ACTUALIDAD INTERNACIONAL Y LATINOAMERICANA                  Guillermo Tribín Piedrahita 



 
LA INTIFADA: UN BALANCE NEGATIVO PARA LA PAZ
 
    Dos años después de haberse iniciado la "Intifada" nadie parece creer en la posibilidad de un verdadero diálogo entre palestinos e israelíes y, antes por el contrario, esa acción ejecutada por los seguidores de Yasser Arafat, muestra un balance negativo para la paz en el Medio Oriente.
 
    El segundo aniversario del "lanzamiento de piedras", que luego se ha ido, paulatinamente, convirtiendo en actos terroristas y sangrientos, por parte y parte,  muestra un balance trágico para las huestes del "rais", que se traduce en 2.534 víctimas mortales, la economía del gobierno de la Autoridad Palestina en una peligrosa "cuesta abajo" y una población que vive entre el miedo a los ataques israelíes y sus deseos de venganza traducidos en "ataques suicidas" e inmolaciones de jóvenes palestinos.
 
    Arafat ha tenido ante el mundo entero, en los últimos meses, una "imagen humillante", pero desde su cuartel general en Ramala (Cisjordania) donde el ejército israelí lo había sitiado, prometió en la "Mukata", ante 30.000 palestinos concentrados en Gaza, que "la Intifada continuará hasta que se consigan sus objetivos".
 
    Es la decisión, absurda para el mundo entero, de un dirigente político derrotado, que ha hecho del terrorismo una "profesión de fe" y que sigue sacrificando a su pueblo ante el poderío israelí, sin importarle las consecuencias.
 
    Hace un año, este líder recorría diversos países tratando de convencer a presidentes y jefes de gobierno para que respaldaran su acción de lograr un estado palestino independiente, pero hoy prácticamente está casi aislado.
 
    Su falta de capacidad para detener el terrorismo de los grupos de Hamas y la Jihad Islámica lo han convertido en un "hombre sospechoso", que una cosa dice en público y otra muy distinta a sus correligionarios, a quienes apoya "decididamente en sus actos criminales", según precisó uno de los portavoces del Departamento norteamericano de Estado.
 
    El analista palestino Zacharia al-Qaq dice de Arafat que "su situación es como la imagen de la Mukata -la sede presidencial-, sólo su edificio permanece en pie, pues los otros fueron arrasados por el ejército israelí".
 
    Estados Unidos, que como única potencia mundial tiene en el Medio Oriente influencia decisiva y respalda abiertamente a Israel, durante muchos meses dio credibilidad a Arafat y confió en su capacidad para acabar con el terrorismo y afrontar la situación  bajo un realista prisma de alcanzar acuerdos decisivos y duraderos para la paz. Hoy en día, sin embargo, ha perdido ese apoyo.
 
    En diciembre de 2001 el primer ministro israelí, Ariel Sharon, le descalificó como interlocutor y en junio pasado el propio presidente estadounidense, George Bush, pidió que Arafat fuese remplazado. Una defensora a extremis del "rais" como lo ha sido la Unión Europea también le exigió que sin vacilaciones endureciera su posición frente al terrorismo.
 
    La Comunidad Internacional también es contraria a la actuación de Israel porque "combatir la violencia con violencia" engendra más violencia, más odio y rebaja las posibilidades de buscar la paz y la creación del estado Palestino.
 
    Esa política de "asesinatos selectivos" y sus continuas incursiones a los territorios autónomos de Gaza y Cisjordania tienen enfurecida, y con razón, a la comunidad internacional, aunque Israel se justifica señalando que lo hace  para defenderse de los atentados terroristas que sufre continuamente.
 
    A raíz del once de septiembre de 2001 por los ataques contra Nueva York y Washington, los israelíes legitimaron su derecho a defenderse contra el terrorismo, pero lo cierto es que lo están haciendo también con saña y con muchos despropóstios.
 
    El  24 de septiembre el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas expidió una resolución pidiendo a Israel "acabar de inmediato con el asedio al cuartel de Yasser Arafat en Ramala y el repliegue de sus tropas de los territorios autónomos palestinos hasta las posiciones de septiembre de 2000, justo antes del comienzo de la segunda Intifada". 
 
    Israel, en efecto, acató la resolución de la ONU y las presiones directas de Bush, y terminó el domingo 29 de septiembre con el asedio a la Mukata, tras haber destruido la mayor parte de sus edificios, y así  Arafat pudo salir de ella sin peligros, y pidió a todos los palestinos, a través de un comunicado "respetar un alto el fuego total", exhortando a Israel a hacer lo mismo.
 
    Desde luego han sido durante estos dos años de Intifada las poblaciones civiles de ambos países las que han pagado muy caro la anormal situación.
 
    La economía de la región ha sido otra de las grandes afectadas y la crisis se siente muy fuerte en los territorios palestinos, varias de cuyas zonas soportan un dramático desempleo que alcanza al 60 por ciento de su población  hábil laboralmente, mientras que de la pobreza se está pasando, cada vez más rápido, a la miseria.
 
    El año pasado, como consecuencia de esta situación, una de las grandes fuentes de divisas y de la economía de Israel, el turimo, cayó un 0.9 por ciento y numerosos expertos consideran que el 2002 le puede llevar a la escandalosa cifra del 1.5 por ciento. Además, la desocupación es superior a un 10 por ciento y el Producto Interno Bruto también sufrió una caída de amplias proporciones.
 
    La vida es difícil para todos. Los temores en Israel por los atentados y ataques suicidas, y los bombardeos y asesinatos selectivos israelíes en los territorios de Gaza y Cisjordania y el asedio a Arafat que lo convirtió en un "prisionero" en su propia oficina, fijan unas responsabilidades políticas a los dos gobiernos  que, sin embargo, parecen no darse cuenta, pasando olímpicamente de ellas.
 
    Para Arafat y los palestinos la Intifada es producto de sus "sueños de libertad e independencia", mientras que para Sharon y los israelíes es un "terrorismo puro y duro".
 
    En el Medio Oriente, no hay duda, esta difícil situación ha llevado a crear una "razón de la sinrazón" y las expectativas de paz se reducen cada vez más. Las posturas siguen muy radicalizadas y ni siquiera la ONU ha podido apreciar el cumplimiento de sus propias resoluciones.
 
    Sharon y Arafat se odian a muerte y entre ambos pueblos, por las acciones de sus respectivos gobiernos, ha crecido la desconfianza, el temor y la amargura. Nadie cree que exista, realmente, un verdadero diálogo. La paz está sepultada muy abajo y nadie quiere luchar para sacarla a flote.

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