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ARTICULOS
EL DÍA DE MARTE
Temas bélicos (el hombre, las fuerzas armadas, el terrorismo, violencia...)

LOS ADMINISTRADORES DE LA MUERTE

Del mismo modo que existen leyes físicas que hacen que finalmente cada cosa ocupe el lugar que le corresponde; y que aquellas que no ocupan su sitio (la más pequeña orbitando a la más grande o fundiéndose con ella), tengan que dirigirse necesariamente a ocuparlo; del mismo modo que nada escapa a esas leyes tan elementales en el mundo físico, también hay en las conductas unas leyes que es imposible saltarse, so pena de acabar con el equilibrio (la ley del contrapeso). Se trata de la proporción entre el estímulo y la respuesta. Si el que tiene la posición de más fuerte no responde a las agresiones del más débil con una fuerza proporcional a la que efectivamente tiene, el débil se le subirá a las barbas, dejando de ser tan débil como era, y el fuerte tan fuerte como era, en busca de un nuevo equilibrio. Una vez establecido un poder (una –cracia o una –arquía), si no se ejerce frente a los que se resisten o se oponen a ese poder, se va debilitando cada vez más, hasta que se pierde. Una –cracia no es una institución benéfica: tampoco la demo–cracia. Y tiene como primera obligación ante sí misma, el mantenerse con el mayor vigor posible. Por eso habría que preguntarse respecto a los que desde dentro se esfuerzan por minar su poder: ¿qué pasaría si las transgresiones fiscales de un estado democrático fueran tratadas con la misma blandura con que se tratan las transgresiones contra otros ciudadanos y contra el mismo estado? La pregunta se responde sola: los impuestos son impuestos (de imponer), y hay que cumplir con ellos lo mismo que si se estuviese bajo dominación enemiga. No hay caridad, ni reinserción, ni redención de pena, ni zarandajas de esas para el que no paga los impuestos, ni se le hace examinar por el psicólogo... Se le expropia, y andando. Esa es la conducta de los dos poderes bajo los que estamos hipotecados: el político y el financiero. Ambos gustan, además, de las "ejecuciones" públicas y truculentas, de gran valor ejemplarizante, para que cada uno se tiente la ropa antes de dejar de pagar los impuestos. Los estados son hipersensibles a los estímulos de carácter económico; y cualquier agresión en ese terreno, recibe una respuesta fulminante e inmisericorde. No hay ni exámenes médicos, ni razones humanitarias, ni buenas conductas, ni nada. El que la hace la paga, y sanseacabó. Otra cosa es que te maten, te roben, te violen, te secuestren... eso son problemas de inadaptación social unos, y de legítima lucha por obtener el poder otros. Los primeros se curan con buenos programas de reinserción social, con psicólogos, con régimen abierto para poder seguir delinquiendo (es que tampoco se va a rehabilitar un asesino de repente; como a cualquier enfermo, habrá que aceptarle las recaídas al salir del tratamiento); y los segundos se curan dándoles lo que piden. Y así andamos. Las democracias se avergüenzan de ejercer poderes que no sean económicos. Ante problemas de conducta, prefieren constituirse en instituciones benéficas, asumiendo como los misioneros que van a convertir infieles, que eso tiene un precio, y que deben pagarlo con ánimo jubiloso y confiado. Y así se ha impuesto la norma de tratar a los administradores de la muerte como quien trata con sujetos de derechos sagrados e inalienables, entre los que ocupa un lugar señero el de administrar la muerte a quienes consideran con toda legitimidad sus enemigos.

EL ALMANAQUE examina hoy el derecho constitucional a la tutela efectiva de los jueces y tribunales en el ejercicio de los derechos, excluido el de la vida.