VENGANZA 2

La venganza no es un capricho, es una pasión que, como las demás pasiones, ayuda a vivir y a morir. Es un deber tribal cuya razón de ser es fomentar el respeto a la tribu, a la familia, a la nación... La venganza, no perdamos la perspectiva, es un deber de los deudos para con el ultrajado. Siempre es un tercero el que tiene el deber de vengar. El problema siempre ha sido cómo detener el círculo vicioso de la venganza. Porque cierto es que ésta se instituyó para frenar y disuadir al agresor. Ahora bien, la venganza que lo único que consigue es estimularlo, acaba yendo contra su propio objetivo. Por eso la civilización ha ido poniendo freno a la venganza (empezó Moisés instituyendo las ciudades de asilo para los homicidios involuntarios), hasta ponerla finalmente en manos de los jueces, que son los llamados a encontrar el punto de equilibrio entre la venganza disuasoria y la venganza provocadora.

Es tan cierto que la justicia es esencialmente venganza (pero una venganza que persigue detener la sucesión interminable de venganzas), que en griego se llaman prácticamente igual: dikh (díke) se llama la justicia, y ekdikh (ekdíke) se llama la venganza. ¿Algo raro? En absoluto. Más aún, en este caso el prefijo ek tiene toda la pinta de funcionar de refuerzo de dikh, con lo que es más que probable que al formar la palabra, los griegos estuvieran pensando que en realidad la venganza es la justicia más completa y más absoluta. Y esto es así porque la propia dikh (díke) es polisémica. Significa al mismo tiempo y con la misma legitimidad justicia y venganza (y al mismo tiempo el significado anterior a justicia, que es "uso, costumbre"). Al alejarse los contenidos de la justicia y de la venganza, necesitaron crear una palabra distinta para cada una de ellas. ¿Y qué hicieron? Pues que a la justicia la llamaron "justicia" a secas, (dikh) y a la venganza, "justicia total" (ekdikh). Eso es lo que da de sí el análisis léxico. No se menciona explícitamente la fuerza como en el latín vindicatio, de donde salió nuestra venganza, pero determina que la máxima justicia es la venganza.

Es, por tanto, oficio de la justicia el de canalizar la venganza. Aquellos a quienes la fortuna ha convertido en vencedores (siempre he tenido la sospecha de que vincere = vencer y vincire = atar, son dos formas de lo mismo), si no exterminaron a sus enemigos en la guerra ya no deben hacerlo luego. La sed de venganza que quede, ha de saciarla a partir de ahora la justicia. Hay que buscar las cabezas de turco, los chivos expiatorios y organizar con ellos la ceremonia de la venganza, con toda su parafernalia, y cuanto más larga mejor, para dar tiempo a que entretanto se apaguen las llamas, de manera que se salde la operación con el menor número de víctimas posible. Se trata de apagar el fuego, no de avivarlo. Parece que eso es precisamente lo que pretendió la justicia desde que se inventó. Y apagar el fuego requiere por una parte disuadir a los pirómanos, y por otra no irritarlos. Para eso tiene una balanza la justicia: para sopesar cuánto ha de poner en el platillo de la venganza, y cuánto en el del perdón y el olvido.

Mariano Arnal

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