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LAS CLAVES LÉXICAS
CUALQUIER
TIEMPO PASADO FUE MEJOR
El presente
es siempre realismo crudo y duro, y se viven todos sus
inconvenientes. A medida que se aleja, se mitifica más y más;
y de la misma manera que a partir de determinada distancia
espacial cualquier cosa que se vea ha de ser suposición o
invención, porque la vista no alcanza, del mismo modo a
partir de determinada distancia temporal la memoria se ha
estilizado tanto que con escasos materiales reales construimos
grandes ficciones.
Hecha esta
consideración previa sobre la relatividad de los juicios
comparativos entre el presente y el pasado, se puede afirmar
objetivamente que en la enseñanza que va de los 12 años
hacia arriba, cualquier tiempo pasado fue mejor; aunque está
por ver todavía si los cursos 7º y 8º de EGB quedan mejor o
peor que los dos primeros cursos de E.S.O., que son sus
equivalentes. Seguro que saldríamos ganando con la vuelta a
la lección-lectura tal como se hizo tradicionalmente.
Pero claro,
ahora las lecciones son más que nada explicaciones escritas;
ya no son para ser leídas. Serían muy buenos los textos de
lectura en clase. Si no se quedan los alumnos con el
contenido, al menos se quedan con el entrenamiento en la
lectura. Si al final un índice importante de alumnos salen de
la escuela sin saber leer (es decir que son incapaces de
entender lo que hay escrito), ¿de qué sirve haber impartido
tanto programa? ¿Para camuflar el fracaso? ¿Para tener una
coartada que les permita decir a los maestros que ya han hecho
lo que debían, y a partir de ahí la responsabilidad es del
alumno? La mayoría de éstos leen como si estuvieran
convencidos, que lo están, de que leer de prisa es leer bien.
Practican, con la anuencia de los maestros, una lectura
incomprensible. Todavía es aceptable que cuando se inician en
la lectura consideren que la velocidad es una cualidad añadida,
y que intenten ir incrementándola; pero como no tienen por
delante ninguna otra cualidad de la lectura, se dedican a
mejorar cada vez más la única que conocen. Es evidente que
en clase sólo se lee esporádicamente; que al no ser el
perfeccionamiento en la lectura un objetivo programático (¡cómo
se van a entretener en esto, con la de programa que tienen!),
se ha de cuidar cada alumno de hacerlo por su cuenta y
riesgo.
Es curioso: años
ha, antes de los grandes progresos de la enseñanza que tan
alucinados nos tienen, en la primaria se leía a coro en clase
todos los días; y lo que se leía era las lecciones que había
que aprenderse. Y todos los días se recitaban las tablas de
multiplicar y era así como se aprendían: en la escuela,
igual que la lectura. Pero he aquí que vino el progreso,
vinieron las reformas, y la escuela y el maestro se reservaron
para más altas misiones. Esas rutinas se las tenía que
resolver cada uno por su cuenta.
EL ALMANAQUE
sigue hoy con el tema de la lectura y examina el salto del
lector al profesor.
UNA
FRASE
Toda
hora perdida en la juventud es una probabilidad de desgracia
para el porvenir. Napoleón
Bonaparte
No
se lleva eso de vivir heroicamente, como si se estuviese
siempre en campaña. Mientras se pueda, a vivir relajadamente.
Ya nos pondremos el chubasquero cuando llueva. Claro que en
contrapartida, quien sigue los consejos de Napoleón se come
el mundo.
El
REFRÁN
LEER
SIN ENTENDER, NO ES LEER
Más
avanzaría la escuela si en vez de proponerse enseñar
materias, se propusiera enseñar a leer sobre distintas
materias. Se trata de aprender leyendo (u oyendo la
lectura del texto escrito, como se hacía antes de Guttemberg);
no aprender oyendo (explicaciones, lenguaje hablado, que es
distinto del escrito).
PROFESOR
En otros tiempos se les llamó
lectores, y su oficio fundamental era el de leer.
Un texto es como una partitura. No es lo mismo que la dirija
un director u otro, ni que la ejecute una orquesta u otra. La
partitura es la misma, y sin embargo no suena igual. Algo
parecido debió ocurrir con los lectores. La iglesia
resolvió la cuestión sometiendo las lecturas a una música.
Sólo podía variar entre un lector y otro la calidad de la
ejecución, pero no la entonación. En cambio en la
universidad cabían grandes diferencias entre un lector y
otro. Y es probable que la primera parte de la lección,
que era precisamente eso, la lectura, revistiese un carácter
muy solemne y fuese la parte más importante de la clase. Es
obvio que así fuese, puesto que los alumnos no tenían acceso
a los libros. Un libro podía ser tanto o más caro que un
coche. Costaba muchas horas de trabajo cualificado. A partir
de Guttemberg cambió el panorama. Paulatinamente los lectores
fueron obviando la lectura, que dejaron para que la
hiciese el alumno por su cuenta (así ¡ganaban un tiempo
precioso!, que dedicaban a hablar, pro fateri );
de este modo hicieron el gran salto de lectores (oficio
que dejaron para los estudiantes) a profesores (habladores,
explicadores, comentadores...)
Hoy que está de moda hablar
de múltiples lecturas de un mismo texto se puede entender la
trascendencia de la lectura y las diferencias entre lectores y
lectores. Seguro que diferentes lectores, sólo mediante la
lectura, daban lugar a distintas comprensiones. Bastaba que
uno enfatizase unas frases y otro otras; que la palabra que
uno resaltaba por considerarla clave, otro la pasase de
corrido; que uno colocase los silencios precediendo o
siguiendo a una frase, y otro utilizase este recurso con otra
frase. Realmente, lo que llamaban antes la lectio,
tenía que ser muy personal, muy característica de cada
lector. Seguro que habría lectores que con sola la
lectura serían capaces de encaminar la comprensión de los
oyentes sin apenas comentarios. Porque no era mejor lector el
que más extensos comentarios hacía, sino el que con menos
comentarios hacía comprensibles los textos. Fue un gran
oficio el de lector, del que sólo nos queda el nombre
como recuerdo. Fue una de las órdenes menores previas al
presbiterado; se practicó la lectura en los monasterios en
los oficios llamados ordinarios; y se cultivó también en el
refectorio durante las comidas.
Además del lector
existía el orador. Se estudiaba oratoria, llamada también
por su nombre griego (retórica). Oratio (pl. orationes)
se llamaban los discursos. La figura del profesor, que
ni era lector ni era orador, fue ya un producto de la
decadencia académica. Claro que el lenguaje escrito tiene una
elaboración distinta del lenguaje hablado. Es más conciso,
está construido con más rigor, y obliga a un mayor esfuerzo
mental que el lenguaje hablado. Los antiguos lectores tenían
la deferencia de facilitar la lectura a los alumnoscon algunos
comentarios; pero los profesores se saltan la lectura; van
directos al comentario, con lo que al alumno le toca
enfrentarse él solo al texto escrito, sin entrenamiento
previo.
Mariano Arnal [+] Articulos
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