se creció”
y pecó de soberbia, porque los periodistas lo engañaron diciendo que
era el “mejor del mundo” y él se lo creyó erróneamente , fracasó
rotundamente con un grupo de excelentes jugadores que también pecaron
al considerarse invencibles.
Esta disciplina tenía perfectamente definida la forma en que se
jugaría y el calendario no se elaboró a medida que transcurrían los
partidos sino antes de empezar el torneo. Se sabía que al cruzarse con
una pésima selección de Estados Unidos, el que perdiese iría a los
infiernos. Y Pesquera no supo hacer un planteamiento ganador, como sí
ocurrió con otras selecciones que humillaron a los norteamericanos, que
también exhibieron mucha soberbia en vez de calidad. Su medalla de
bronce representó para el baloncesto más poderoso del mundo, el de la
NBA, el peor de los fracasos, a pesar de haber ganado el tercer metal.
Lo mismo ocurrió en balonmano, hockey
y waterpolo, donde España fracasó sin
atenuantes y sin que valgan las declaraciones de excusas, de malos
arbitrajes, etc. Cuando hay calidad suficiente se gana; cuando no, se
pierde, como les ocurrió a estos deportes.
En atletismo, cuya Federación está presidida por un déspota a
quien por su inocultable soberbia le gusta dejar en casa a mejores
atletas para llevar en cambio a quienes le “rinden pleitesía”,
también hubo un rotundo fracaso y las numerosas medallas que
“vendían” José María Odriozola y sus
“periodistas amiguetes”, se quedaron en
dos.
Estas fueron la de plata de Francisco Fernández, en 20
kilómetros marcha, y la de bronce del recién nacionalizado atleta
cubano Joan Lino Martínez, que gozó de la permisividad de los jueces
porque su salto ganador fue sospechoso, al igual que lo hizo Niurka
Montalvo la también doble compatriota suya –por cubana y española-
en Sevilla durante el mundial, en el que ganó el oro pisando la plastilina.
De la marcha española, en otros tiempos tan poderosa, solo
quedan los recuerdos del pasado y únicamente la capacidad personal de
Fernández. Ese descenso se debe, como en el resto de modalidades de
esta disciplina, a un mal trabajo federativo, que debe corregirse so
pena de continuar recibiendo “varapalos” en las competiciones
internacionales.
También el tenis volvió a fracasar estruendosamente
tanto en la rama masculina como en la femenina y aún la medalla de
plata ganada por Conchita Martínez, que debe retirarse para evitar
seguir haciendo el ridículo, y Victoria Ruano-Pascual, no fue
satisfactoria porque se dejaron derrotar en la final por una pareja que,
teóricamente, no es de gran calidad. Eso demuestra que tampoco la
“armada” –como han bautizado los periodistas españoles a los
tenistas- es consistente y símbolo de garantía para una competición
tan exigente como los juegos olímpicos. Ferrero, Moyá
y compañía fracasaron absolutamente.
Las expectativas levantadas en torno al judo, al tiro, a la
natación sincronizada, a la esgrima, a la gimnasia – a pesar de la
victoria de Gervasio Defer, en salto, y el
bronce de Patricia Moreno, en suelo-, también se hicieron añicos
estruendosamente y mucho más cuando en el nado sincronizado otra
soberbia entrenadora le echó la culpa a los jueces en vez de aceptar
sus propios fallos.
España tiene por delante, para los próximos cuatro
años, una gran tarea para promocionar el deporte y tratar de buscar una
adecuada formación de deportistas en todas las disciplinas. Una mayoría
de quienes compitieron en los juegos de Atenas ya no estarán
disponibles para una nueva “aventura en Pekín en 2008”, y por eso
al gobierno le corresponde reestructurar a fondo esta actividad física,
tan indispensable como saludable. Y debe hacerlo sin sentimentalismos ni
complacencias absurdas.
Uno de los primeros pasos tiene mucho que ver con la creación de
un verdadero “deporte base” que obligue a niños y niñas desde sus
edades más tiernas a “enamorarse del deporte” y practicarlo de
forma adecuada y bajo la supervisión de técnicos muy capaces a los que
también se debe educar para que sepan que en Atenas como en otros
juegos y competiciones internacionales anteriores, las soberbia los ha
perdido y ha sido buena parte del origen de los fracasos.
Los colegios, primero, y las universidades, después, tienen que
convertirse en el futuro en los centros de producción adecuada de
deportistas. En los centros educativos debe concentrarse el futuro
deportivo español, y no deben ahorrarse ni esfuerzos ni sacrificios.
Los dineros que se utilicen en esta tarea nunca constituirán un gasto
sino una inversión. Y también la construcción de escenarios
deportivos debe ser otra prioridad para que niños y jóvenes encuentren
donde practicar su disciplina favorita bajo la adecuada vigilancia de
técnicos que sepan inculcar enseñanzas técnicas y respeto, amor y
limpieza por el deporte.
Otro de los puntos en los que hay que trabajar con seriedad, sin
ceder un ápice, es el relacionado con el dopaje. España no puede
continuar llegando a las principales competiciones bajo sospechas y
desde ahora debe dar de baja, sin que el gobierno les permita tener
contacto con los deportistas, a los médicos, entrenadores y dirigentes,
señalados y conocidos ampliamente por la opinión pública, de ser los
promotores de esa inducción para actuar con trampas. La lucha contra el
dopaje no debe inhibir a nadie y la aplicación de los castigos tiene
que ser rigurosa y severa. |