ACTUALIDAD INTERNACIONAL Y LATINOAMERICANA                  Guillermo Tribín Piedrahita 



JUEGOS OLIMPICOS: ESPAÑA; MAS SOMBRAS QUE LUCES  

    La actuación de España en los  juegos olímpicos, que culminaron el pasado 28 de agosto de 2004 en Atenas, no fue ni mucho menos convincente ni tampoco para repicar campanas, porque hubo más sombras que luces,  a pesar de las 19 medallas obtenidas, de las que únicamente tres fueron de oro, el principal y más anhelado metal para un deportista y el que hace predominar la clasificación de cada país participante.  

    España, ciertamente, fracasó rotundamente en todos los deportes colectivos y en disciplinas como las de atletismo, ciclismo, en carretera, judo, gimnasia, tiro y tenis, entre otras, no se cubrieron las expectativas y la gran mayoría de quienes defendieron los colores deportivos de un país que se había preparado adecuadamente –según entrenadores y dirigentes- defraudó visiblemente, y así también lo comprueba su vigésima posición en la clasificación general final de los juegos.  

    Aunque muchos dirigentes, periodistas y hasta la propia Ministra de Educación y Deportes,  María Jesús San Segundo, y el Secretario de Estado para el Deporte, Jaime Lissavetzky, han lanzado las campanas al vuelo y están complacidos por la “segunda mejor cosecha de medallas en la historia deportiva española”, las estadísticas señalan que tras los juegos de Atenas, España es la número 13 dentro del deporte europeo, lo que significa que doce países del “viejo continente”, entre ellos varios mucho más pequeños y de menores recursos económicos, la aventajaron en la clasificación.  

    Por encima de España están –de abajo hacia arriba-, Suecia, Holanda, Noruega, Grecia, Rumania, Hungría, Ucrania, Gran Bretaña, Italia, Francia, Alemania y Rusia, lo que hace deducir que el deporte español no requiere de remedios con “paños de agua tibia” ni de declaraciones complacientes sino de una reestructuración a fondo, que debe empezar, sin ninguna duda, por la clase dirigente, mucha de la cual lleva muchísimos años en sus cargos y está con sus respectivas disciplinas totalmente anquilosados.  

    La ministra San Segundo y el Secretario de Estado, que con sus declaraciones han demostrado su escaso conocimiento sobre el deporte, están “felices y satisfechos” porque 71 de los deportistas españoles obtuvieron diplomas por haber llegado a la fase final, en donde generalmente quedaron octavos y últimos.  

    Si de lo que se trata, según el criterio de San Segundo y Lissavetzky, es de obtener diplomas, lo mejor que se puede hacer es matricular a los deportistas en cursos rápidos en donde al final de 48 o 72 horas de asistencia se les entrega uno para que los puedan colocar, debidamente enmarcados, en las paredes de sus pisos. El deporte no puede vivir de eternos finalistas, que terminan ocupando el octavo lugar, porque los que valen y otorgan la clasificación son las medallas. Ser cuarto es lo mismo que quedar último, porque se ha hecho un esfuerzo baldío.  

    Las declaraciones de los dos máximos responsables del deporte español recuerda al atleta que llegó a su casa tras una prueba y su madre, visiblemente expectante, le preguntó: “Hijo, como te fue en la prueba?; “bien, mamá”, le respondió. ¿Y que puesto ocupaste?; “el cuarto”; ¿Es una buena posición, y cuántos corrieron?. “Cuatro, mamá!!!  

    Los periodistas deportivos españoles, muy propensos a “vender humo” para engañar a los aficionados, ya contaban medallas de oro por docenas y en sus crónicas e informaciones daban como seguros campeones al baloncesto, balonmano, hockey,  waterpolo, en los deportes de conjunto, y a  varios yudocas, ciclistas en carretera, tiro, natación, atletismo, taekwondo, etc.  

    Hubo incluso un informador que escribió que para la prueba de carretera masculina, todos los demás países “tenían mucho miedo” a  los corredores españoles que, a juicio del periodista, podrían “barrer” en la prueba haciendo el 1-2-3 del podio. Y el fracaso fue absoluto, porque el último que terminó la prueba no llegó siquiera entre los 20 primeros. Igual sucedió en la rama femenina. En cambio, el ciclismo de pista, que cuenta con poca información y simpatía en los medios de comunicación, fue el que sacó la cara por esta disciplina.  

    Mario Pesquera, el entrenador de baloncesto, que “se creció” y pecó de soberbia, porque los periodistas lo engañaron diciendo  que era el “mejor del mundo” y él se lo creyó erróneamente , fracasó rotundamente con un grupo de excelentes jugadores que también pecaron al considerarse invencibles.  

    Esta disciplina tenía perfectamente definida la forma en que se jugaría y el calendario no se elaboró a medida que transcurrían los partidos sino antes de empezar el torneo. Se sabía que al cruzarse con una pésima selección de Estados Unidos, el que perdiese iría a los infiernos. Y Pesquera no supo hacer un planteamiento ganador, como sí ocurrió con otras selecciones que humillaron a los norteamericanos,  que también exhibieron mucha soberbia en vez de calidad. Su medalla de bronce representó para el baloncesto más poderoso del mundo, el de la NBA, el peor de los fracasos, a pesar de haber ganado el tercer metal.  

    Lo mismo ocurrió en balonmano, hockey y waterpolo, donde España fracasó sin atenuantes y sin que valgan las declaraciones de excusas, de malos arbitrajes, etc. Cuando hay calidad suficiente se gana; cuando no, se pierde, como les ocurrió a estos deportes.  

     En atletismo, cuya Federación está presidida por un déspota a quien por su inocultable soberbia le gusta dejar en casa a mejores atletas para llevar en cambio a quienes le “rinden pleitesía”, también hubo un rotundo fracaso y las numerosas medallas que “vendían” José María Odriozola y sus “periodistas amiguetes”, se quedaron en dos.  

    Estas fueron la de plata de Francisco Fernández, en 20 kilómetros marcha, y la de bronce del recién nacionalizado atleta cubano Joan Lino Martínez, que gozó de la permisividad de los jueces porque su salto ganador fue sospechoso, al igual que lo hizo Niurka Montalvo la también doble compatriota suya –por cubana y española- en Sevilla durante el mundial, en el que ganó el oro pisando la plastilina.  

    De la marcha española, en otros tiempos tan poderosa, solo quedan los recuerdos del pasado y únicamente la capacidad personal de Fernández. Ese descenso se debe, como en el resto de modalidades de esta disciplina, a un mal trabajo federativo, que debe corregirse so pena de continuar recibiendo “varapalos” en las competiciones internacionales.  

    También el tenis volvió a fracasar  estruendosamente tanto en la rama masculina como en la femenina y aún la medalla de plata ganada por Conchita Martínez, que debe retirarse para evitar seguir haciendo el ridículo, y Victoria Ruano-Pascual, no fue satisfactoria porque se dejaron derrotar en la final por una pareja que, teóricamente, no es de gran calidad. Eso demuestra que tampoco la “armada” –como han bautizado los periodistas españoles a los tenistas- es consistente y símbolo de garantía para una competición tan exigente como los juegos olímpicos. Ferrero, Moyá y compañía fracasaron absolutamente.  

    Las expectativas levantadas en torno al judo, al tiro, a la natación sincronizada, a la esgrima, a la gimnasia – a pesar de la victoria de Gervasio Defer, en salto, y el bronce de Patricia Moreno, en suelo-, también se hicieron añicos estruendosamente y mucho más cuando en el nado sincronizado otra soberbia entrenadora le echó la culpa a los jueces en vez de aceptar sus propios fallos.  

    España tiene por delante, para los próximos cuatro años, una gran tarea para promocionar el deporte y tratar de buscar una adecuada formación de deportistas en todas las disciplinas. Una  mayoría de quienes compitieron en los juegos de Atenas ya no estarán disponibles para una nueva “aventura en Pekín en 2008”, y por eso al gobierno le corresponde reestructurar a fondo esta actividad física, tan indispensable como saludable. Y debe hacerlo sin sentimentalismos ni complacencias absurdas.  

    Uno de los primeros pasos tiene mucho que ver con la creación de un verdadero “deporte base” que obligue a niños y niñas desde sus edades más tiernas a “enamorarse del deporte” y practicarlo de forma adecuada y bajo la supervisión de técnicos muy capaces a los que también se debe educar para que sepan que en Atenas como en otros juegos y competiciones internacionales anteriores, las soberbia los ha perdido y ha sido buena parte del origen de los fracasos.  

    Los colegios, primero, y las universidades, después, tienen que convertirse en el futuro en los centros de producción adecuada de deportistas. En los centros educativos debe concentrarse el futuro deportivo español, y no deben ahorrarse ni esfuerzos ni sacrificios. Los dineros que se utilicen en esta tarea nunca constituirán un gasto sino una inversión. Y también la construcción de escenarios deportivos debe ser otra prioridad para que niños y jóvenes encuentren donde practicar su disciplina favorita bajo la adecuada vigilancia de técnicos que sepan inculcar enseñanzas técnicas y respeto, amor y limpieza por el deporte.  

    Otro de los puntos en los que hay que trabajar con seriedad, sin ceder un ápice, es el relacionado con el dopaje. España no puede continuar llegando a las principales competiciones bajo sospechas y desde ahora debe dar de baja, sin que el gobierno les permita tener contacto con los deportistas, a los médicos, entrenadores y dirigentes, señalados y conocidos ampliamente por la opinión pública, de ser los promotores de esa inducción para actuar con trampas. La lucha contra el dopaje no debe inhibir a nadie y la aplicación de los castigos tiene que ser rigurosa y severa.  

Portada - Indice