THESAURI LINGUAE HISPANAE

LÉXICO  DE  ENSEÑANZA

PASAS MÁS HAMBRE QUE UN MAESTRO DE ESCUELA

Ahora no es el hambre lo que mata a los maestros, sino las angustias derivadas de una ley basada en la clasificación de los alumnos por edades; tan absurdo como clasificarlos por sexos o por estatura. La edad o el sexo no son criterios académicos. Si hay clases, las ha de haber de orden académico, no cronológico

DE VUELTA A LA ESCUELA UNITARIA

Resulta que en la prehistoria de la modernísima y reformadísima enseñanza actual, allá por los años 50 (no es necesario retroceder más), España era todavía un país rural y la dispersión de los habitantes en pequeños municipios condicionaba buena parte de la estructura de los servicios públicos, entre ellos la enseñanza. El patrón de escuela era aquel que satisfacía hasta al más pequeño municipio. El peso de la obligatoriedad de la enseñanza primaria no caía en los niños, sino en el Estado o en el municipio, que suplía las deficiencias del Estado; y para llenar los huecos que quedaban, que no eran pocos, aparecieron las escuelas parroquiales y las congregaciones dedicadas a la enseñanza con carácter asistencial. No se trataba de obligar al niño a ir a la escuela, sino de que el conjunto de instituciones le ofreciesen la oportunidad de acudir a ella. La escuela que se ofreció hasta entonces, fue la unitaria, aquella en que se juntaban todos los niños del pueblo o del barrio a cargo de un maestro (luego fueron también las maestras). Tan pronto como en un mismo pueblo se necesitó crear dos aulas, se planteó el problema de la separación de alumnos. El criterio menos pedagógico de división fue el de crear un aula para niños y otra para niñas. Fue una fórmula para mantener el sistema como estaba, pero tuvo una gran virtualidad, que fue la de crear un nuevo puesto de trabajo para la mujer: el de maestra (en muchísimos casos, la mujer del maestro, con lo que se juntaban dos sueldos en casa). Pero claro, allí donde la población infantil crecía, era necesario crear más aulas y volvía a plantearse el dilema de la heterogeneidad exactamente igual en cada una de las aulas, o de la agrupación de los alumnos en distintas aulas por niveles. La racionalidad fue imponiendo la agrupación de los alumnos en distintas aulas y con distintos maestros por niveles académicos (que al no ser la enseñanza obligatoria, porque el absentismo era notable a causa del trabajo infantil, no coincidía con los niveles de edad). La reforma del 70 impuso el "orden" indispensable para que el sistema funcionase como una seda. Por empezar declaró "obligatoria" la escuela para los niños hasta los 14 años (antes la oferta escolar primaria, sin ese carácter obligatorio, alcanzaba a los 12 años; digo sin carácter obligatorio porque era normal ver trabajando en las tiendas como contratados niños de 9, 10 y 11 años para ayudar con algo a casa). Se prohibió y se persiguió el trabajo infantil hasta esa edad, con lo que eliminado el absentismo, se llegó a la sapientísima conclusión de que a igual edad, igual nivel; y por tanto se dividiría toda la enseñanza primaria en ocho niveles de conocimientos que, ¡cómo iba a fallar una cosa así!, coincidirían con ocho niveles de edad. Lo que sorprende ahora es que se parta del dogma sacrosanto de que la edad es el criterio intocable de partida, como en otro tiempo lo fue el sexo. Y cuando se cuestiona este criterio y se clama por la capacidad, los conocimientos previos, los hábitos, etc. como criterios de clasificación, aparecen extrañas teorías sobre discriminación,necesidad de integración... en fin, se confunde el culo con las témporas y la velocidad con el tocino.

Reclamamos que todos los centros sostenidos con dineros públicos estén sometidos a los mismos criterios para admitir los alumnos y para repartirse los problemas.

El Manifiesto de los profesores de Secundaria pública insiste en que la causa del deterioro de la escuela pública está en el desequilibrado reparto de problemas. La raíz del problema es que la Reforma del 70 creó ¡ex nihilo! el fracaso escolar por un tremendo error de filosofía estructural (organizó la enseñanza como si nivel cronológico fuese igual a nivel académico). Y la Reforma del 90, erre que erre, pero peor: acentuando aún más el error de la división cronológica, ha eliminado las aulas y las escuelas especiales para integrar en una misma aula a todos los que tienen la misma edad. Como si la escuela fuese una granja (clasificación biológica) y no un centro de enseñanza (clasificación académica).

AULA

En este mundo traidor, nada es verdad, nada es mentira, todo es del color del cristal con que se mira. Eso ocurre con la palabra aula. La usaron los romanos, cada uno según su oficio, para denominar cosas distintas: para los nobles, el aula era el palacio, y por extensión la corte. Bajando un escalón, los no potentados llamaban aula al patio de la casa (recordemos que era el lugar más bello: toda la casa giraba en su derredor). Bajando un escalón más llegamos al aula del pastor, que es el aprisco, el corral, el lugar donde encierra al ganado. Virgilio, poeta él, da un paso más y llama aula a la celda de la abeja. Y Petronio llega al último nivel, usando la palabra aula para denominar la jaula: tigris vectatur in aula = el tigre es transportado en una jaula (hay que explicar que jaula no viene de aula, sino de caveola, pasado por el francés jaole). Pero no acaban aquí las metamorfosis del aula: significó también olla (de ahí proviene esta palabra por evolución fonética); Plauto nos la inmortalizó en su aulularia. Y por último tenemos el significado de flauta (y por extensión, el de tocadora de flauta o flautista).

Y ahora hemos de entrar en el juego aquel de "en qué se parecen...". Pues sí que se parecen. Y el parecido nos lo da su origen griego: aulh (aulé). Los griegos denominaban así a cualquier espacio delimitado, es decir cerrado, al aire libre. De ahí que la primera concreción sea la de patio de una casa, y la segunda, la de muro que encierra dentro un re-cinto. De ahí pasó a denominar también toda la casa (que en principio estaba supeditada al patio, no a la inversa); y de ahí, como en latín, pasó a designar al conjunto de cortesanos. (Respecto a la denominación de corte,hay que recordar que antiguamente se llamó también así la cerca que solía construirse adosada a la casa para encerrar los animales, por lo que fue sinónimo de corral, cuadra, pocilga... En catalán (cort) aún lo es.) Emparentada con aulh, tenemos auloV (aulós), que significa flauta, y en general cualquier instrumento de viento. Si pasamos de aquí a aulizomai (aulítzomai), que significa vivir al aire libre, instalarse al aire libre, acabaremos de ver cuál es la relación entre la flauta y el aula y la olla. En todos los casos se trata de espacios de aire libre (desde el patio hasta llegar a la flauta cada vez es menos libre el aire) encerrados o cercados. La sustancia tanto del aula, como de la jaula, como de la olla, como de la pocilga, como de la corte, como del palacio, es que se trata siempre de cerrar espacios. Esa es la quintaesencia del aula: el encierro. Y precisamente lo que se encierra en cualquiera de las modalidades de aula (las arriba enumeradas) es el aire libre, es la libertad. Un aula es por definición un espacio en que se encierra una porción de la libertad, en que quien entra queda sometido a la ley de las paredes que le encierran, desde la corte hasta la jaula. Nada tiene, pues, de sorprendente que el mayor peso que se nota en las aulas es el de la obligatoriedad y que sea en esa dirección en la que apunten los métodos, los sistemas, los planes de estudios, las estrategias... Parece que es la fuerza de la palabra que actúa sobre los legisladores, sobre los alumnos (¡y con qué fuerza, sobre ellos!) sobre los profesores, sobre los padres...

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