MOTIVACIÓN

Bueno, ahora resulta que los profesores se tienen que justificar ante los alumnos, han de justificar la asignatura, han de justificar la escuela, han de justificar cada lección, han de justificar cada clase. Han de ofrecer motivos suficientes, atractivos y poderosos para que los alumnos estudien. ¡Claro, cómo van a estudiar si antes no se les motiva!, dice la pedagogía moderna. De entrada los alumnos están en la escuela sin motivo. Hay que motivarlos, pues. Necesitan motivos. Divertido, ¿No ? Vienen porque les obligan, están ahí porque han venido, contra su voluntad, sin ningún motivo, y lo primero que hay que hacer es darles algún motivo, porque así a palo seco, nada de nada. Como para echarse a llorar.

Moveo, movere, movi, motum significa mover. De este verbo deriva el adjetivo activo "motor" que, igual en latín que en castellano designa a aquel o aquello que mueve. Su femenino es "motora", aunque suele preferirse "motriz". Este adjetivo lo hemos sustantivado en el objeto mecánico que denominamos "motor", con lo que se nos ha desdibujado un tanto el significado. Si tuviésemos la forma simple "movedor" igual que tenemos la compuesta "conmovedor", lo entenderíamos mejor. La palabra motivus no la conocían los clásicos. El primero en usarla fue Calcidio, un traductor de Platón, en el siglo IV de nuestra era. Nació como adjetivo, con el significado de "propio para mover", "relativo al movimiento", "móvil". Rizando el rizo se sustantivó definitivamente el adjetivo, y de ahí se pasó a formar el verbo motivar y de él obtuvimos finalmente el sustantivo motivación, la joya, la riqueza, la alegría de la pedagogía moderna. ¿Y qué es finalmente la motivación? Nada demasiado simple. Es un concepto que para depurarse y espiritualizarse y alcanzar el alto grado de sublimidad de que actualmente goza, tuvo que purgarse en la metafísica del conocimiento, a través del concepto "motivo", que toca de lleno en la teoría de la potencia y el acto. Si no hay motor o motivo que precipite la potencia hacia el acto, nos quedamos todavía en la antesala del caos. Y en cuanto a las facultades cognoscitivas, el motivo tiene carácter de verdadera causa eficiente de los actos de conocimiento. Y dependiendo de la fuerza motriz del motivo, así será el resultado del conocimiento una certeza, una probabilidad o una simple opinión. Antes de las Reformas, antes de convertirse la enseñanza en ese servicio en el que el elemento activo es el maestro; en el que según reza el sustantivo verbal con el que se denomina, el alumno ni pincha ni corta; el maestro tiene que ganárselo, como la televisión al espectador y la radio al oyente; antes de eso, el alumno iba ya motorizado, tenía su propio motorcito interior que le empujaba a aprender (el sujeto de este verbo es el alumno), y en todo caso el maestro buscaba recursos para sostener o aumentar la potencia del motor. Pero eso pasó a la historia. El profesor tiene que empezar por motivar al alumno, porque en lo que anda escaso, llegando a veces a niveles de verdadera indigencia, no es en la capacidad, sino en las ganas, en los motivos. No tiene ni idea de hacia dónde le llevan; por eso le faltan ganas de moverse. Y si por casualidad en un momento de lucidez le pregunta al profesor hacia dónde le lleva, ¿estará éste en condiciones de responderle?

Mariano Arnal

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