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ARTICULOS
EL DÍA DE MARTE
Temas bélicos (el hombre, las fuerzas armadas, el terrorismo, violencia...)

HA GANADO EL PAN

Eran ya muchos años de Partido Revolucionario Institucional (una flagrante contradictio in términis, que dirían los escolásticos), que tenía aletargado a México. Y no había manera de romper un sistema que tenía enredado en sus redes todas las estructuras del país, tanto las públicas como las privadas. Es que ¿cómo se pueden institucionalizar la fe, la iniciativa, las ganas de luchar, el afán por competir, el perfeccionismo, el valor ante el riesgo…? Precisamente desde el momento en que la vida se institucionaliza pierde vitalidad, pierde fuerza. Está claro que el Estado no tiene por qué resolverles los problemas a los ciudadanos. Lo que ha de hacer es administrar de tal modo su parte (la que se le confía por ser común de todos), que la actividad estatal no ahogue la de los ciudadanos, ni la suplante. Un estado que se empeña en gestionarlo todo, intervenirlo todo, resolverlo todo, es una asfixia. No deja vivir. Y los que son capaces de hacerlo y andan sobrados de energías, tienen que moverse tan al filo de la ley, que eso tampoco es vivir. Han de acomodarse a la omnipresente mordida, han de participar de la corrupción generalizada si quieren hacer algo. Semejantes plagas de parásitos que más parecen negros nubarrones que ni siquiera te permiten ver el sol, chupan la sustancia de un pueblo hasta dejarlo exangüe. México estaba cansado de esta situación. Eso no era vivir; así no se iba a levantar el país ni en 100 años. Si por el camino del intervencionismo y de la corrupción institucionalizada no se podía seguir avanzando, había que elegir la senda opuesta: la libertad para la iniciativa privada; la eliminación de los graves obstáculos que desde las mismas instituciones o desde sus aledaños, se oponen a la libre empresa. Y he aquí que los mexicanos le han dado la vuelta a la tortilla, han puesto en marcha una auténtica revolución, ésta sí que sí (¡pero cualquiera la llama revolución, con lo muerta que está esa palabra!). Se han pasado al Partido de Acción Nacional (su acróstico, PAN), liderado no por un político, sino por un empresario de éxito, un defensor de la iniciativa privada, de la libre empresa, de la economía y del trabajo a pecho descubierto. Y a pesar de que bajo estas siglas pierden el amparo de un estado que les garantizaba al menos la miseria que tenían, los mexicanos han preferido mudar de sistema, que si todo va bien, si a los nuevos gobernantes no les faltan las fuerzas, será como mudarse de país. Un pueblo acostumbrado a tanto cambio en los dos últimos siglos; que conoció guerras, revoluciones y conquistas del temible vecino del norte, que soportó las más duras condiciones de vida, no le iba a temer ahora a su resurrección. Por la forma en que se ha producido el cambio, tan limpiamente, con una diferencia tan clara, sin improvisaciones, que ya venía fraguándose de tiempo, promete ser provechoso para todo el pueblo de México, incluso para los vencidos. La incógnita está en saber hasta qué punto el aparato preexistente no será una rémora para la nueva andadura.

EL ALMANAQUE dedica este número al pueblo de México, y lo hace con dos piezas singulares: una, el artículo pan, primera aproximación a un nombre que tiene muchísima miga y que no hay manera de acabarlo en una sola vez (es un divertimento en torno al nombre del partido de Vicente Fox); y la otra, el que era himno nacional en 1917 (desconozco su posterior devenir): estamos seguros de que muchos se alegrarán de tenerlo a la vista, porque es una imagen fiel de la extrema dureza en que se forjó la nación mexicana.