Nombre hebreo, que corresponde al primero de
los hijos de Jacob. Fue la primera piedra en la fundación del pueblo de Israel. Jacob
amaba más a Raquel, la madre de José y Benjamín, que a Lía, su primera esposa y
hermana de ésta, por lo que Lía se sentía sumamente incómoda. Pero mientras Lía tuvo
seis hijos, Raquel no había tenido aún ni uno. Al tener Lía a Rubén, su primer hijo,
exclamó: "el Señor ha visto mi aflicción", y añadió: "ahora me amará
mi esposo". En efecto, Rubén proporcionó una nueva dimensión más esperanzadora a
la vida de su madre. El nombre significa según unos etimologistas, "león" y
según otros, "lobo". Al ser el nombre del primogénito de Jacob (llamado Israel
desde que luchó con Dios), es de los que más se ha llevado.
Rubén ejerció siempre de primogénito, de hermano mayor
responsable. Cuando sus hermanos tramaron deshacerse de José, el más amado de su padre
por ser en aquel entonces el hijo único de Raquel, el gran amor de Jacob, Rubén procuró
impedirlo por todos los medios. De momento consiguió que no le matasen, tal como habían
pensado, y que lo arrojasen a una cisterna vacía, de la que Rubén estaba seguro de que
lo podría rescatar. Cuando después de haberlo vendido sus hermanos a los mercaderes le
enseñaron a Rubén las ropas ensangrentadas de José, "¿A dónde iré yo
ahora?", dijo rasgándose las vestiduras; en efecto, no sabía cómo se lo
podría explicar a su padre. Y tenía razón: Cuando se enteró Jacob de la muerte de
José, quería morirse él también para ir a hacerle compañía. "Llorando
bajaré a las entrañas de la tierra a buscar a mi hijo", repetía una y otra vez
Jacob en el paroxismo del dolor. Este episodio afectó profundamente a Rubén. Lo tenía
clavado en el corazón. Por eso, cuando José, sin haberse dado a conocer todavía a sus
hermanos mandó encarcelarlos, Rubén les echó en cara que todo eso les estaba ocurriendo
por la barbaridad que hicieron con su hermano menor. "¿No os dije que no pecarais
contra el niño? Pero no quisisteis hacerme caso", les decía en la cárcel
mientras se atormentaban pensando cómo saldrían de aquel atolladero. A lo largo de su
vida, tuvo sus más y sus menos con su padre, a causa de algún que otro privilegio al que
se adelantó, comportándose como si hubiese heredado. Éste, al bendecirle antes de
morir, le dijo: "Rubén mi primogénito, tú eres mi fortaleza y el principio de
mis sufrimientos. Eres el primero en generosidad, el más grande en poder."
Los Rubén celebran su onomástica el 4 de agosto, fiesta de san
Rubén estilita, un santo ermitaño que redujo su espacio vital a la peana de una columna,
llamado por ello "estilita". Pero no se acaban aquí los grandes que dieron
resonancia a este nombre. Rubén Darío, nuestro gran poeta nicaragüense es una de las
grandes glorias de este nombre; y en cuanto al apellido en que se convierten los nombres
insignes, tenemos a Cristóbal Cristian Rubén, insigne pintor alemán del siglo XIX,
y la más hermosa joya de la corona de este nombre, el incomparable pintor flamenco Pedro
Pablo Rubens, que llenó con su arte y con su vigorosa personalidad el siglo XVII, dejando
en España muchas e importantes obras. ¡Felicidades, Rubén!