ACTUALIDAD INTERNACIONAL Y LATINOAMERICANA                  Guillermo Tribín Piedrahita 



HONDURAS: UN MOTIN CARCELARIO CON ELEVADO SALDO MORTAL  

    La prisión hondureña de “La Ceiba”, ubicada  400 kilómetros al norte de la capital, Tegucigalpa,  fue escenario el 4 de abril de un sangriento y mortal motín que, en principio, dejó un saldo de 66 fallecidos y 25 heridos, de acuerdo con la cifra oficial que el propio presidente del país, Ricardo Maduro, divulgó en entrevistas a las emisoras de radio.  

    El propósito de los amotinados, integrantes de una peligrosa pandilla juvenil conocida como “Mara 18”, era el de someter a los guardias del penal para luego propiciar una bien estudiada fuga masiva que se frustró, precisamente, gracias a la decisiva acción de la policía y de los bomberos. Estos últimos apagaron un incendio  intencionado, con el que se quería atraer la atención de las autoridades de la cárcel y de los refuerzos policiales para alcanzar una “exitosa huída”.  

    Los pandilleros, considerados como “muy peligrosos” pese a que son jóvenes, utilizaron en su acción delictiva machetes, puñales y, cuando menos, dos revólveres. Con ellos, unos atacaron a los guardianes, mientras otros se dedicaban a prender fuego a las instalaciones de la cárcel.  

     Al menos 500 presos están recluidos en la prisión de La Ceiba, y la gran mayoría de ellos pertenecen a “Mara 18”, aunque también en elevada proporción hay otros detenidos  integrantes de otra peligrosa pandilla juvenil, la “Mara Salvatrucha”. Ambas bandas de delincuentes, por su  peligrosidad, están “sembrando en terror” en las diferentes ciudades de Honduras, informaron emisoras de Tegucigalpa.  

    El presidente hondureño declaró que una “comisión investigadora” había sido creada para estudiar y analizar las causas del motín, el que calificó de “criminal” por la dureza empleada para someter a la guardia y alcanzar la fuga, “sin ninguna clase de miramientos”. Al parecer, entre los 66 muertos, se encuentra uno de los guardianes.  

    Las muertes se produjeron, dijeron las autoridades, en parte por el intercambio de disparos con las autoridades que llegaron urgentemente a reforzar a la guardia carcelaria, y también por el incendio que se extendió rápidamente por la mayor parte de las instalaciones del penal de La Ceiba. El hospital Atlántida de esa ciudad se vio seriamente comprometido porque los médicos, pese a sus esfuerzos, se vieron desbordados para atender a los heridos, muchos de los cuales se encontraban “sentados o tirados” en los pasillos en espera de poder ser atendidos.  

    “Nunca antes nuestro hospital había vivido una situación tan comprometedora y difícil”, dijo uno de los médicos que, además, señaló que varios de los muertos estaban “totalmente irreconocibles” debido a las fuertes quemaduras que sufrieron en rostros y cuerpos.  

    Las dos pandillas juveniles están integradas, según las autoridades gubernamentales y de policía, por cerca de 100.000 jóvenes, de por sí ya una elevada cifra, que se matan entre ellos en disputa de los “territorios donde operan”  al estilo del “gansterismo” que se hizo famoso en Estados Unidos durante muchas décadas y que convirtieron, especialmente, a Chicago, Nueva York y Washington, “en ciudades de altísima peligrosidad”.  

    En algunas ocasiones agentes de la ley y el orden de Honduras están involucrados en esas guerras, como lo han admitido medios oficiales y de policía. Las dos pandillas están integradas, en su gran mayoría, por “jóvenes inadaptados”, que proceden de los barrios de extrema pobreza de las principales ciudades hondureñas y que tienen así un modo de vivir, aún arriesgando su propia vida.  

    “A ellos les importa sólo delimitar sus zonas para realizar sus actos delictivos y mientras entre sí se respetan esos lugares, predomina una especie de calma”. Pero si a alguna de las dos bandas se le ocurre entrar o disputar el “territorio sagrado” de la otra, surge una “inusitada violencia”, afirmó un miembro de las fuerzas de policía.  

    Al parecer, el motín carcelario, “preparado y organizado” por los pandilleros de “Mara 18” contaba con el apoyo de sus rivales por el único fin de lograr la evasión, “aunque luego en las calles se volviesen a registrar las disputas sangrientas entre ellas”, dijo uno de los guardias del penal que intervino para evitar la fuga.  

    Algunas Organizaciones No Gubernamentales aseguran que “existen fundadas sospechas” de la existencia de “escuadrones de la muerte” en los que participan autoridades de policía para buscar “diezmar a esas dos peligrosas bandas juveniles”, pero desde el propio gobierno  se niega que ello ocurra así.  

    De todas maneras en América Latina y el Caribe se registran con mucha frecuencia motines carcelarios de similares características al ocurrido en la prisión hondureña de La Ceiba. Hace muy poco se registraron hechos similares en Sao Paulo (Brasil) y en Ecuador. Las prisiones están “supersaturadas”  por detenidos cuyo número sobrepasa el aforo de ellas, y en su gran mayoría, no sirven para readaptarlos a la sociedad sino, como muchas veces se ha denunciado, se convierten en auténticas “universidades del crimen”.

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