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LÉXICO

ALTRUISMO

Es una de las virtudes que ha cultivado sistemáticamente el cristianismo, para contrarrestar la natural tendencia a mirar cada uno antes por sí mismo que por los demás, e incluso a costa de los demás. A esta inclinación se la bautizó con el nombre de egoísmo, siempre dicho en tono peyorativo e incriminatorio. Con el grave inconveniente de que le falta el término medio, en el que se supone que debería estar el equilibrio. Vamos, pues, de extremo a extremo: sólo hay palabras para nombrar al egoísta, que según el diccionario es la persona que antepone por principio su propia conveniencia a la de los demás, que sacrifica el bienestar de otros al suyo propio o reserva exclusivamente para sí el disfrute de las cosas. Parece que fueron los jansenistas los primeros que pusieron en circulación este término, que se extendió y penetró en la filosofía a lo largo del siglo XVIII. El término altruismo, en cambio, lo forjó el filósofo Augusto Comte (1798-1857), padre del positivismo, a partir de la palabra italiana altrui (el otro), derivada del latín alter, a, um. La idea del filósofo fue aportar el término opuesto a egoísmo, que no acababa de serlo la palabra generosidad, pues en ella no se explicita que el beneficiario de la misma sea precisamente el otro. Es curioso que el término egoísmo se haya forjado en un contexto religioso, como nombre de un vicio, y el de altruísmo lo haya sido en un contexto ateo y además político (igual que el libro sagrado del comunismo se llama El Capital, justamente con el nombre del mal absoluto).

Hay que destacar que el altruísmo quiso erigirse como alternativa a la virtud cristiana de la caridad, del amor al prójimo por amor de Dios. El positivismo fue una corriente filosófica en la que se englobaron todas las corrientes empiristas y por tanto materialistas. Se proclamaba agnóstico y por tanto no sólo negaba todo valor científico a la religión, sino que declaraba fracasado al cristianismo en sus objetivos. Eso no obstante, necesitaba sostener en principios filosóficos las nuevas corrientes políticas y psicológicas, que perseguían los mismos objetivos "sociales" que el cristianismo, pero mediante métodos y justificaciones doctrinales distintas. Se vieron precisados por tanto a sustituir la caridad del cristianismo por una tendencia natural hacia el prójimo, que empieza en la atracción sexual y se va ampliando en todas las relaciones de conveniencia que es preciso establecer para que funcione una sociedad. A esta inclinación interesada hacia el otro (integración del otro en el yo) la llamaron altruismo. No era, pues, en un principio el altruismo generosidad hacia los otros, sino interés propio en el otro. Pero curiosamente esta palabra trascendió del ámbito de la filosofía para pasar al lenguaje común, al que se integró con el sentido que les había dado el cristianismo a la generosidad y a la caridad. La filantropía y el altruismo pasaron a convertirse en los términos laicos de la caridad. Entretanto siguió su curso el hondo sentimiento, cultivado no sabemos muy bien cómo a lo largo de muchos siglos, de que los otros son antes que uno mismo. Grabados a fuego en el lenguaje. ¿Son la huella de la esclavitud metamorfoseada en servidumbre y asistida por el cristianismo? ¿O acaso resultado del refinamiento cortesano? No es nada probable que sea esto último, porque tras las palabras están los sentimientos, que no tienen la fuerza necesaria para colocar el yo por delante del tú.

Mariano Arnal

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