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ARTICULOS
EL DÍA DE MARTE
Temas bélicos (el hombre, las fuerzas armadas, el terrorismo, violencia...)

EL JUICIO DE LA HISTORIA

El poder embriaga, no hay duda alguna. Cuanto más absoluto es el poder, más ostentosa es la borrachera. Quien manda de manera que no tiene a nadie por encima de él, se cree con derecho a marcar las barreras entre el bien y el mal. Y cuando aquello que le da el poder es la fuerza bruta, apaga y vámonos. Ahí puede pasar de todo. Por empezar, todo aquel que consigue colocarse por encima de los demás, sea mediante la habilidad, sea mediante el engaño, sea mediante la fuerza, acaba convencido de que además de ser el más fuerte, el más hábil, etc., es el más inteligente. Y más aún si lo ha conseguido por malas artes. Como los tiene a todos debajo, está convencido de su superioridad sobre ellos. Y por si fuera poco, le siguen la corriente en todo, y le adulan cuanto pueden, porque esa es la manera de medrar; por eso ni siquiera puede concebir que alguien dude de su altísimo nivel y de su predestinación divina. Ahí es donde viene aquello de "por la gracia de Dios". (Y aquellos en cuyo oficio va no contar con Dios, se ponen bajo el alto patrocinio de la Historia; con mayúscula, por supuesto). Por eso no se detienen ante nada. Todos los medios les parecen legítimos para alcanzar sus objetivos: el poder, si todavía no lo tienen; o mantenerse en él si están ya instalados; y todo por el bien superior de la patria, claro está. Y todos, absolutamente todos los que responden a este perfil son iguales: terroristas es el nombre que mejor les cuadraría, además del de sanguinarios, porque todos adoran el terror que infunden en los demás. Lo necesitan para sentirse fuertes y seguros. Forma parte de lo que llaman el sadismo del poder: una perversión erótica, por supuesto. Una vez dibujado el perfil, cada uno piensa en un sujeto distinto, no en todos los que forman parte de su entorno, porque ahí interviene el ciudadano de a pie: para el de derechas el prototipo del criminal está en la izquierda; para éste, el prototipo está en la derecha; porque efectivamente, hay muchos ciudadanos que creen que nadie más que la historia tiene derecho a juzgar a Stalin, o a Castro, o a González, o a Milósevich; y hay otros que creen que el juicio de Franco, de Hitler, de Mussolini, de Videla, de Pinochet, de la Eta, pertenece a Dios, a la patria y a la historia. Y los ciudadanos que así piensan son suficientes como para que la justicia no sea para ninguno de todos ellos igual a la del resto de los mortales. Los propios arcángeles se necesitarían para juzgarles, porque los jueces nunca acaban de resultar lo bastante dignos; por eso, o no se les juzga porque no se admite que sean imputados, o si se les juzga se eternizan los juicios; porque para ellos las garantías procesales son más sagradas que la vida, y el más leve error procesal es más grave que el peor de los crímenes. No admiten la justicia ordinaria, porque para ellos y sus adictos es una ordinariez. Se les remite, por tanto, al juicio de la historia, aunque se proclama en algunos casos que han de ser sometidos a la justicia, y van mareando la perdiz con la esperanza de que entretanto pasarán cosas y se desinflará el globo. Otros, vacas sagradas de la izquierda divina, son intocables. Sólo Dios y la historia tienen derecho a juzgarlos. No sólo para absolverlos de toda culpa, sino para exaltarlos y glorificarlos por el impagable servicio que han hecho a la patria y a la humanidad. Los militares y la parte de la población que está con ellos, apelan en Chile al juicio de la historia para Pinochet. Es una historia que se repite.

EL ALMANAQUE examina hoy la palabra líder.