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de los artículos es responsabilidad de sus autores.
A
VUELTAS CON EL CALENDARIO
Iniciamos
hoy el primer mes de la primavera, el que se lleva el honor de
representarla: para expresar metafóricamente la juventud, en
especial de las mocitas, decimos que tienen tantas primaveras
o tantos abriles. Es el mes en que la vida tanto vegetal como
animal, estalla vigorosa después del crudo invierno.
En
el calendario cristiano la larguísima Cuaresma, la dama de
las 7 piernas, distorsiona de forma considerable lo que
hubiese sido el calendario natural. Constituye un largo paréntesis
que se abre con los Carnavales, aún en invierno, y se cierra
con la Pascua, en plena primavera. Si tenemos en cuenta que
nunca cae la Pascua antes del 22 de marzo, ni después del 25
de abril, tenemos que los días de recogimiento y penitencia
cubren más de la mitad de este mes. Las fiestas han de
concentrarse en uno de los dos extremos, siendo el Carnaval la
fiesta que se ha llevado la mayor parte. Sin embargo, en unos
países más que en otros, se han introducido las oportunas
correcciones. Entre nosotros, la más notoria es la Feria
de Abril, de Sevilla, que nos recuerda la sucesión de
fiestas que tenían en Roma a lo largo de todo este mes. Unas
fiestas acompañadas de las respectivas ferias, puesto que no
podían los feriantes resistir la tentación de acudir a las
grandes aglomeraciones, cosa que era muy bien aceptada, puesto
que contribuían a darles colorido a las fiestas. Lo más
llamativo en cuanto a analogías, es que los nuevos vinos
ocupan un lugar destacado en el corazón de las fiestas de
abril, tanto en la antigua Roma como en la modernísima
Sevilla.
En
nuestro calendario religioso, se mezclan las meditaciones
cuaresmales (hoy el episodio de la adúltera “El
que de vosotros esté sin pecado, que tire la primera
piedra”; “Mujer, ¿nadie te ha condenado? Pues tampoco yo
te condeno. Vete y no peques más”) con las fiestas
primaverales. No olvidemos que el Domingo de Ramos lo es, y de
las típicas. En numerosas culturas se celebra la primavera
yendo la juventud al monte para traerse de allí ramas de los
árboles que son llevadas en procesión festiva por todo el
pueblo, y como símbolo de vitalidad, de fecundidad y de
riqueza, son colocadas en un lugar digno de la casa. Estas
fiestas tienen un marcado carácter animista, y pretenden
trasladar a la ciudad y a los campos los espíritus benéficos
que habitan en los bosques asegurando su vitalidad. Culturas
hay que se traen de la selva árboles completos y los plantan
en medio del pueblo. Las celebraciones cristianas continúan
en un tono mucho más austero. Después del regocijo del
Domingo de Ramos, sigue avanzando la primavera, pero con signo
lúgubre: se planta, sí, pero el árbol de la Cruz, como lo
llama la liturgia de Semana Santa. Y de él pende el fruto de
la salvación, como de los típicos árboles de Mayo pende el
que es considerado el espíritu del pueblo.
Tal
como lo va permitiendo el calendario litúrgico, se van
sucediendo celebraciones que nada tienen de nuevo. Que la
celebración de la tristeza, del dolor y de la muerte, para
gozar luego más plenamente de la Resurrección, no es
exclusiva del cristianismo. Los griegos, los egipcios, los
fenicios y muchos otros pueblos, también lloraban a sus
dioses entregados al dolor y a la muerte, y los llevaban a
enterrar en lúgubres procesiones. Que las religiones son tan
antiguas como el hombre, y saben que han de canalizar hacia
fuera todas las pasiones del alma, para que ésta se
purifique. Saben que tan necesario es dar salida a la alegría
como dársela a la tristeza. Que el dolor ritualizado también
sirve para arrastrar consigo hacia el exterior dolores que han
quedado por los rincones del alma sin encontrar la salida, y
que la van corroyendo sin darnos cuenta siquiera. Es la salud
plena del alma que todas las religiones han cultivado en sus
ritos, en sus mitos y en sus doctrinas.
EL
ALMANAQUE se detiene hoy a examinar los orígenes del mes de abril
LÉXICO
ABRIL
En
el calendario romano de Rómulo, de diez meses, a partir del
quinto todos tenían nombre ordinal: quintilis,
sextilis, september, october, november y
december. Los primeros cuatro tenían en cambio nombre de
verdad: Martius,
Aprilis, Maius y Junius.
Martius y Junius
parecen evocar con toda claridad al dios Marte y a la diosa
Juno. Respecto a Maius,
parece bastante clara su relación con la diosa Maia,
identificada con la Bona
Dea, la Buena Diosa (femenino de Maius
Deus = el Gran Dios, sobrenombre de Júpiter). ¿Y Aprilis?
Nadie está en condiciones de dar una etimología cierta de
este nombre, así que nos hemos quedado con la que ofrece
Ovidio: contracción de aperilis,
(“el que abre”, de aperire).
Nam quia ver aperit
omnia densaque cedit / frígoris aspéritas faetaque terra
patet; / Aprilem mémorans
ab aperio témpore
dictum, / quem Venus iniecta vindicat alma manu. “Pues
porque la primavera todo lo abre y aleja la aspereza del frío,
y la tierra grávida se abre; llamado Abril
para recordar el tiempo que reclama por suyo Venus, que surge
con su fuerza fecundadora”. Bien está el esfuerzo poético
de Ovidio por dar la idea de apertura al segundo mes del año
(si fuese el primero, no serían necesarias estas
explicaciones); pero llama especialmente la atención el hecho
de que al mismo tiempo recoge, sin ofrecerla como tal, la otra
etimología de Abril,
más poética y en consonancia con los nombres divinos de los
otros tres meses.
En
efecto, el mes de abril
estaba dedicado a Venus
Afrodita, lo que concuerda con la fiesta del primer día
de este mes, llamada Festum
Véneris et Fortuna virilis, un mes que por otra parte
estaba cargado de fiestas (¡las fiestas se llamaban
“Ferias”!). La relación de Aprilis
con Afrodita, se busca a través de una forma intermedia Afril,
que no existe en griego. Recordemos no obstante, que las raíces
ajri-
(afri-) ajro-
(afro)
significan espuma, y se da por cierto que Ajrodith
(Afrodíte)
la diosa
que los griegos creían nacida de la espuma de las olas, está
formada con esta palabra. Y puesto que ninguna de las dos
etimologías es satisfactoria, aún se ofrece una tercera, que
supone el mes dedicado a una antigua divinidad desconocida,
cuyo nombre sería Aper
o Aprus. Sigue,
pues, abierta la cuestión del origen de la palabra abril.
Siendo así, hay que recordar que en las cercanías de aprilis
tenemos al aper
apri, que es el jabalí, y el adjetivo apricus
(que en nuestra lengua se convierte en abrigo),
y significa expuesto al sol, soleado, abrigado. El verbo apricari
significa estar al sol, calentarse al sol. Nada tendría de
extraño que tuviese algo que ver con el nombre del mes que
nos ocupa; pero sigue con el inconveniente de no responder a
la estructura semántica de los otros tres meses primitivos.