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LAS
CLAVES LÉXICAS - LAS
COSAS Y SUS NOMBRES
POLÍTICA
EDUCATIVA DE CENCERRO
Se
criticaron mucho en su día las políticas de campanario,
basadas en el principio de que la vida, los intereses, la
cultura de cada uno tiene que tener como eje el campanario
de su pueblo. Y fue el campanario la palabra con que se
designó a estas políticas de corto alcance, por la típica
y tópica disputa entre los pueblerinos sobre cuál era el
campanario más alto o más lo que fuese; pero en cualquier
caso, más. Y sobre la invariable respuesta de que siempre
era el del pueblo de cada uno el más todo.
Un
caso evidente de miopía y de mal uso de las cosas. Porque
en vez de usar el campanario de atalaya, que para eso se
inventó, para ver desde él todo lo que pudieran alcanzar
de mundo, ahí se quedaban, a su pie y a su sombra, mirándose
el campanario en vez de mirar desde el campanario. Pero
hemos ido aún a peor. Ahora, con eso de la subdivisión de
los currículum, con el gran misterio de la individualización
de los programas (¡igualito que en el mundo laboral!),
hemos dado un gran paso adelante: hemos llegado a la política
del cencerro. Eso de que el campanario es un referente común,
queda como una antigualla.
Ahora
el punto de referencia de cada uno, es cada uno. Ya no se
trata de que las campanas y los campanarios nos congrueguen
y nos hermanen, y que seamos nosotros mismos los que
acudamos a unirnos en un lugar común, cuanto más común
mejor; no, ahora cada uno lleva su propio cencerro, y quien
quiera ya le buscará. Es la nueva política ducativa. Y
ocurre con esto de los infinitos modos de concreción del
currículum, que cuando has pasado del nivel nacional al
autonómico, de éste al de ciudad o barrio, del de barrio
al de colegio, y del de colegio al de alumno, cuando has
llegado al final de todo este laberinto, resulta que
descubres que cada vez hay menos gente que tenga cosas en
común contigo, hasta llegar a ti mismo, a ver que es bien
poco lo que tienes en común con los demás.
Compruebas
que al final tu mundo se ha empequeñecido, y allá te las
compongas con tu cencerro. No has de desplazarte de tu
colegio, de tu barrio, de tu comunidad autónoma, si no
quieres tener problemas. Nos estamos dedicando a cultivar más
aquello que nos diferencia y nos separa, que aquello que nos
iguala y nos une, hasta llevar al absurdo esta filosofía,
hasta llegar al currículum individual.
Si
alguna virtualidad tiene una escuela bien diseñada, es la
de constituirse en amplio ventanal que nos permite asomarnos
a un mundo lo más ancho y lo más compartido posible. Pero
no, aquí tanta amplitud no interesa, porque la gente ya no
sabe a quién pertenece. Se cierran ventanales y se abren
ventanucos y ventanillas, lo justo para ver los alrededores
más pegados a la escuela y lo justo para ser administrado.
EL
ALMANAQUE aborda hoy el tema de la integración, pariente y
enemigo irreconciliable de la integridad
EL REFRÁN
: DE SERVIL A SER
VIL VA UN CLARITO SUTIL
ORIGEN
DE LA PALABRA
INTEGRACIÓN
Hay palabras
que se han inventado para la demagogia. Ésta es una de
ellas. Los que se llenan la boca con esta palabra, lo que
hacen es precisamente desintegrar. Los fabricantes de
lavadoras recomiendan que se laven por separado las prendas
blancas y las de color; a no ser que no se pretenda hacer un
lavado, sino tan sólo un enjuagado, en cuyo caso no importa
mezclarlo todo.
Y en el caso
de que haya que lavar alguna prenda que destiñe,
recomiendan encarecidamente que se lave sola. Claro que
queda una salvedad: allí donde no importa demasiado el
cuidado de la ropa, se puede lavar toda junta, incluso la
que destiñe. El blanco no será tan blanco, los colores
tenderán a igualarse, pero la ropa de abrigo seguirá
abrigando, y la fresca continuará siendo fresca.
Integer,
íntegra, íntegrum es el
adjetivo latino del que hemos sacado la integridad y la
integración. El problema de la contradicción resultante
entre ambas palabras y ambos conceptos, parte de la asignación
de valores distintos al prefijo in-.
En los términos integridad
e íntegro es difícil, examinando el uso de
ambos tanto en latín como en las lenguas románicas, no
estar de acuerdo en que el valor de in- es el
de prefijo privativo; lo que es más dudoso es que el
elemento teger tegra tegrum sea pariente lejano de tango,
tángere, tactum (tocar), de manera que íntegro e
intacto no sólo serían sinónimos, sino además
primos hermanos.
A falta de otra cosa,
tendremos que conformarnos con esto. Pero al pasar a la
verbalización del adjetivo íntegro y al formar integrar,
hacemos como en las matemáticas, que según cómo y cuándo,
cambiamos de signo; de manera que si en íntegro el
prefijo in significa que aquello de lo que se trata
está intacto, en el verbo integrar lo que
expresamos con el prefijo in es justamente la
penetración, la introducción, la alteración del sistema
cerrado al que se integra algo o alguien, con lo que
viene a resultar que todo acto de integración, y
tanto más cuanto más forzada es, es un acto de agresión
supuestamente en favor del elemento que se integra, pero con
alteraciones no siempre beneficiosas para el elemento en
el que se integra.
Los casos más extremos nos
los presenta la física: si queremos introducir a la fuerza
partículas en un átomo, lo que obtenemos es una desintegración
atómica, no una integración. Total que la mejor
manera de desintegrar un átomo es integrarle a la fuerza
partículas incompatibles. Y otro tanto ocurre con la fusión:
una palabra que no puede ser más positiva y benéfica. Pues
muy bien, cuando tanto la integración como la fusión se
hacen contra natura, forzando más allá de lo que
realmente es posible integrar o fusionar, lo que ocurre es
que ponemos en riesgo la integridad de todo el
sistema que pretendemos mejorar.
Hemos de
asumir que integridad e integración son términos antagónicos,
que se comen el terreno el uno al otro. Una integración al
100% o es un simulacro y una hipocresía para llenar estadísticas,
o se carga la integridad del sistema del que pretende
formar parte como si tal cosa. Un sistema integrista al
100% deja fuera a muhos que cabrían muy bien en el sistema
sin sacrificarlo y apenas alterándolo.
Mariano
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