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ACTUALIDAD INTERNACIONAL Y LATINOAMERICANA Guillermo Tribín Piedrahita |
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El gobierno de Nicaragua lanzó el 25 de
enero de 2004 una “velada amenaza de guerra” a
Colombia en relación con la disputa por la soberanía
de las islas de San Andrés y Providencia y de unos
cayos menores que conforman una intendencia insular
en el Mar Caribe con un total de 44.000 kilómetros
cuadrados y entre 25.000 y 30.000 habitantes.
“Nosotros creemos que si no se resuelven
las cosas (el conflicto) por la vía de la solución
pacífica, pues lo que se está invitando es a que
continúe, o peor aún, a que se encuentren otras
soluciones”, afirmó desde la población de
Granada, al sur de Managua, el ministro de
Relaciones Exteriores (canciller) nicaragüense,
Norman Caldera, en declaraciones a “Radio
Nicaragua”.
Las divergencias por la propiedad de esa región
caribeña data de 1980, cuando gobernaba Daniel
Ortega, del Partido Sandinista, quien afirmó que
esas islas y sus cayos le pertenecían a Nicaragua,
lo que originó un desmentido inmediato del gobierno
colombiano, el cual precisó que el país
centroamericano estaba equivocado y que desde 1928 a
través del Tratado Esguerra-Bárcenas
se le otorgó la plena soberanía al país
suramericano.
El gobierno colombiano al conocer que el 6 de
diciembre de 2001 el de Nicaragua oficializó una
demanda ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ)
de La Haya, alegando la propiedad de las islas de
San Andrés y Providencia y de los cayos de
Roncador, Serrana, Quitasueño, Bajo Nuevo y
Serranilla, que se encuentran en el Océano Atlántico,
constituyó una comisión jurídica, encabezada por
el embajador en Cuba, Julio Londoño Paredes, que el
21 de julio de 2003 entregó ante aquel organismo de
justicia las
“excepciones preliminares” contenidas en 300 páginas
para desmentir la denuncia nicaragüense.
En sus declaraciones a “Radio Nicaragua”,
el canciller Caldera indicó que Nicaragua presentará
de inmediato sus argumentos en relación con los
esgrimidos por Colombia en julio pasado
y que su gobierno “está seguro que ganará
el juicio”, porque “le asiste el derecho, la
historia y la razón”. El gobierno colombiano,
incluso, considera que la CIJ, no es competente para
fallar sobre este asunto, pero Nicaragua piensa lo
contrario.
Pero aunque Caldera dijo que “quisiera que
los asuntos internacionales se resuelvan por la vía
del derecho y la solución pacífica de las
controversias”, reiteró su “velada amenaza”
al afirmar que “no quisiera pensar yo en ningún
otro tipo de solución más que la solución pacífica
de las controversias”.
Si bien el gobierno que presidía Ortega en
1980 declaró que “desconocía la validez del
tratado suscrito en 1928” y este mismo argumento
lo utiliza el actual presidido por Enrique Bolaños,
para el de Colombia no existe ninguna duda acerca
del país al que pertenece la soberanía.
Para el gobierno de Uribe, Colombia cuenta
con “un tratado que no puede ser disuelto a la luz
de ninguna norma internacional: el tratado Esguerra-Bárcenas,
firmado en 1928 por ambos países”. Este Tratado
fijó los límites con Nicaragua y Colombia, y desde
mucho antes de ese año “ha ejercido su plena
soberanía en la zona”.
Según Nicaragua, el tratado se firmó cuando
ese pequeño país centroamericano estaba
intervenido por tropas de ocupación del ejército
de Estados Unidos, que desembarcaron en agosto de
1912 en Corinto, hasta mayo de 1929 cuando se firmó
el tratado de Tipitapa, que puso fin a la guerra
civil, aunque los marines permanecieron en Nicaragua
hasta 1932 después que Estados Unidos impusiera
como presidente al médico y político Juan
Bautista Sacasa, que en 1936 fue derrocado por
Anastasio Somoza.
Los “marines” tuvieron que enfrentarse a
la guerrilla comandada por César Augusto Sandino,
que depuso las armas en 1933 y un año más tarde
fue asesinado, al parecer con la anuencia del
gobierno presidido por Sacasa.
La controversia jurídica también envuelve a
Honduras, que está acusado ante la CIJ, porque en
el año 2000 ratificó un tratado de límites con
Colombia. Nicaragua alega que este tratado
colombo-hondureño le está quitando 130.000 kilómetros
cuadrados de mar territorial en el Caribe, lo que
hondureños y colombianos niegan rotundamente,
porque “el tratado sólo se ha hecho sobre límites
que son propiedad soberana de estas dos naciones”.
Colombia ha dicho a través del ministerio de
Relaciones Exteriores que no está dispuesto a ceder
un ápice en este conflicto, ya que el territorio
que pretende Nicaragua “nos pertenece completa y
absolutamente”; también porque, como lo dijo el
jurista e internacionalista Jaime Pinzón López,
“los tratados de límites son intangibles y
perpetuos”.
Tampoco a Colombia le preocupa la “amenaza
velada” del canciller Caldera porque “siempre
hemos sido un país opuesto a discutir sus
controversias a través de la vía bélica”, pero
“eso no quiere decir que si llega un momento
determinado, vayamos a agachar la cabeza y rendirnos
ante Nicaragua. Este país es el que debe sopesar, y
muy bien, las consecuencias de las declaraciones de
su ministro”.
Ya en abril pasado, el senador por el Partido
Liberal Luis Guillermo Vélez había pedido al
gobierno colombiano “mantener una actitud firme y
activa” ante la “extravagante e irreal petición
nicaragüense” porque, afirmó, “estamos ante
una eventual confrontación bélica con
Nicaragua”. Después de escuchar las recientes
declaraciones de Caldera, ese parlamentario no
estaba ni un ápice desorientado.
Este peligroso enfrentamiento, del que en
Colombia se acusa directamente a Nicaragua, dio un
paso importante para acrecentarlo cuando el gobierno
de este país a través del Instituto Nicaragüense
de Energía (INE) adjudicó el 12 de mayo de 2003
seis áreas para explotaciones petroleras en el Mar
Caribe a empresas estadounidenses.
El gobierno de Bolaños manifestó en
esa época, que los contratos fueron adjudicados
“en nuestras propias aguas jurisdiccionales”, al
oeste del meridiano 82 y entre los paralelos 12 y
15. Las islas colombianas de San Andrés y
Providencia y los cayos están localizados al este
del meridiano 82 a unos 900 kilómetros al este de
la capital, Managua.
Está bien que el canciller Caldera “no
quiera pensar” en “ningún otro tipo de solución”…más
que la pacífica. Pero él está obligado, por su
cargo, a ser más diplomático y no a “lanzar la
piedra y esconder la mano” con sus veladas
insinuaciones bélicas. Hay en América un dicho que
expresa que “perro que ladra, no muerde”. Pero
no debe olvidar que los ladridos despiertan y
enfurecen a los demás.
De todas formas, Nicaragua y Colombia están
obligadas a entenderse civilizadamente. Ya cuando
Daniel Ortega quiso echar un “farol”, hubo mucha
gente en Nicaragua, incluyendo a muy prestigiosos
juristas, ex ministros e internacionalistas, que
desaconsejaron una reclamación. Pero si ahora las
circunstancias vuelven a ser como las de 1980 para
el gobierno de Nicaragua, las de Colombia se
remontan a 1928 cuando se firmó el Tratado Cárdenas-Bárcenas. |