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LAS CLAVES LÉXICAS
USO
Y ABUSO DEL EXTRANJERO
Merece
la pena que dediquemos alguna meditación a analizar los
pliegues y repliegues de nuestra conciencia en relación con
la extranjería. La historia nos ofrece suficientes muestras
como para centrar bien el tema. Por entrar en un ejemplo tópico,
al alcance de todo el mundo, puesto que cuando no ha sido
material escolar, lo ha sido cinematográfico, tenemos en la
Biblia a José, el hijo de Jacob: vendido por sus hermanos a
un mercader, fue a parar a Egipto; y habiendo conseguido
situarse allí muy bien, tiró de toda su familia, que fue
bien recibida gracias al poder que allí tenía José: pero
que una vez declinado ese poder, fue esclavizada sin más
contemplaciones, como correspondía a su condición de extranjeros.
No
nos equivoquemos respecto a la responsabilidad de los judíos
respecto al mantenimiento de su idiosis
diferenciada frente a los egipcios. Eran éstos, los que no se
querían mezclar con los extranjeros: ni con los que venían
por su pie, atraídos por la prosperidad de Egipto, ni con los
que ellos mismos traían como esclavos de guerra. Los
querían extranjeros, puesto que teniendo esa condición
eran mucho más fáciles de dominar y de explotar. La prueba
la tenemos en el propio José, tan integrado que hasta tuvo
una participación notable en el poder político. Otra cosa es
que en su condición de parias, la actitud más razonable era
ayudarse entre sí. La epopeya de Moisés arrebatándole al
Faraón aquella masa de 400.000 esclavos y fundando con ellos
un pueblo en torno a una Ley y un Dios, vino después. Y sería
precisamente este pueblo el inventor de un trato mucho más
humano tanto para el esclavo como para el extranjero.
Bien
distinto es el caso de los romanos cuando están en proceso de
formación a partir de las numerosas tribus diseminadas por el
Lacio. El rapto de las Sabinas es el episodio en que se
ejemplifica la alianza de dos pueblos para formar con los dos
uno solo. Es la forma más didáctica y determinista de
presentar el proceso: un pueblo pone los hombres, y el otro
las mujeres; y de ambos pueblos nace uno solo por pura evolución
vegetativa. Esa es la leyenda en que se categoriza una
realidad, que fue la fundación de Roma, del orgulloso Pópulus
Romanus, con sus ancianos (el Senatus)
a la cabeza, a partir de las Ligas religiosas, formadas por
decenas de pueblos que participaban de un culto único. El
pueblo romano se formó, como la inmensa mayoría de pueblos y
naciones que en el mundo son y han sido, mediante la
aglutinación de naciones distintas, que se dieron mutuamente
la consideración y los derechos propios de la autoctonía.
Este ejemplo lo hemos revivido en las democracias modernas:
los países de Hispanoamérica recibieron con los brazos
abiertos a los españoles que fueron hacia allá tanto por
motivos económicos como políticos, siendo tratados desde el
primer momento como mexicanos, argentinos, etcétera, sin
pasar por la condición de extranjeros, sobre todo en el ánimo
de los pueblos que les acogieron.
Es
que la extranjería
normalmente no la lleva consigo el extranjero, sino que se la
da el país anfitrión. Y si bien es cierto que más vale eso
que nada, porque al menos hay una legalidad y unos derechos
inherentes a esa condición, hay algo mejor aún, que es la naturalidad
(concederles los derechos inherentes a los naturales del país
y reconocerlos en el alma como tales). No es, pues, la
extranjería el desiderátum para un extranjero; ni siquiera
para quienes le abren las puertas del país. Porque muchísimo
más fácil es salir con bien de cualquier aportación de
población foránea si además de abrírseles las puertas, se
les abre el corazón (vuelvo al ejemplo de la América
hispana). El beneficio es mutuo, como en toda alianza humana.
Pero cuando se establecen cupos no en razón de las posibilidades
del país anfitrión, sino en razón de sus necesidades
y de sus intereses, hay que ver cuán profundamente cambia la
cosa. Y eso a pesar de que el número de inmigrantes puede ser
el mismo en ambos casos.
EL
ALMANAQUE se mete hoy en neologismos necesarios. Examinamos de
qué nos viene el extranjerismo
y qué son los extranjeristas.
EXTRANJERISMO
La
extranjería se
define como la condición de extranjero, y el conjunto de
derechos que como tal acredita la persona que tiene esta
condición, ante el país en el que está de paso o reside. Si
el tránsito y estancia de extranjeros en un país tiene poca
relevancia, lo más probable es que no haya ni legislación ni
doctrina al respecto. Pero no es éste el caso de España, que
es rehén de su historia y de su circunstancia concreta; y no
como un todo, sino con distinas conciencias y doctrinas, según
las circunstancias de cada región. Se dan la mano por su extranjerismo
puro y duro los nacionalistas
y los empresarios. Para unos y otros el extranjero
no tiene derecho nunca a constituirse en su propia razón de
ser; no se contempla que mientras tenga o se le mantenga la
condición de extranjero,
pueda perseguir sus propios fines en un país que no es y que
acaso nunca será el suyo.
Los
nacionalistas
vascos, por empezar con un caso paradigmático, son con mucho
los más extranjeristas
de España. Los más extremados de estos nacionalistas,
que son además los que tienen el poder político, y que
coinciden con los que se han echado al monte, sostienen que en
su tierra son extranjeros
más de la mitad de los residentes, todos ellos de prácticamente
toda la vida, y algunos de varias generaciones. Consideran que
contaminan la pureza del pueblo vasco, y que por tanto no
tienen derecho a ser considerados como parte del mismo. Su
programa independentista incluye la expedición de la carta
de extranjería para todos ellos, el pasaporte; en
igualdad de condiciones que los turistas en tránsito y los
residentes de otras nacionalidades. Ni que decir tiene que los
más fervientes e impacientes de esos nacionalistas
llevan ya muchos años empeñados en una dura campaña de hostigamiento
de esos extranjeros, mediante una política de terror y
muerte, para acelerar su salida del país. Para el resto de
los hermanos y primos nacionalistas, los fines son buenos y
santos, aunque los medios truculentos. De ahí que los traten
con anuencia unas veces, con complacencia otras, y con
fraternal comprensión siempre. En cuanto a su actitud ante
los actuales flujos migratorios, les interesa ser sumamente extranjeristas
en el sentido de abrir las puertas a los extranjeros (tanto
mejor cuanto más evidente sea su extranjería,
a fin de que el mismo físico les delate cuando con el paso
del tiempo se empeñen en ser también ellos vascos y exigir
iguales derechos que ellos, como pretenden los extranjeros a
los que estarían llamados a sustituir).
El
segundo paradigma del extranjerismo
feroz lo tenemos en los empresarios: estando como estamos
en un sistema económico muy inestable, al que se acomodan las
empresas reduciendo a lo puramente indispensable el núcleo
fijo de la misma, y creando en torno a él enormes bolsas
inflables y desinflables de eventualidad, es obvio que estén
sumamente interesadas en asentar esta política (obsérvese
que léxicamente el e-ventual
es el venido de fuera).
Está claro que si además de “venido de fuera” de la
empresa es “venido de fuera” del país, el extranjerismo
contribuye muy mucho a afianzar la política de eventualismo.
No nos engañemos, los sindicatos
no son más que eso, sindicatos (el sindicato de pilotos no es
que sea de naturaleza distinta, es que está en la posición más
alta de una misma escala y bajo una misma ley sindical) ; y
del mismo modo que los empresarios no se mueven hacia los
extranjeros por razones humanitarias, sino por razones económicas,
así también los sindicatos acomodarán su extranjerismo
a los intereses económicos de los colectivos en que se
sostienen.
Está
claro pues, que los conceptos de nacionalismo
y de eventualismo
no se pueden desligar del de extranjerismo.
Si tenemos claro que la ley de extranjería
está sirviendo de pantalla a intereses que nada tienen
que ver con los intereses y los derechos de los extranjeros,
entenderemos ciertos posicionamientos en apariencia
incomprensibles.
Mariano Arnal [+] Articulos
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