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ACTUALIDAD INTERNACIONAL Y LATINOAMERICANA Guillermo Tribín Piedrahita |
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Las fuerzas rebeldes haitianas que lidera el
ex comisario de policía Guy
Philippe, y que han
tomado ciudades y organizado actos de pillaje, lo
que originó la huida del presidente, Jean-Bertrand
Aristide, deberán
deponer sus armas ante la presión de las fuerzas
extranjeras y porque su líder no “ofrece ninguna
garantía ni seguridad” para poder establecer una
“auténtica democracia” en el país caribeño,
según lo afirmado por la comunidad internacional el
3 de marzo de 2004.
Phillippe, quien
se había autoproclamado “Jefe Militar” de
Haití el pasado primero de marzo en medio del
desorden y del caos que existían en el país ante
el retiro del mandatario y su viaje, inicialmente, a
República Dominicana, afirmó el tres de marzo en
Puerto Príncipe que “hemos recibido también la
garantía de que la democracia será puesta en
marcha” y
anunció que su grupo, integrado por 350 personas
armadas hasta los dientes, “acepta deponer las
armas”.
El ex comisario, considerado como un
“tenebroso individuo” que en años anteriores
fue uno de los principales violadores de los
derechos humanos y de las garantías
constitucionales de sus compatriotas, había
señalado el primero
de marzo, que su grupo iba a detener al primer
ministro, Ivone Neptuno,
para que respondiese por los cargos de
“corrupción administrativa”, cometidos durante
el gobierno de Aristide,
que se inició el 7 de febrero de 2002.
En su declaración ante periodistas, el ex
comisario afirmó también que no tenía “ningún
interés en la política” y descartó que
intentara “establecer otra dictadura militar en
Haití”.
Neptuno continúa ocupando ese cargo tras la
renuncia y posterior huida del presidente Aristide
por decisión del Jefe de Estado interino, Boniface
Alexandre, quien
también designó como Director de la Policía
Nacional a Léonce
Charles, quien ha colaborado con Estados Unidos en
la lucha contra el tráfico internacional de
estupefacientes.
Frente a sus oficinas se encuentran numerosos
vehículos y tropas militares para evitar cualquier
acción violenta del grupo dirigido por Philippe
que pueda atentar contra la vida del funcionario o
que pretendan detenerlo para “juzgarlo” por su
participación en el gobierno del huido ex cura
salesiano.
El organismo Human Rights
Watch (HRW) expresó el
primero de marzo que Philippe
cuenta con “un dudoso récord en materia de
derechos humanos” por
lo que no es una persona que “pueda despertar
confianza ni de los haitianos ni de la comunidad
internacional”, ya que durante el tiempo que
ejerció, en el pasado, el cargo de jefe de policía
en la sección Delmas,
de Puerto Príncipe, ordenó la ejecución de
decenas de miembros opositores.
Amnistía Internacional (AI), por su parte,
pidió a las fuerzas internacionales de paz que
están actuando en Haití, que procedan al arresto
de Jean Tatoune y
Louis-Jodel Chamblain,
dirigentes
de la revuelta contra Aristide,
que se encuentran condenados por “asesinatos
políticos”.
Existe una opinión unánime en que
siniestros personajes como los mencionados, que han
organizado la rebeldía contra Aristide
y que se encuentran condenados o tienen un
“escabroso pasado” por la violencia que
ordenaron realizar en Haití, no aprovechen esta
ocasión para “quedar impunes” y se les
considere “héroes” en vez de “villanos”,
porque “esto último es lo que, en definitiva,
son”.
Una de las primeras medidas
tomadas por el primer ministro ratificado fue el de
declarar el “estado de emergencia” en todo el
país para evitar que la violencia continúe
apoderándose de ciudades y pueblos haitianos y para
que los 350 hombres que tiene bajo su mando Philippe
y los que integran el otro temible grupo
“Caníbal”, puedan seguir “haciendo de las
suyas”.
Muy pronto, el dos de marzo, el
gobierno de Estados Unidos expresó su oposición a Philippe,
y a través de Roger
Noriega, subsecretario de Estado, que habló ante el
Comité de Relaciones Exteriores del Senado
norteamericano, dijo que “no tiene ningún poder
para hacer algo en Haití, porque solo tiene el
control de una pandilla desorganizada”.
El jefe del sanguinario grupo
rebelde integrado en el “Frente Revolucionario
Nacional (FRN)”, anunció que “nuestro objetivo
principal fue alcanzado, es decir la partida de
Jean-Bertrand Aristide
del poder”. Tras
las acciones desarrolladas en diversos departamentos
del país, y en especial en las ciudades de Gonaives,
Cabo Haitiano, el Puerto de Saint Marc
y otras, se comprobó que Philippe
era incapaz de controlar a las turbas y que apoyaba
los saqueos, incendios y destrozos de mercados,
empresas y viviendas.
El gobierno estadounidense, que envió
“marines” para ayudar a controlar la caótica
situación, al igual que lo hicieron Canadá y
Francia con tropas militares y gendarmes, hizo saber
a Philippe que no
contaba con su apoyo, por lo que debía abandonar
toda la ambición de controlar Haití o de
“desempeñar un papel importante en el futuro
político” del país.
También el presidente Alexandre
nombró a la comisión tripartita prevista en el paz
internacional de paz para Haití y la cual quedó
integrada por Leslie Voltaire,
ministro de los haitianos en el extranjero y
perteneciente al partido gubernamental “Lavalás”,
el ex senador Paul Denis,
en representación de la plataforma democrática de
la sociedad civil y los partidos de oposición y a Adama
Guindo, coordinador para Haití del Programa de la
Organización de Naciones Unidas para el Desarrollo
(PNUD), que representará a la comunidad
internacional.
El depuesto mandatario haitiano continúa en
la República Centroafricana, a donde llegó el
lunes pasado y reside en el palacio del presidente
del país, Francois Bozize,
en espera de poder trasladarse definitivamente a
Sudáfrica, cuyo gobierno le ha otorgado asilo
político.
Estados Unidos volvió a insistir en que no
es cierto que obligase a Aristide
a abandonar Puerto Príncipe, aunque sí reconoció
que dada la situación que se vivía en Haití, era
“imposible protegerlo de las tropas rebeldes que
lo iban a arrestar para procesarlo por corrupción,
asesinato y otros delitos”.
La normalidad empezó a recobrarse en la isla
caribeña y los rebeldes parecen aceptar, en
principio, que su acción armada ha finalizado, pues
Aristide se encuentra
fuera del país y ya no es el presidente y que se
requiere el “esfuerzo de todos” para que Haití
pueda encontrar “soluciones adecuadas a sus
numerosos problemas, y las cuales no se lograrán
con base a la violencia”.
Ahora, lo más importante, es lograr los
acuerdos políticos necesarios para ratificar en el
cargo de presidente a Alexandre
o para buscar los mecanismos que permitan establecer
un “gobierno interino” mientras se convoca a un
proceso electoral. Haití no puede soportar por
mucho tiempo más esta difícil situación por la
que atraviesa desde que en septiembre de 2003 se
iniciaron los movimientos contra Aristide
y que culminaron con su renuncia y huida del país
el pasado 29 de febrero. |