SILVIO

Nombre nobilísimo por su origen. Así se llamó (Sylvius) el hijo póstumo de Eneas y de Lavinia, que sucedió a Ascanio como rey de Alba Longa. Son éstos los nombres de los fundadores de Roma. Silvio transmitió el nombre a sus descendientes, que lo llevaron con orgullo. Procede este nombre de Silva, ("selva") nombre en el que se sintetizan las virtudes que los romanos veían en sus antepasados procedentes de la selva: sagacidad, capacidad de adaptación al medio, respeto por todo aquello que configura el entorno, audacia... Otras variaciones del nombre con que designaban los romanos al amante de la selva, son Silvestre, Silvano y Silvino; y en femenino, Silvina y Silvia. El cristianismo los asimiló y les dio un valor nuevo a través de los santos que los llevaron. Los Silvios celebran su onomástica el día 21 de abril, en que se conmemora san Silvio mártir; o el 20 de mayo, fecha en que se celebra san Silvio obispo.

Varios Silvios han dejado su huella en la historia, aparte del mítico hijo de Eneas; pero ninguno comparable al gran Eneas Silvio Piccolomini (1405-1464) (no es casual esta coincidencia de nombres), al que se conoce más universalmente por su nombre de papa: Pío II. Hijo de un familia noble empobrecida, tuvo que ganarse a pulso todo lo que consiguió. Fue un enamorado de las letras clásicas, de Virgilio en especial, que fue su modelo literario, lo que le valió ser coronado como poeta por Federico III. Éste le proporcionó además un cargo en la cancillería imperial. Su formación humanística profunda le dio esa pátina de príncipe renacentista que le caracterizó. Su carrera hacia el papado empezó trabajando como secretario del cardenal Capranica, que finalmente tuvo que despedirle porque fue desposeído de sus bienes por el papa. Eugenio IV le confió las negociaciones para reconducir a Alemania a la obediencia al papado. Nicolás V le nombró obispo, y Calixto III le hizo cardenal. La muerte de los dos más firmes candidatos al papado, hizo que la elección del cónclave recayera en él. Durante sus seis años de pontificado luchó denodadamente por crear una liga de reyes cristianos que luchara contra los turcos. Pero éstos, entre ellos los italianos, estaban peleados entre sí, por lo que sólo consiguió implicar en su cruzada a Hungría, Venecia y Skanderberg. Tenía previsto ponerse al frente de la expedición, pero falleció el mismo día en que había de embarcar. Se conserva su obra poética (que compuso en latín). Nos dejó asimismo los relatos de sus viajes y un rico epistolario.

Son también dignos de recordar el gran médico belga Silvio Francisco de la Boe, uno de los fundadores del sistema médico-quimiátrico, así como Silvio Andrés, historiador del siglo XII, que escribió una extensa historia de los reyes francos, gracias a la cual nos es conocida aquella época. Es en verdad el de Silvio un nombre recio que suena suave; que evoca la frondosidad, la plenitud de vida y el misterio de la selva; la belleza de las plantas y de los animales que en ella viven; la libertad valiente y la plenitud de la naturaleza. Un nombre entroncado con la fundación de Roma, que tiene la virtud añadida de no ser nada corriente, con lo que gana en nobleza y distinción. ¡Felicidades, Silvio!

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