Del latín Fidelis (digno de confianza, fiel), que procede
a su vez de fides (fe), se ha formado este nombre propio. Fidelis es la
contracción de fidabilis, que significa "fiable". Éste fue desde el
principio uno de los grandes atributos de Dios, cuando todavía tenía que ganarse el
favor del hombre. Fue el tiempo de los grandes patriarcas del Antiguo Testamento, a los
que se les ofrecían otros dioses para elegir. Pero una vez consolidado el pueblo elegido
y el poder de Dios sobre él, y sobre todo una vez consolidado el monoteísmo, se
cambiaron los papeles y fue el hombre el que tuvo que demostrar que era digno de que Dios
se fiase de él y le concediese su favor. Pasó a llamarse fiel el que cumplía con
Dios y con sus mandamientos.
San Fidel de Sigmaringa nació en
Hohenzollern-Sigmaringen, al sur de Alemania, en 1577. Hijo de una familia flamenca de
noble abolengo, cursó sus estudios en Friburgo de Brisgovia, al sur del ducado de Baden,
y los terminó el 1603. Fue tan brillante en su carrera que el año siguiente fue nombrado
preceptor de Guillermo de Stotzingen, con quien viajó por toda Francia e Italia. Siguió
ejerciendo esta responsabilidad hasta 1610. Fue nombrado miembro de la Sagrada
Congregación De propaganda Fide, y en condición de tal tuvo que intervenir
en las causas de canonización, misión que cumplió con la honestidad y rigor intelectual
que le eran propios. En 1611, después de doctorarse en derecho civil y en derecho
canónico, ingresó en la orden de los Capuchinos. Fue enviado a Suiza, a combatir la
herejía calvinista, una doctrina que se caracterizaba por una extrema exigencia de pureza
de costumbres, lo que dio lugar a conductas agrias e intransigentes por parte de sus
seguidores. Hubo de sufrir Fidel la persecución a muerte de los calvinistas, que no
pretendían otra cosa que verle abjurar de su fe. En cambio su talante era tan bondadoso y
humano que algunos herejes estaban dispuestos a esconderlo y facilitarle la huida. Pero
quiso seguir dando testimonio de su fe a pesar de saberse acosado. En efecto, el día 24
de abril de 1622 cayó víctima de los disparos de sus enemigos. Es el primer mártir
muerto por arma de fuego. Se le representa con una sangrienta herida en la cabeza y con un
crucifijo en la mano.
La onomástica se celebra el 24 de abril, día en que se
conmemora el martirio de S. Fidel de Sigmaringa, pero la Iglesia conmemora también el 23
de marzo el martirio de S. Fidel el Africano; el 21 de agosto, el de S. Fidel
hermano de santos Agapio y Teogonio; y el 28 de octubre el de san Fidel soldado y mártir,
condenado por visitar y reconfortar a los cristianos cautivos.
Pueden estar seguros los Fideles de que tienen un nombre que les
honra como ninguno, a poco que se dejen influir por su virtud. En un tiempo en que cada
vez es más rara la fidelidad en todos los ámbitos de nuestras relaciones humanas,
ejercer y alardear de "fiel", es hacerse fuerte en una virtud no por menos
frecuente menos valiosa. Ser y llamarse fiel (Fidel) es hoy una rara virtud, tanto más
valiosa por ello. ¡Felicidades!