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LAS
CLAVES LÉXICAS - LAS
COSAS Y SUS NOMBRES
EL
ARTE DEL RECLAMO
Hay dos
maneras de tener al alcance la pieza que quieres cazar: o la
persigues hasta alcanzarla, o te estás quieto y escondido
hasta que pase ante ti. Las dos formas las usa profusamente
la naturaleza. Son infinidad las especies que cazan casi
exclusivamente mediante técnicas de engaño. También el
hombre se apuntó a este método, pero sin facultades camaleónicas;
así que tuvo que desarrollar los "artes" de caza,
entre ellos las trampas. Pero el más eficaz, el que le
resultó más gratificante, el que con menor esfuerzo le
produjo mayor rendimiento, fue el arte del reclamo.
La imitación
de las voces de los animales a los que quería cazar, fue
entre todos los recursos que el hombre puso en movimiento
para atender a su subsistencia, el más rentable. Es, al fin
y al cabo, una fórmula de mimetismo (que en vez de engañar
a la vista, engaña al oído). Explica Ricardo Palma en su
obra Narraciones Peruanas que uno de los pueblos
primitivos que aún quedan en las selvas del Perú, todavía
caza algunas especies de gallináceas ¡a mano!, gracias a
la perfecta imitación de sus sonidos. Y entre las
habilidades de que es capaz el hombre, nos encontramos de
vez en cuando con prodigiosos imitadores de las voces de
muchos animales.
Viene todo
esto a cuento de que entre las hipótesis que se han
barajado para explicar el origen del lenguaje, no se ha
prestado suficiente atención a la posibilidad de que la
enorme ampliación de la capacidad fonadora del hombre, de
la que tenemos huellas muy persistentes, se haya producido
en su época de cazador y precisamente como un arte refinadísimo
de caza. Una gran muestra de ingenio.
Las
probabilidades de que el lenguaje se originase en el trabajo
o en las necesidades de organización (incluso de la caza),
según rezan las versiones oficiales, son francamente
peregrinas, especialmente si las comparamos con hechos tan
incontestables como el del reclamo, que todavía hoy
persiste en su forma primitiva. Por una parte el concepto
mismo de reclamo, que es un recurso para atraer a animales
de otras especies imitando sus sonidos; y por otra el hecho
de que el proceso de desarrollo del lenguaje en cada niño,
se inicia también con procedimientos miméticos, avalan la
sostenibilidad de la hipótesis del origen mimético del
lenguaje.
Las
palabras núcleo (las primitivas, de amplio espectro
significativo) con que empieza el niño su propia construcción
del lenguaje, son onomatopeicas, es decir miméticas. Este
fenómeno, al que tampoco se ha prestado atención por no
caer en el camino de las teorías vigentes, está al alcance
de cualquier observador atento. Esta hipótesis, formulada
con palabras rimbombantes, de esas que revisten cualquier
cosa de carácter científico y sesudo, vendría a decir que
si queda probado que en la ontogénesis del lenguaje el
factor mimético es la especie más primitiva de un sistema
generativo del léxico, será forzoso deducir que en su
filogénesis el lenguaje no pudo ser sustancialmente
distinto.
EL
ALMANAQUE se recrea hoy en el término engañar. Es una de
esas palabras que arrastran a meditaciones trascendentales
como la de si no se habrá creado el lenguaje precisamente
para engañar y para mandar (reclamo y domesticación).
LA FRASE
Queremos
mentiras nuevas
Este
es un bello eslogan anarquista. Va dirigido contra los políticos.
De acuerdo que mienten, y que no pueden hacer otra cosa,
porque ese es su oficio. Pero al menos, que hagan un
esfuerzo de renovación de mensajes. Que digan mentiras
nuevas.
EL REFRÁN
FUE
POR LANA Y SALIÓ TRASQUILADO
Eso
sí que es ir engañado y salir desengañado. A todos los
artes de pesca y a los artilugios taurinos se les llama engaños
porque esa es la filosofía del tema: el engaño.
ORIGEN
DE LA PALABRA
ENGAÑAR
Entre la decepción,
el reclamo y el engaño tenemos formada una tríada que no es
fácil despachar de trámite. En el reclamo tenemos
exclusivamente engaño. Pero no lo revela la propia palabra.
En cambio en el engaño es la propia palabra la que nos pone
sobre la pista de su naturaleza. Gannire
significa en general producir sonidos animales, sean propios
del hombre o de otros animales. Y el sustantivo gannitus
nos da ya directamente gañido; su
parentesco es evidente.
Esta palabra la han usado los
autores latinos con diferentes valores: el original y más
frecuente, de origen onomatopeico, hace referencia a los gañidos
o aullidos de los perros pequeños. Se amplía luego, según
los autores, al sonido de diversos animales, hasta representar
también el de los pájaros (así la Vulgata y Apuleyo); y se
aplica finalmente por analogía a todos los sonidos humanos
que no constituyen habla propiamente dicha (lamentaciones,
gemidos, quejidos, arrumacos) o aquellos que quien así los
denomina, no percibe como habla (gruñir, refunfuñar,
despotricar, cichichear, mascullar entre dientes).
No existe la palabra latina in-gannare,
y sin embargo parece evidente que el segundo elemento se ha
tomado del latín. El prefijo in es resultado
probablemente de la fuerte inclinación de los hablantes a añadir
un prefijo (no necesariamente significativo) con la sola
intención de darle más fuerza a la palabra por el elemental
recurso de alargarla. De todos modos, la elección del prefijo
in con preferencia a otros, se explica por su valor de
dirección e incluso de ataque, perfectamente deducible en
infinidad de formaciones análogas (in-sultar significa
"saltar contra alguien"; in-vectiva es "lo que
se lanza contra alguien"...).
Lo que da que pensar es que
nuestros tatarabuelos eligiesen precisamente esta palabra para
denominar el engaño. Porque habiendo desarrollado el latín
palabras muy evolucionadas para expresar este concepto,
constituye un retroceso volver a un término y a una imagen
onomatopeicos para formar una nueva palabra.
Me inclino a pensar que ésta
se debió formar como calco de alguna otra preexistente del
sustrato prerromano. O en la fuente inagotable de palabras
onomatopeicas, que es el lenguaje infantil (¡el de los
mimos!, es decir el de las imitaciones). Y como los genes de
que están formadas las palabras, ahí están con sus
caracteres, a la vista unas veces y ocultos otras, resulta que
hemos reservado este término frente a "mentir"
separando diáfanamente los respectivos campos.
No se puede mentir sin
palabras. La mentira corresponde en exclusiva al mundo de la
palabra. Sí que se puede en cambio engañar sin palabras,
porque el engaño pertenece más bien al ámbito de la
percepción y de los sentimientos. Se puede engañar muy bien
diciendo la verdad; se puede ser al mismo tiempo verídico y
engañoso. Por eso en la escala de la maldad ocupa un lugar
preeminente el engaño, que reviste una especial gravedad
porque burla las facultades que uno ni sospecha que puedan ser
objeto de engaño, como son los sentimientos. Pero nuestro
peor enemigo acabamos siendo nosotros mismos, que tenemos
tantas ganas de ser engañados, que nosotros mismos nos
llamamos a engaño.
Mariano
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