BRUNO

De origen germánico, la raíz brun significa quemado, de color oscuro. Dentro de la misma idea de fuego, otros prefieren ver más bien, el color rojo, o incluso el fuego y su resplandor, en la raíz brun. Se cruza esta palabra con la latina pruna, que en principio significa brasa, carbón encendido; el hecho de que en latín tengamos la sorda (p) y en germánico la sonora (b), hace pensar que incluso pueda ser más antiguo el término latino que el germánico. Ambos pertenecen al mismo campo semántico, y se mantiene en él pruna al pasar en su forma neutra a prunum con el significado de ciruela negra, que nos hace pensar en quemado, carbonizado. Sea cual sea de los dos el origen de Bruno, nos habla de fuego y de color oscuro.

San Bruno es uno de los grandes santos que cambiaron la historia y el alma de la Iglesia. Nació el año 1030 en Colonia del Rhin. Cursó humanidades, filosofía y teología de forma brillantísima. El arzobispo de Colonia, tío de Otón II le ordenó sacerdote y le nombró canónigo de su catedral. A los pocos años, el arzobispo de Reims le llamó para confiarle la dirección de todos los centros docentes del obispado, en los que además ejerció de maestro de latín y griego, filosofía, teología, música y otras bellas artes. Contó entre sus alumnos a los hombres más célebres de la época. Murió el arzobispo Gervasio y le sucedió Manasés, un hombre indigno de aquella dignidad, que llevaba una vida disoluta y licenciosa, para escándalo de los fieles. No quiso Bruno soportar tamaña indignidad, por lo que levantó su voz para exigir al arzobispo que se comportara conforme a su oficio de pastor. Pero Manasés no sólo no le escuchó, sino que le despojó de todos sus cargos, por lo que tuvo que huir, junto con otros compañeros que le apoyaron en su causa, al castillo del conde Ebal. Aprovecharon el concilio de Clermont (1076) para denunciar al indigno arzobispo de Reims, quien arreció la persecución contra Bruno y sus compañeros, confiscándoles todos los bienes y haciendo arrasar sus casas. Éstos se retiraron al desierto a llevar una vida de austeridad y penitencia. Cuenta la tradición que estando en este retiro se le apareció un exalumno en su ataúd y que le dijo que estaba condenado. Dicen que de ahí nació la severidad de la orden que fundó, la de los cartujos. Construyó el primer monassterio en los Alpes del Delfinado, en el obispado de Grenoble, en un lugar solitario. La fama de santidad y de rectitud seguía a Bruno allí donde fuera. El papa lo llamó a su lado como consejero, y allá se fue con sus compañeros. Pero amenazado por las tropas de Enrique IV de Alemania, tuvo que huir Urbano II hacia el sur de Italia. Bruno vio que los paisajes de Campania se parecían a los de la cartuja de Grenoble, y pidió al papa que le permitiera fundar allí un monasterio. El conde Rogerio le levantó dos monasterios en Calabria. Allí murió san Bruno el año 1101.

Los Brunos celebran su onomástica el 6 de octubre, pero disponen de cuatro fechas más: 27 de mayo, 18 de julio, 15 de octubre y 21 de diciembre. Tienen ciertamente como espejo un hombre recto, valiente e inteligente, un auténtico carbón encendido, como expresa su nombre. La austeridad de que hizo gala no se lleva hoy día, pero es virtud común en todos los grandes hombres. ¡Felicidades!

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