ALUCINÓGENOS

Alucinación, delirio, enajenación, manía, obcecación, insania, paranoia, desvarío, obstinación… es el acompañamiento de estados patológicos. Quizá sea el delirio el sinónimo más afín de la alucinación, que tenemos los hablantes perfectamente localizado en las fiebres altas. La alucinación la percibimos como una de las manifestaciones del delirio. Son las válvulas de escape de la naturaleza cuando está a punto de estallar. Son los magnetotérmicos que se disparan cuando la tensión supera la resistencia de nuestro sistema de conducción de sensaciones y sentimientos. Engañar a los sentidos para que funcionen exactamente igual si hay un estímulo externo que los pone en marcha como si no lo hay, que eso son las alucinaciones, es un secreto de la naturaleza, una terapéutica a la que sólo recurre en situaciones muy graves. Pero entre los secretos que le ha ido robando la humanidad, éste es uno de los primeros. Desde todas las clases de alcoholes a la coca, pasando por el opio, ya de tiempo inmemorial ha ido probando el hombre toda clase de sustancias para pintarse una realidad mejor. La medicina, que ha tenido que luchar contra el dolor, ha seguido los dos caminos opuestos: el de la anestesia (eliminación de las sensaciones) y el de la producción de sensaciones inexistentes mediante los alucinógenos.

Palabra compuesta con el elemento griego geno (guéno), que significa engendrar, producir (la tenemos en oxí-geno, nitró-geno, generar, regenerar, generación, etc.). En cuanto al elemento principal, alucinar, no es nada fácil determinar su origen. Los diccionarios nos remiten al latín allucinor, allucinatus sum, allucinari, del que derivan allucinatio, allucinator y allucinatorius. Todos ellos tienen también la grafía con una sola l (alucinatio, etc) y también con h (hallucinatio y halucinatio, etc.). En cuanto a ortografía, en cada lengua nos encontramos con formas distintas, igual de legítimas todas ellas, porque en latín no hay una ortografía bien definida. Por lo que respecta al origen, justamente la inestabilidad de la palabra en latín inclina a pensar que no es latina de origen. No es, por tanto, un derivado de lux, que es la apariencia que ofrece a primera vista. Tratándose como se trata de un término médico, es obligado sondear la existencia de una palabra análoga en griego. Y en efecto tenemos muy cerca tanto de la fonética como del significado de alucinatio, alukh (alýke), que significa inquietud, agitación de un enfermo. Al estar por lo general asociadas las alucinaciones a delirios, y al ser perceptible por el médico la agitación del enfermo, pero no sus alucinaciones, podría ser que la lengua hubiese recogido el aspecto perceptible del fenómeno. La derivación fonética no ofrece mayores dificultades.Queda por reseñar (aunque sólo sea para descartarla) la posibilidad de que allucinor (con esta grafía exclusivamente), fuese un derivado de alluceo, que significa lucir mucho, resplandecer. Pero este origen sólo explicaría, y no demasiado bien, las alucinaciones visuales, que no son más que una parte del fenómeno. Sea cual sea el origen de la palabra, forzoso es admitir que el mismo hecho de fabricarnos alucinaciones por huir de nosotros mismos y vivir instalados en ellas, es un esperpento. Vivir en la alucinación es vivir en el esperpento.

Mariano Arnal

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