VICENTE

Del latín vinco - vincere (vencer), se forman por una parte el adjetivo victor, que nos dará el nombre de Víctor, muy frecuente ya entre los romanos; y por otra parte el participio presente vincens, vincentis, del que obtendremos el nombre de Vicente más propio de la era cristiana. Con toda probabilidad está sacado del Apocalipsis 2,17"Vincenti dabo manna abscónditum..." "Al que venza (Vicente) le daré un maná escondido, y una piedrecilla blanca, y en ella un nombre nuevo escrito que nadie conoce, sino quien lo ha recibido". Un nombre acompañado de esta promesa, forzosamente tenía que ser atractivo. Y en efecto, se extendió mucho por toda la cristiandad y en todas las épocas.

San Vicente Ferrer (Valencia, 1350-1419), político, teólogo y predicador, intervino en el Cisma de Occidente a favor del papa Clemente VII, de Aviñón, y en contra de Urbano VI, de Roma, aunque luego apoyó al papa Luna (Benedicto XIII). Desde 1399 abandonó la corte, y hasta 1412 predicó por toda la Europa mediterránea, seguido de la "compañía" de hasta 10.000 personas, que vivían de limosnas y hacían procesiones nocturnas. Sus sermones los escuchaban grandes multitudes, como una vez las 25.000 personas de una Barcelona que sólo contaba con 35.000 habitantes. En 1412 abandonó su labor misional para convertirse en uno de los compromisarios de Caspe (por Valencia), con motivo de la sucesión de Martín I de Aragón, muerto sin herederos. Dilucidada la elección de Fernando I de Castilla, volvió a sus prédicas, esta vez por Francia, donde murió en Vannes. El Papa Calixto III, también valenciano, lo canonizó en 1455, tan sólo 36 años después de su muerte. San Vicente Ferrer fue uno de esos fenómenos humanos que tardan siglos en darse. Tenía una personalidad sumamente persuasiva, convincente, atractiva. Se convirtió en el referente indispensable, en el consejero imprescindible, en la garantía máxima de cualquier decisión tanto religiosa como política. Emanaba de él tal capacidad comunicativa, tal don de persuasión, que no conociendo más lengua que su valenciano natal, lleno de vulgarismos y expresiones populares, era requerido para predicar en toda Europa y sus oyentes, siempre numerosísimos, quedaban prendidos en las redes de su oratoria y en la enorme fuerza magnética de su persona. Mérito añadido, pues lo consideraban todos un don divino, denominado en terminología religiosa "don de lenguas". Por lo mismo, fueron innumerables sus conversiones de judíos y pecadores, y se le atribuyeron numerosos milagros.

Los Vicentes celebran su onomástica mayoritariamente el día de San Vicente Ferrer (5 de abril; si cae en Semana Santa, el segundo lunes de Pascua); san Vicente de Paúl (27 de septiembre); san Vicente diácono y mártir (Huesca, fines del siglo III, - Valencia 304) patrón de Zaragoza, Valencia y otras ciudades de España (22 de enero); pero el santoral menciona veinte santos más. La multitud de santos que tan bien llevaron este nombre (san Vicente de Paúl, otro grande entre los grandes), la inconmensurable figura de san Vicente Ferrer y el reconfortante significado del nombre, son como para sentirse ufanos de llevarlo. ¡Felicidades!

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