DELFINA

Este nombre tiene un origen legendario, ligado al Delfinado, antigua provincia del gobierno general del sudeste de Francia, limitada al norte por el Ródano, al este por los Alpes Cotienos, al sur por el condado Venasino y por la Provenza, y al oeste de nuevo por el Ródano. Cuenta la tradición que Guido el Craso amaba tiernamente a una joven llamada Delfina, y que al morir ésta, allá por el año 1120, en su honor llamó Delfinado a sus dominios; y que a partir de entonces añadió a su título de conde, el de Delfín del Viennois. Luego este título al pasar a la corona de Francia sirvió para denominar al segundo hijo del rey; pero era tan bella su leyenda y su sonoridad, que pronto se reservó el título para el primogénito del monarca. A la belleza del nombre se vinculó la de la región del Delfinado, con la que sólo pueden rivalizar en Francia el Pirineo y la Saboya. Es una región muy montañosa; en ella se encuentra el pico de Pelvoux, de 4.103 m de altitud, una docena de ríos de caudal considerable e innumerables arroyos, paisajes espléndidos, saltos de agua, grutas... Por supuesto que es la imagen del delfín, el amigo del hombre en los mares, la que representa este título y esta región.

Santa Delfina de Signe o de Glandeves nació en 1284, hija de Guillermo de Signe, señor de Puimichel y de otros territorios de Provenza, y de Delfina Barras.Huérfana de padre y madre a los 7 años, vivió bajo la tutela de su tía Cecilia de Puget, abadesa del monasterio de Santa Catalina de Sorbs, en la diócesis de Riez. Carlos II se empeñó en casarla con Eleázaro de Sabrán, un santo varón que mereció, igual que su esposa, el honor de los altares, y que le permitió seguir en las santas costumbres que había adquirido en el convento. Muerto en 1325 su marido, se retiró totalmente de la corte de Nápoles, en que había vivido algunas temporadas, para dedicarse totalmente a Dios. Sobrevivió treinta años a su marido, durante los cuales viajó varias veces a Italia y convirtió en limosnas para los pobres sus cuantiosos bienes. Vistió el humilde hábito de la Orden Tercera de San Francisco y pasó el resto de sus días en Aviñón. Murió el 25 de septiembre de 1360. Celebran las Delfinas su onomástica el 26 de septiembre, o bien el 27 de noviembre, en que conmemora la Iglesia otra santa Delfina.

El nombre de Delfina procede del griego deljinoV (delfínos, gen.), que designa al delfín. Ya desde la más remota antigüedad, fue éste un animal mítico al que se relacionó con las fuerzas benéficas del mar. La isla de Delfos, el célebre Oráculo de Delfos, el Apolo Delfíneo, protector de la navegación, las fiestas delfíneas (que se celebraban a finales de marzo, después del equinoccio, con el mar en su momento más apacible), los delfines escoltando incansables las embarcaciones, protagonistas de bellas leyendas de salvamento, y por si faltaba algo, también Cupido, el otro dios del amor, cabalgando sobre un delfín, todo ello nos habla del prestigio y de la adoración que ha sentido siempre la humanidad por este hermano acuático del hombre. En la invasión que han ido haciendo los nombres de mujer de todo lo bello y todo lo noble, no podía quedar atrás una de las maravillas de la vida. Las Delfinas le han añadido a este amigo del hombre, lo único que le faltaba para completar su belleza: el eterno femenino: Delfina. ¡Felicidades!

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