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ACTUALIDAD INTERNACIONAL Y LATINOAMERICANA Guillermo Tribín Piedrahita |
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Una nueva masacre terrorista hirió otra vez
al pueblo colombiano y se convirtió en el gran
desafío para el gobierno del presidente, Alvaro
Uribe, cuando las Fuerzas Armadas Revolucionarias de
Colombia (FARC), la principal banda del terror en el
país, asesinó sin ninguna misericordia al
gobernador del departamento (provincia) de
Antioquia, Guillermo Gaviria Correa, al ex ministro
y consejero de paz, Gilberto Echeverri Mejía, y a
ocho miembros del ejército, a los que mantenían
secuestrados.
Esta criminal acción, realizada el 5 de
mayo, que recibió el rechazo unánime de Colombia y
del mundo, se convertirá sin ninguna duda en la
peor arma para los terroristas, que aspiraban a
contar con la libertad de más de 600 de sus
miembros al celebrarse conversaciones para un canje
humanitario con las personas que mantienen,
ilegalmente, privadas de su principal derecho
humano, el de la libertad, entre ellas la ex
candidata presidencial Ingrid Betancourt.
“El Estado no puede arrodillarse ante un
interlocutor que muestra su indolencia y su falta de
humanidad”, fue el comentario que surgió entre
los colombianos, mientras el presidente Uribe afirmó
que “a esos matones profesionales hay que
derrotarlos”.
La tesis contraria fue sostenida por el
antiguo guerrillero del Movimiento 19 de Abril
(M19), ex ministro de Salud y actual parlamentario
Antonio Navarro Wolf, amnistiado a pesar de sus
numerosos actos terrorista y de las órdenes de
muerte dadas cuando hacía parte de la “cúpula”
de esa banda, al afirmar que “mi opinión es que
hay que condenar a las Farc
por este hecho, pero también que hay que hacer el
intercambio (secuestrados por terroristas presos),
porque no puede primar la razón de ser del Estado a
secas”.
En cambio, el senador liberal por Antioquia,
y copartidario de Gaviria Correa, Luis Guillermo Vélez,
dijo que esa “horrenda matanza pone en cero kilómetros
las conversaciones del intercambio humanitario y
hace reflexionar muy claramente cómo ha de ser la
política de confrontación del Gobierno”.
Otras voces de dirigentes políticos,
empresariales y periodísticos se mostraron en
desacuerdo con la opinión de Navarro Wolf, al que
algunos llegaron a calificar de “estar beneficiándose
de la democracia sin dejar de ser un terrorista en
la sombra”.
Gaviria y Echeverri fueron secuestrados el 21
de abril de 2002 cuando encabezaban una “marcha de
paz” desde Medellín –la capital de Antioquia-
hasta el municipio de Caicedo, que se había
iniciado el 17 de ese mes. Los miembros del ejército
y la marina que también fueron asesinados, tenían
más de cinco años en poder de las FARC.
Según el gobierno, los autores de la matanza
fueron los miembros del “Bloque José María Córdoba”
de las FARC, y la orden de ejecutarla la dio el
terrorista conocido como “el paisa”
-denominación
con la que se conoce a los antioqueños- en momentos
en que fuerzas combinadas del ejército, la aviación
y la marina –que “no dispararon ni un solo
tiro”, según el gobierno y las fuerzas militares-
buscaban a los secuestrados en una región selvática
del municipio de Urrao,
al suroeste del departamento.
Los militares asesinados fueron
identificados como Alejandro Ledesma Ortiz, teniente
de infantería de Marina; Wagner
Tapias Torres, teniente del ejército; Héctor Lucuera
Segura, sargento viceprimero
del ejército; Mario Alberto Marín Franco, José
Gregorio Peña Guarnizo,
Samuel Cote Cote,
Francisco Negrete Mendoza y Yercinio
Navarrete Sánchez, cabos primeros del ejército,
mientras Heriberto Aranguren González, Ernesto
Cotes Samuel –cabos del ejército- y Agenor
Vielbard Hernández
–suboficial de infantería de Marina- fueron
heridos, y Pedro Guarnizo
Ovalle, sargento viceprimero
del ejército, resultó ileso.
Las operaciones de rescate de los
secuestrados las dirigía el general Mario Montoya,
comandante de la IV Brigada del Ejército, en
coordinación con la Fuerza de Despliegue Rápido (Fudra),
comandada por el general Hernando Ortiz, y contaba
con la autorización del propio presidente Uribe.
El Jefe del Estado pidió a los colombianos
que “no desfallezcamos en la tarea de derrotar a
los terroristas” y anunció por parte de su
gobierno “una frontal lucha contra el terrorismo y
la corrupción”, porque a su juicio “esos dos
males los tenemos que combatir con valor y no
podemos claudicar en esa lucha”.
Los cadáveres de Gaviria Correa, Echeverri
Mejía y los ocho miembros de las fuerzas de
seguridad del estado, fueron trasladados el 6 de
mayo desde Urrao a las
instalaciones de la base militar “Pedro Nel
Ospina”, de Medellín,
tras un penoso rescate, por las condiciones de la
zona y las fuertes lluvias caídas.
“Las FARC tenían la obligación jurídica
de liberarlos sin condición alguna y hoy tenemos
que lamentar un acto tan atroz como este”, declaró
José Miguel Vivanco, director para las Américas
de la organización Human Rights
Watch, mientras el
Vaticano pidió a las bandas terroristas
colombianas, a través de monseñor Renato Raffaele
Martino, presidente del
Consejo Pontificio de Justicia y Paz, que asiste a
una reunión religiosa en Bogotá, que “todos los
que mantienen personas secuestradas, las dejen en
libertad”.
Tras esta “horripilante matanza”
crecieron en Colombia las voces que piden al
presidente Uribe “actuar con más firmeza frente a
las bandas criminales” y, sobre todo, que no
espere más para solicitar la intervención directa
de la coalición internacional contra el terrorismo,
liderada por Estados Unidos, para que pueda
“afrontar con éxito la lucha y exterminar en poco
tiempo a esa indeseable plaga”.
En Colombia, la mayoría de las gentes,
aunque apoyan la acción desarrollada por las
Fuerzas Militares en su lucha contra las bandas
terroristas de FARC, Ejército de Liberación
Nacional (Eln) y
Autodefensas Unidas de Colombia (Auc),
están convencidas que cuentan con menos capacidad
profesional, peor armamento y carencia de buenos
servicios de inteligencia para ganarla.
“El mundo debe conocer qué es lo que hacen
estos bandidos, quienes son estos bandidos, como
tratan a las personas y la sevicia como asesinaron a
estos secuestrados”, afirmó el Comandante del Ejército,
general Alberto Ospina
Ovalle, quien achacó a los miembros de la “cúpula”
de las FARC, conocidos por los alias de “Tirofijo”,
“Raúl Reyes” y el “mono Jojoy”
de “estar sembrando de odio a la población
civil”.
A Uribe, que comenzó su mandato el 7 de
agosto de 2002, se le está terminando
paulatinamente el tiempo para cumplir con su promesa
electoral de “acabar rápidamente con el
terrorismo”, según afirmaron dirigentes políticos,
quienes recalcaron que los “continuos golpes
terroristas” empiezan a “minar la fe” de los
colombianos en la acción del gobierno. El fracaso de la operación de rescate de las diez personas asesinadas por las FARC, es un hecho negativo para el gobierno y para el país. Quizá, por eso, el propio Jefe de Estado, tras conocer la matanza, aseguró que “yo no puedo eludir responsabilidades. Las acepto”. |